Reclamando la narrativa de la revuelta argelina

Protesta contra Bouteflika en Argelia. Imagen de Wikimedia Commons

El resultado de la revolución argelina no debería estar predeterminado por un orden mundial (neo)liberal euro-americano. Escuchad a las personas.

Protesta contra Bouteflika en Argelia. Imagen de Wikimedia Commons.
La revuelta popular en Argelia es nada menos que una forzosa (re)afirmación de lo que significa ser humano. Una transformación activa de la situación de la gente. Los argelinos, quienes durante décadas fueron reducidos a ser meros observadores traumatizados, se han sacudido el polvo una vez más y han cogido las riendas de la historia. La gente (en singular) ya no se doblega a ser solo un objeto de la historia, sino que se convierte en un sujeto activo y consciente de su propio destino. Una cadencia innovadora impregna esta indignación popular, y se moldean nuevas formas de solidaridad y nuevas identidades.

Una «élite» reminiscente de los tropos colonialistas y orientalistas, que durante tanto tiempo y de forma auto-proyectada, ha estado moralmente en bancarrota, intelectualmente colonizada y técnicamente incompetente, ha representado, y, de hecho, tratado a los argelinos como personas rudas, incivilizadas, violentas y como unos inmaduros en política. Esta élite, habiendo absorbido cada lección de su maestro colonial, ha interiorizado su sometimiento colonial hasta tal punto, que solo puede entenderse a sí mismo y a su existencia a través de la mirada de su antiguo maestro colonial. Una «élite» que sufre de tan agudo sentido de alienación, tampoco es capaz de ver a sus compatriotas fuera de esa misma lente colonial. Al Hogra (en árabe, desprecio y desdén) con el que esta «élite» trata a los argelinos, tan solo puede ser comprendido una vez que se es consciente de la situación del primero. Este desprecio y desdén se vuelve inteligible en el momento en que uno se da cuenta del hecho de que aquellos que han gobernado Argelia solo son capaces de ver a los argelinos desde el punto de vista de París, Londres y Washington. Esta actitud también impregna las secciones de la élite «cultural» e «intelectual» argelina que ha jugado un papel clave en reproducir estos tropos colonialistas y orientalistas.

En otras palabras, durante décadas, la burguesía nacional de Argelia ha desempeñado esencialmente el papel de una clase política extranjera, que aunque en algunos casos estuviera presente en tierra argelina, ha mantenido su propiedad (obtenida ilícitamente), sus inversiones, cuentas bancarias, y hogares espirituales en otros lugares. Adopta la misma actitud extractivista que la administración colonial ha asumido hacia la «patria». Los síntomas mórbidos de esta psicosis, se transfieren automáticamente a la vida política de Argelia, y se manifiestan en la manera en la que «le pouvoir» (término usado por los argelinos para denotar a la élite que gobierna el país) ha tratado a sus ciudadanos. Es precisamente esta afección la que la revuelta popular tiene el propósito de someter a terapia y a medidas de rehabilitación revolucionarias.

Educados en la filosofía anti-colonial, tercermundista, pan-árabe, pan-africana, y libertadora de sus ancestros, los argelinos están decididos a superar la disonancia cognitiva producida por un discurso oficial de soberanía e independencia, por una parte, y una continuación real de prácticas coloniales y condiciones de sometimiento, por la otra. En pocas palabras, los argelinos se están rebelando contra el colonialismo de su presente.

La historia nos enseña que las luchas populares no solo se miden en las calles y por el control del espacio público, tan importantes como sean, sino de manera más crucial, al nivel de la estructuración, narrativa, interpretación y representación de estas luchas y sus objetivos. En estos momentos es fundamental abordar preguntas importantes como: ¿quién debe interpretar las demandas y metas de la gente en revuelta?, ¿quién le pone nombre?, ¿cómo se narra la lucha popular?, ¿dentro de qué marco de referencia y de quién?

