Carta abierta a los medios sobre las mentiras y manipulaciones del régimen de Kagame a propósito del genocidio ruandés (Faustin Twagiramungu)

Señoras, señores:

En vísperas del 25 aniversario del genocidio ruandés, tengo el deber moral de dirigirme a los medios de comunicación para hacer oír una voz distinta sobre este drama, que desde hace varios años salta a las páginas de los periódicos. Lo hago en mi calidad de hombre político ruandés, de antiguo Primer Ministro designado por los Acuerdos de Arusha de agosto de 1993 y de presidente del “Rwandan Dream Initative” (RDI-Rwanda-Rwiza), un partido opositor en exilio, fundado en agosto de 2010.

Me siento interpelado sobre todo por mi doble condición de testigo de la historia trágica de mi país y de superviviente del horror que se ha llevado por delante a millones de vidas humanas en Ruanda y en la región de los Grandes Lagos.

Desde la guerra de octubre de 1990 desencadenada por el Frente Patriótico Ruandés (FPR) de Paul Kagame, que desembocó en el genocidio ruandés, algunos se complacen en ser portavoces de una realidad mutilada, instrumentalizando, inconscientemente o cínicamente, la desolación de hutu y tutsi. El análisis de los discursos producidos en algunos medios franceses desde 1994 demuestra el protagonismo, tan importante, de algunos periodistas en la fabricación de memorias parciales o antagónicas sobre los acontecimientos trágicos de mi país.

Sin duda alguna, algunos de entre ustedes tienen el mérito de fundamentar sus opiniones en testimonios o documentos creíbles que permiten a la “audiencia” comprender esta guerra venida desde Uganda y sus trágicas consecuencias para Ruanda y para los países vecinos de la región de los Grandes Lagos. Desdichadamente, es forzoso constatar, otros se han convertido en relevos multiplicadores de propaganda, incluso de odio, cuyas motivaciones son evidentemente políticas. Contribuyen, quizás sin quererlo, a barrenar la reconciliación de un pueblo condenado a vivir juntos; dado que, sobre todo, hutu y tutsi tienen en común una misma lengua, una misma cultura, un mismo territorio (¡en Ruanda no hay un hutu land ni un tutsi land!).

Esta división del pueblo ruandés es conscientemente mantenida por el régimen de Paul Kagame, que se ha construido sobre este antagonismo y se ha aprovechado de la guerra y del genocidio para tomar el poder al precio de lágrimas y de sangre.

Es una evidencia que el régimen del FPR tiene interés en perpetuar la división de los ruandeses, sin la cual el régimen dejaría de existir. Todos los medios son buenos para alcanzar este objetivo, incluyendo la intimidación, los asesinatos, la mentira, la manipulación y la arrogancia, para excluir el peligro de un régimen democrático por medio del cual el poder del FPR sería barrido, caso de que hubiera unas elecciones libres, honestas y transparentes. Es este “reflejo de supervivencia política” el que empuja al Presidente Kagame y a su partido a manipular sin cesar al mundo entero, haciéndole creer que los hutu son “genocidas”, que la minoría tutsi debe permanecer en el poder, sin lo cual esa minoría sería nuevamente masacrada por la mayoría hutu.

 

La primera víctima de la tragedia ruandesa es la verdad

Muchos testigos de la trágica historia de mi país, personalidades que han ejercido funciones diferentes y variadas, que tienen cosas que decir, son raramente invitados por la prensa francesa en el debate sobre Ruanda, como si su palabra fuera incómoda. Sin embargo, serían necesarios debates contradictorios, para que los promotores de la historia oficial ruandesa, “cortada a la medida” (del poder), no fueran los únicos que se expresaran.

En este mes de abril de 2019, conmemoramos el 25 aniversario del genocidio ruandés. Se trata de un duelo de todos los ruandeses; un recordatorio del horror que sigue atormentando nuestras mentes. Son 25 años de sufrimiento, de traumatismos; 25 años de hostigamiento por parte de algunos medios y de  opiniones, complacientes con el régimen que ha matado a millones de ruandeses y congoleños y que ha generado millones de refugiados.

Mañana, como ayer, «nuevas acusaciones» graves se van a lanzar contra los hutu en general por parte de militantes, periodistas comprometidos, investigadores, algunos de los cuales no han pisado Ruanda. Tal y como dice cierta opinión ruandesa: “Menos mal que el francés ya no es hablado en Ruanda; muchos ruandeses morirían de pesadumbre si escucharan o leyeran a ciertos medios de comunicación franceses”.

Esos medios van a repetir ciertamente durante meses contra-verdades que entristecen, mentiras que indignan. En los platós de TV, en las radios, se verá y se escuchará decir, sin escrúpulos a los mismos que han desfilado desde hace 25 años, que son testigos o expertos de Ruanda. Habrá nuevos “testigos” que asegurarán disponer de nuevas revelaciones sobre los “hutu genocidas” y, evidentemente, sobre “el protagonismo cómplice de Francia”.

Desde hace 25 años, algunos medios no admiten la contradicción; rechazan que se hable de las cifras de muertos hutu y tutsi en la tragedia ruandesa. Ciertamente, se trata de un tema sensible, pero no se sabe por qué motivo todos los medios se afanan repitiendo la misma frase: “el genocidio ruandés ha arrebatado la vida de entre 800.000 y un millón de tutsi”, para añadir con pudor “y de hutu moderados”.

¿Por qué esta “sacrosanta” aproximación, cuando las estadísticas existen y son además públicas? Es de notoriedad pública que el régimen del FPR ha erigido memoriales del genocidio en todas las regiones del país. ¿Pero saben ustedes que en cada memorial se indica el número de tutsi matados? Para su información, les diré, que hemos señalado que en 71 memoriales el número “oficial” de tutsi masacrados durante el genocidio en 1994, es de 1.685.784. Esta cifra está muy por encima de la realidad. Por otra parte, sabemos que otros cuerpos no han sido encontrados, y no lo serán por haber sido arrojados a fosas comunes todavía no identificadas o a los ríos o lagos. Sea como sea, la cifra es la encarnación del horror, el culmen  de la estupidez humana. Hoy, alcanzamos el sumun de lo absurdo cuando el régimen FPR de Paul Kagame precisa que en los memoriales se encuentran exclusivamente tutsi víctimas del genocidio cometido por los hutu. Que entre esos cuerpos haya tutsi asesinados es algo innegable. Pero, afirmar que el número de víctimas tutsi haya alcanzado en torno a 1.700.000 es una desvergonzada y lamentable mentira.

Lo demostramos en las líneas siguientes, con apoyo de las cifras oficiales. Desdichadamente con relación a algunas de ellas,  no podremos ahorrarnos una contabilidad macabra.

He aquí el reparto de la población ruandesa según el censo demográfico oficial organizado en Ruanda en 1991 por el Ministerio del Plan y de la Oficina Nacional de la Población (ONAPO), con asistencia técnica y financiera de FNUAP (Fondo de las Naciones Unidas para la Población) y de la Agencia de los EEUU para el desarrollo internacional (USAID):

HUTU: 6.467.958 (91,1%); TUTSI: 596.387 (8,4%); TWA: 35.499 (0,5%)

Tres años después, esto es en 1994, año del genocidio, no hubo cambios demográficos de importancia, razón por la cual estas cifras no deberían sufrir contestación alguna.

Es importante subrayar que la asociación IBUKA (principal ONG que defiende la memoria de las víctimas tutsi) estima que el número de tutsi supervivientes del genocidio de 1994 es de 400.000.

Así pues, a partir de la cifra del censo de 1991, del número de asesinados tutsi en 1994 y del número de supervivientes, cualquiera puede preguntarse razonablemente, ¿cómo una masacre que ha hecho más de 800.000 tutsi muertos, puede salvar a 400.000 de una comunidad de tutsi que sólo contaba con 600.000 miembros? Muy curiosamente, esta pregunta no se la planea nadie. Ustedes mismos, los medios de comunicación, no quieren saber, para que el mito construido en torno a esta historia trágica no se derrumbe.

 

¿Hasta cuándo la omertá sobre los crímenes del Presidente Kagame?