En el mundo racial y capitalista en el que vivimos, el (neo)liberalismo aporta la justificación moral del status quo, el lenguaje con el cual uno debe hablar de su realidad, las categorías utilizadas para hacer que su existencia tenga sentido. El (neo)liberalismo establece los parámetros de lo que se imagina como deseable y alcanzable, y, por extensión, qué es y qué no es pensable. En otras palabras, la influencia hegemónica del liberalismo como discurso de poder y la ideología del status quo, le dan la autoridad de trazar los límites de «lo posible» en el siglo XXI. Como forma moderna de poder, el liberalismo mitifica su naturaleza y función, y se presenta a sí mismo, no como una ideología que sirve a intereses particulares, sino como el sentido común anclado en la reivindicación de lo que consiste la «naturaleza humana».

Si hay algo que se deba aprender de las experiencias recientes de los vecinos de Argelia, debería ser esto: La adopción y la adherencia del Sur Global a los preceptos del liberalismo -su concepto de «historia» y tiempo histórico, y el entendimiento de lo que constituye el «progreso», junto con las inevitables teleologías que tal noción genera- es lo que afianza el colonialismo del presente del Sur Global, y lo que en última instancia facilita, en palabras de Malek Bennabi, su «colonizabilidad», es decir, la condición (o condiciones) que hacen posible su continuo sometimiento.

En semanas, la cobertura de los medios y las representaciones intelectuales de las Revoluciones por la Dignidad en Túnez y Egipto como una «Primavera Árabe», los colocaron dentro de «un universo discursivo con un pasado escrito y una dirección de futuro conocida». Dejando de lado la violencia que tal acto de nomenclatura implica, al limitar geográficamente los potenciales circuitos de solidaridad; para estos supuestos observadores «objetivos», el fenómeno se torna legible solo cuando se entiende desde un marco de referencia reconocible. Ya sea que quisieran referirse a la «Primavera de los Pueblos» en 1848, la Primavera de Praga en 1968, o Europa del Este en 1989; la constelación referente continúa siendo europea y liberal. La narrativa presenta estos momentos revolucionarios como hechos históricamente inevitables. En lugar de reconocer la singularidad y potencial innovación de estos momentos revolucionarios -o posicionarlos dentro de los marcos históricos específicos del Sur Global- el nombramiento del fenómeno como «Primavera Árabe» lo encapsula en una temporalidad espacial enajenante, y le asigna el rol de objeto en un predeterminado «Transcurso de la Historia»

Tales análisis interpretan estos momentos revolucionarios, no como momentos de rebeldía e innovación y posibilidad, sino como una expresión de deseo de conformidad e inclusión en la «Historia». Estas narrativas objetivadoras no solo las proyectan los analistas occidentales, sino que también las interiorizan algunos argelinos. Por ejemplo, algunos liberales argelinos conciben los movimientos revolucionarios en el país de manera acrítica, como deseo por establecer una «Segunda República». El borrador mental implícito que estos participantes tienen, es un modelo francés Jacobino, y su concepción de una segunda república se dibuja en un marco de referencia que es particular de Francia y de su historia específica, por tanto, colocan la Argelia actual temporalmente en el lugar que estaba Francia en 1848. Estas conceptualizaciones son clave en la reproducción de discursos orientalistas que designan a estos países como «retrógrados» y por consiguiente, en necesidad de «ponerse al día».

El concienciarse de esto no tiene por objetivo el expresar una alergia xenófoba a la inspiración de experiencias «extranjeras», sino el adoptar una actitud crítica hacia los modelos que plantean y sus beneficios y limitaciones. La alienación producida por posicionar a los colonizados en una temporalidad de civilización que no es la propia, y en la cual no se reconocen a sí mismos, es un objetivo clave de los impulsos de rehabilitación de estas revoluciones, como aclararemos más adelante.

La manera en la cual los medios de comunicación y las intervenciones intelectuales, especialmente en el Norte Global, han cubierto el movimiento popular en Argelia, y la desafortunada reproducción de tales análisis de manera local, indica que la historia está destinada a repetirse. De manera consciente o no, el movimiento se interpreta a través de un prisma (neo)liberal, y se narra dentro de categorías y marcos de referencia (neo)liberales. Se presenta como una lucha para abolir el autoritarismo y la corrupción, y exigir democracia (comprendida de manera reducida como un conjunto de derechos civiles y políticos, aparejado con las elecciones periódicas) y una «economía de mercado». El orientalismo que subyace a estos análisis es evidente en el propósito que asignan a la lucha popular. La hipótesis de la que no se habla o la pregunta que apoya estas perspectivas es la siguiente: ¿qué podrían querer estas personas además de lo que se cree que occidente ya posee?