El otro tema tabú es el relativo a la responsabilidad del general Kagame en el drama ruandés. Ha asesinado a dos Jefes de Estado, el de Ruanda y el de Burundi, el 6 de abril de 1994; este atentado contra el avión presidencial desencadenó el genocidio, del que se sirvió para acceder al poder.  Sin embargo, sigue gozando con toda impunidad de los honores que le confiere el estatus de Jefe de Estado.

Este “respetable” régimen es culpable de otros crímenes, algunos de los cuales podrían ser calificados de crímenes contra la humanidad o crímenes de genocidio, entre ellos la masacre en el campo de Kibeho, en Ruanda en abril de 1995 y la masacre de refugiados hutu  en los campos y selvas del ex-Zaire (actual RDC). Todos estos crímenes están bien documentados  por organizaciones y personalidades neutrales, como la BBC en “The Untold story”, la ONU en el “Mapping report” y Judi Rever, una canadiense que ha publicado bajo el título “In Praise of Blood” los resultados de una investigación llevada a cabo durante 20 años sobre los crímenes cometidos por el FPR.

A pesar de este pesado pasivo criminal, a Kagame no le faltan admiradores, incluso en Francia, país de los derechos humanos. Resulta curioso constatar que algunos intelectuales y personalidades encuentren a Paul Kagame muy popular, hasta el punto de pedir públicamente al Presidente Macron que vaya a honrarlo con su presencia, con ocasión de las ceremonias de conmemoración del 25 aniversario del genocidio. ¡Francamente increíble!

Es incomprensible, incluso inmoral, que el general Kagame siga siendo beneficiario del “dos pesos, dos medidas” por parte de la comunidad internacional y de cierta parte de la opinión occidental. ¿Habría que recordad que el antiguo presidente de Liberia, Charles Taylor, fue condenado por el Tribunal Internacional a 50 años de cárcel por crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y crímenes económicos, cometidos durante la guerra civil en Sierra Leona (1991-2002)? Sin embargo, con relación a las vidas humanas, los crímenes imputados al ex Presidente de Liberia no representan ni siquiera el 2% de los cometidos en Ruanda y en la RDC. Tenemos pues derecho a denunciar el silencio de los medios y la inacción de la justicia internacional frente al general Paul Kagame, al que Filip Reyntjens, investigador belga y gran especialista sobre Ruanda, califica como el mayor criminal en vida.

 

Ayudar a la reconciliación de los ruandeses por medio de una información objetiva e imparcial

Desde hace mucho tiempo, sobre todo durante el difícil periodo de la guerra, me he comprometido plenamente en la defensa de los derechos humanos, la libertad de expresión y la unidad del pueblo ruandés. Lo he pagado muy caro; he perdido la mitad de mi familia en 1994. A pesar de todo, sigo en mi lucha. Me rebelo contra las mentiras y las contra-verdades sobre los hutu, construidas por el régimen del FPR y vehiculadas por ciertos medios. Los hutu son deshonrados y son calificados de apestados. En Ruanda deben doblar el espinazo bajo pena de ser tildados de genocidas y de caer bajo los golpes de “leyes anti-genocidio”, establecidas con el único objetivo de acallar cualquier veleidad de oposición política. Yo no suplico la compasión, sino que exijo honestidad intelectual; solicito simplemente la verdad sobre la historia de mi país.

Cuando una sociedad, concretamente la sociedad ruandesa, atraviesa un momento de desconcierto tan profundo, la palabra mediática no puede contentarse con ser simple y reductora de la realidad. Debería aclarar, reconciliar y no acusar, difamar, injuriar, ensuciar gratuitamente a un pueblo, a una comunidad. No, los hutu no han matado a los tutsi, ni los tutsi han matado a los hutu. Yo les hablo en mi calidad de testigo de la historia de mi país. Los “ultra” del MRND (interahamwe) y los inkotanyi del FPR cometieron crímenes de genocidio y crímenes contra la humanidad. Ni los hutu ni los tutsi deben ser tenidos globalmente como responsables. Cada campo ha conocido su lote de víctimas, desgraciadamente, y solo el campo de los “vencidos” ha sufrido la justicia “de los vencedores”. Conviene recordar que los tutsi fueron asesinados por milicianos interahamwe, cuyo presidente era un importante tutsi, Robert Kajuga. En cuanto a los hutu, además de ser víctimas de los interahamwe, fueron también masacrados por los inkotanyi del FPR, actualmente en el poder en Ruanda. Por otro lado, esa es la razón por la que la ONU ha calificado esas masacres de genocidio.