Desde esta perspectiva, el occidente «avanzado» es el único propósito de los «retrógrados» no-occidentales. En palabras del filósofo francés Alain Badou acerca de la denominada «Primavera Árabe»: «Nuestros gobernantes y los medios dominantes, han sugerido una interpretación simple de las revueltas en el mundo Árabe: lo que ellos expresan es lo que posiblemente podría llamarse un deseo por occidente.»

Las imágenes escogidas para resaltar lo pacífico, ordenado y cívico del movimiento muestran de forma desproporcionada a los manifestantes jóvenes, modernos y francófonos; es decir, occidentales, laicos, liberales, urbanos y de clase media. A su vez, invisibilizan a aquellos manifestantes de comunidades rurales y obreras, así como a aquellos con barba y velo. Esta selección sesgada, por no decir distorsión intencionada, vincula de forma tácita e inconscientemente todo lo pacífico, ordenado y cívico con la lengua francesa, el laicismo, el liberalismo y la riqueza. Las barbas, los velos y la lengua árabe se asocian en las representaciones dominantes con el polvo, la sangre, las lágrimas, la ira y las banderas quemadas.

La narrativa liberal también moldea la forma en la que se interpretan y representan las demandas populares. Tomemos, por ejemplo, uno de los coreados por los manifestantes durante las últimas ocho semanas: «klitou lebled ya seraqqin» (¡habéis devorado el país, ladrones!). En los medios de comunicación predominantes globales, este lema se ha interpretado casi unánimemente como indignación contra los funcionarios corruptos y sus prácticas. Es casi imposible dar con una interpretación que lo traduzca como la indignación contra la injusta y desigual distribución de la riqueza en el país. Esto se debe a que hacerlo supondría que el cambio estructural y la redistribución serían la única forma lógica de proceder para remediar este desequilibrio. Centrarse en la corrupción, no obstante, evita las cuestiones estructurales y los modelos de desarrollo que inherentemente provocan la desigualdad socio-económica y engendran las prácticas corruptas, ya que se pone el foco sobre los individuos (las manzanas podridas, por así decirlo) y su castigo. En definitiva, el planteamiento liberal transforma una cuestión política en una legal y reduce el problema sistémico a un asunto particular, tal y como Corinna Mullin, Nada Trigui y Azedeh Shahshahani plantean en su próximo artículo en Monthly Review: “Decolonizing Justice in Tunisia: From Transitional Justice to a People’s Tribunal” («Descolonizando la Justicia en Túnez: de la Justicia de Transición a un Tribunal Popular»).

Asimismo, los «ladrones» a los que se refiere el lema se conciben uniformemente en términos domésticos, descartando cualquier posibilidad de complicidad por parte de actores globales. Mientras el expolio de los recursos naturales del país se ha llevado a cabo a través de esta élite compradora y, en cierta medida, para su propio beneficio; los mayores beneficiados han sido las grandes corporaciones multinacionales y los gobiernos extranjeros a cambio de ofrecer apoyo internacional para esta clase dirigente que no es representativa.

En vez de imponer a este movimiento unos marcos analíticos prefabricados y unas temporalidades políticas/de civilización; los académicos, periodistas, expertos y creadores de opinión deberían escuchar atentamente y prestar atención a los mensajes del movimiento a través del análisis de sus lemas, consignas, pancartas e instalaciones artísticas de los últimos dos meses para formarse una comprensión más adecuada del mismo.

Aunque no podemos atender a todos los lemas, fijémonos en algunos de los temas más destacados:

Justicia social y distribución equitativa de la riqueza

Además del lema tratado anteriormente, se alzaron muchas otras consignas, pancartas y carteles que protestaban contra la desigual distribución de la riqueza. El lema «winou haqqi fel petrole?» (¿dónde está mi parte del petróleo?), invocado a menudo en las últimas décadas, se ha actualizado jocosamente como «winou haqqi fel cocaine?» (¿dónde está mi parte de la cocaína?), en referencia al escándalo que salió a la luz el verano de 2018 en el que hubo 700kg de cocaína y una red de funcionarios del gobierno y de las fuerzas de seguridad implicados, lo que provocó la caída del General Hamel (jefe de la policía) entre otros. Una vez más, estos lemas se interpretan como rechazo a una élite gobernante corrupta, una postura negativa, en vez de como petición por la distribución equitativa de la riqueza y como deseo de justicia social, ambas reivindicaciones positivas.

Democracia radical, dignidad y soberanía popular

Algunos de los lemas más extendidos tratan el tema del pueblo como única fuente de poder y legitimidad. Además del conocido «Asha’b Yurid…» (El pueblo quiere…) que se alzó en Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Siria y, más recientemente, Sudán; «Lebled bledna w’ ‘endirou Rayna» (este es nuestro país, y nuestra voluntad suprema prevalecerá) ha sido más específico del movimiento de Argelia. Este lema se alzó después de que decenas de millones empezaran a salir a la calle a mediados de marzo para pedir que se suspendiera la constitución vigente, que se considera un documento ilegítimo redactado y adoptado sin implicación popular, por aquellas personas que el movimiento trata de expulsar y que fundamenta la configuración institucional que se quiere reformar. Incluso cuando el mando militar optó por una «solución constitucional», el movimiento insistió en la primacía de los Artículos 7 y 8, que estipulan que el pueblo es la fuente de toda autoridad y que le corresponde el poder constituyente. Otra variación del lema fue «lebled bledna w’ el Gaz Dyelna» (el país es nuestro, así como su petróleo [recursos naturales]). Esta versión establece una clara referencia a la necesidad de soberanía popular sobre los recursos naturales del país, que se considera que han sido utilizados por la élite dirigente para comprar la legitimidad externa. Los intentos de desnacionalizar el sector de los hidrocarburos (nacionalizado en 1971) a principios de los años 2000 y las importantes concesiones otorgadas a las grandes multinacionales petroleras en los últimos veinte largos años han sido objeto de una constante crítica pública y se ven como un ultraje a la soberanía del país.

Republicanismo igualitario y descolonización

Uno de los lemas que más se coreó durante la expulsión de Bouteflika fue: «Jumhuriyya machi memlaka» (esto es una república, no un reino). No se refiere únicamente al rechazo a la patrimonialización del poder de Bouteflika, sino también a la tendencia general por la que los poderes imperialistas favorecen las monarquías como sistema de poder por ser más susceptibles de lograr sus intereses en la región (véanse los países del golfo, Marruecos y Jordania). En las repúblicas post-coloniales, se ha llevado a cabo un esfuerzo por reprimir el espíritu republicano y promover, en cambio, las tendencias monárquicas. El movimiento se ve a sí mismo como una realización que cumple los deseos de sus antepasados, quienes liberaron el territorio de la dominación colonial directa para establecer una sociedad igualitaria que asegurara el disfrute de la humanidad en toda su plenitud. La republica que imaginaban en el acta fundacional de la revolución argelina contra el dominio colonial, Declaración del 1 de noviembre de 1954, fue concebida como un paso adelante hacia una integración regional más amplia. El Estado-nación no se consideró como un fin en sí mismo, sino como un medio para la emancipación humana.

Una política integra y no una política de intereses.