Las palabras tienen un sentido y el genocidio ruandés tiene su significación. Recientemente, el genocidio de los tutsi ha quedado reemplazado por el genocidio ruandés. Se ha convertido a fin de cuentas en un instrumento político del FPR, en un medio de hacer olvidar la realidad de los hechos, en una oportunidad de disimular la culpabilidad del régimen de Kigali.

Les invito a ustedes a rechazar esta forma de ignorancia o de complicidad. No sean ustedes despreciadores  de los sufrimientos de los ruandeses en general y de los hutu en particular. Los hutu murieron lo mismo que los tutsi, asesinados por lo que eran o por sus opiniones. Se trata también de genocidio. El reconocimiento del genocidio de los tutsi no debe anular el cometido contra los hutu.

Mientras los supervivientes tutsi son convocados a conmemorar el genocidio y a honorar la memoria de los suyos, los supervivientes hutu son obligados a callarse, a esconderse. El FPR les ha inoculado sabiamente el miedo, el complejo de culpabilidad, la desesperación, la servidumbre. Los han deshumanizado. No deben recordar a los suyos ni hablar de su genocidio. Desobedecer esta orden es caer bajo el yugo de la ley.

¿Hasta cuándo se va a negar una masiva masacre genocida a la par que se admite su existencia? ¿Cómo y por qué, si se llega a un escenario y se constata que hay dos cadáveres, puede ser uno acusado de negar a uno de los dos? Es, sin embargo, lo que sucede en Ruanda. Decir que los hutu han sido asesinados es, según el discurso oficial, negar el genocidio de los tutsi y, en consecuencia, ensuciar el régimen del FPR.

Esta actitud me recuerda tristemente las palabras de Robert Faurisson y de otros que pretenden que “la Shoah es una especie de construcción nebulosa destinada a ensuciar un régimen de Hitler cargado de humanismo y dotado de un gran sentido del orden” Es en esta óptica, por no chocar con el  “humanista” régimen de Paul Kagame que Dominique Sopo, presidente de SOS-Racismo, había declarado en la radio Europe 1 que “evocar la sangre de los hutu significaba ensuciar la sangre de los tutsi” Su simpatía por el régimen de Kigali no se paraba ahí. Para él, la evocación de los crímenes del FPR es un “formidable y abyecto vuelco del rol de los verdugos y de las víctimas”. En esas estamos. Esas son las personalidades que tendrán derecho a acceder a los medios para destilar su odio y disculpar al régimen criminal de Paul Kagame.

 

Señoras, señores:

Veinticinco años de duelo sin fin, de sufrimiento permanente, de continuo  hostigamiento, es un pesado fardo difícil de llevar. Me atrevo a esperar, ese es al menos mi deseo, que en adelante la información sea imparcial y que los debates serán abiertos y equilibrados entre los defensores del régimen de Kigali y los que mantienen opiniones diferentes. No podría ser de otra forma para que su “audiencia” esté claramente informada sobre la realidad del genocidio ruandés y otros crímenes cometidos en Ruanda y en el Congo, incluyendo los crímenes olvidados o silenciados, como los cometidos por “el hombre fuerte” de Kigali. Estoy convencido de que la objetividad e imparcialidad de la información sobre la tragedia ruandesa constituyen factores determinantes en el proceso de reconciliación del pueblo ruandés. Al integrarlas o reforzarlas en su arsenal ético, ustedes habrán contribuido a la reparación de la heridas y al apaciguamiento de las mentes. Habrán ofrecido ustedes también un servicio al pueblo ruandés, ayudándole a alcanzar el noble objetivo de la reconciliación para un vivir juntos duradero en un mundo de verdad, de justicia y de libertad.

Les ruego, Señoras, Señores, reciban la expresión de mis respetuosos saludos.

 

Faustin Twagiramungu

Ex Primer Ministro de Ruanda

Presidente de RDI- Rwanda Rwiza, partido de la oposición en el exilio

 

Fuente: La tribune Franco-Rwandaise.

Traducido por Ramón Arozarena para Umoya.

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