En general, la sátira política se ha considerado «un arma de los débiles» en muchas movilizaciones revolucionarias en todo el mundo, pero tiene una larga tradición particularmente en Argelia. La burla y el escarnio de los poderes que tienen el potencial para perforar la mitología que tiende a acompañar el poder y hacer visible sus actividades ocultas. La omnipresencia del «cachir» (el Algerian Baloni/un tipo de salami de Argelia) durante las protestas de los últimos dos meses en Argelia, es un ejemplo que viene al caso. El significado político del cachir se remonta a la campaña presidencial del 2014, donde los partidos de la coalición gobernante, ofrecieron un sándwich de cachir y una pequeña cantidad de dinero a las personas que se unieran a los mítines políticos y que llenaran la sala para dar una imagen falsa de popularidad de los partidos en cuestión. El uso de cachir en la actual movilización revolucionaria difundió tres mensajes políticos. Primero, es una condena a los partidos políticos implicados en lo que los argelinos llaman «boulitique» como lo contrario de «politique», un término acuñado por el filósofo argelino Malek Bennami. Lo hizo para indicar el estado de confusión de una élite política, su ausencia de visión y su preocupación por los intereses individuales frente a los intereses colectivos. El segundo mensaje va dirigido a aquella parte de la población argelina como condena por vender sus almas a estos partidos y hacer la vista gorda ante el saqueo del país por un precio tan bajo como el de un sándwich de cachir. El tercero (y el más importante), las instalaciones de arte que involucran cachir, expresan el deseo de una política íntegra basada en la visión y convicción políticas, en la preocupación por el bien colectivo en lugar del interés personal limitado, y en una lucha para emancipar y restaurar por completo la humanidad de los argelinos como etapa complementaria de su liberación en 1962.

Anti-imperialismo e internacionalismo.

La prevalencia de carteles que rechazaban la intervención extranjera y vinculaban la movilización actual hacia la lucha anticolonial del siglo XX, proporciona a los observadores una valiosa perspectiva de la temporalidad política habitada por el movimiento revolucionario argelino.

A diferencia de los marcos alienantes discutidos anteriormente, que intentan hacinar el momento actual en una temporalidad europea que se asocia a los opresores coloniales del ayer, los manifestantes en Argelia entienden su lucha como una continuación de la lucha anticolonial. En lugar de ver esta movilización como un eslabón más en la cadena que se extiende desde 1848 a 1968, 1989 y hasta el presente; los argelinos ubican su lucha firmemente en una temporalidad subalterna que se extiende desde los primeros días de la resistencia a la invasión colonial francesa a la epopeya anticolonial de 1954-62. El aumento de los eslóganes que reclaman el establecimiento de «Jumhuriyya Novambariyya» (una república de noviembre), en referencia a la declaración del 1 de noviembre de 1954, es solo un ejemplo entre muchos.

La constante aparición de la bandera palestina junto a la argelina en la movilización revolucionaria actual, es otro ejemplo. No solo expresa solidaridad con los palestinos en sus lucha por la liberación del colonialismo de los colonos, sino que también es una reafirmación y una remodelación de la subjetividad argelina en términos de anti-colonialismo, anti-imperialismo, pan-arabismo, internacionalismo musulmán, afro-asianismo y tercermundismo, lo que hace que estos sean una «sociología aplicada» en lugar de simples «mitologías» y lemas frívolos. Es una recalibración de la espacialidad (neo)colonial adoptada por la élite política argelina e impuesta al pueblo argelino en el contexto de la descolonización, a una espacialidad subalterna, colocando la subjetividad argelina en la alianza Lima-Tánger-Yakarta en lugar de en la alianza Washington-Londres-Paris.

La revuelta argelina está así, comprometida en la reelaboración del orden temporal y espacial que sustenta la colonialidad de su presente y sostiene las condiciones de su colonización. Es una lucha contra la subjetividad liberal hegemónica promovida por el status quo, que reduce la humanidad de uno a la ciudadanía dentro de un Estado-nación modelado e impulsado externamente, y la capacidad de consumir bienes en el mercado mundial. Es una lucha por una subjetividad alternativa que destruye las cicatrices coloniales artificiales (a menudo denominadas fronteras), tanto físicas como mentales, que han encadenado a la humanidad durante tanto tiempo: y también por la construcción de unas condiciones para una genuina emancipación humana. Los argelinos, parafraseando a Fanon, han redescubierto sus misión y han elegido no traicionarla sino cumplirla.

POR Brahim Roubah

Fuente: https://africasacountry.com/2019/04/reclaiming-the-narrative-of-the-algerian-revolt

Traducido por Leticia García, Maria Usua Azcurreta y Elena Spinelli.

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