Ruanda: engaño magistral

El general canadiense Romeo Dallaire afirmó que el presidente del Frente Patriótico Ruandés (FPR) de los Tutsi, Paul Kagame, había dejado que el genocidio continuara más tiempo del necesario. Imagen: AP Foto/Markus Schreiber

Hace exactamente veinte años me senté en un café de Ottawa con el general canadiense Romeo Dallaire, ex-general en la operación de paz de las Naciones Unidas (UN Peacekeeping operation) en Ruanda durante el genocidio. Seis años después del fracaso total de su misión, Dallaire sufrió un trastorno por estrés post-traumático, pero me informaron de que tenía algo extremamente importante que decirme. Nada podría haberme preparado para lo que iba a escuchar, especialmente teniendo en cuenta que acababa de visitar Ruanda y los memoriales del genocidio. Entonces me senté tomando notas alrededor de una mesa con el gabinete de Ruanda.

Dallaire dijo que no esperaba que yo creyera lo que estaba diciendo en esas circunstancias, pero era la verdad y un día me daría cuenta de la veracidad de lo que me estaba contando.
Pasaron veinte años hasta que fui capaz de procesar esa conversación y hasta que tuve el coraje de escribir sobre ella.

Dallaire empezó relatando los terribles días del genocidio y su absoluto desamparo ante la negativa de las grandes potencias sentadas en la mesa de la ONU a autorizar y a capacitar su misión sobre el terreno para intervenir y detener el derramamiento de sangre. El genocidio se desplegó ante sus ojos y se llevó la vida de 800.000 Tutsis en 100 días. Un trauma de tal culpabilidad es algo demasiado grave para que cualquier ser humano pueda superarlo.

Gran parte de la historia de Dallaire se relata en su autobiografía, Shaking Hands with the Devil (Dando las manos con el diablo). Sin embargo, lo que nunca esperaba escuchar de su boca fue lo que vino después. El general canadiense Romeo Dallaire afirmó que el presidente del Frente Patriótico ruandés (FPR) de los Tutsis, Paul Kagame, había dejado que el genocidio continuara más tiempo del necesario. La interpretación de Dallaire fue que en los cálculos de Kagame, la magnitud del genocidio probablemente garantizaría que el FPR pudiera gobernar el país durante décadas en un futuro, debido a la culpabilidad colectiva de la comunidad internacional. En aquel momento, fue difícil para mí digerir o aceptar todo eso.

Dallaire también me contó algo sobre los correos que había estado recibiendo desde el final del genocidio por parte de las monjas francocanadienses que había conocido sobre el terreno en Ruanda. Sus repetidos mensajes decían que los Hutus estaban desapareciendo semana tras semana en Ruanda, eran sacados de sus hogares en plena noche y nunca se les volvía a ver. La idea de que los libertadores podrían haber estado eliminando lentamente de su sociedad a los miembros de la mayoría Hutu, secuestrándolos silenciosamente sin dejar rastro, fue horrible. Dallaire afirmó haber escuchado informes similares de otras personas a las que él consideraba fuentes fidedignas.

Con el paso del tiempo, el asunto acerca de los campamentos de refugiados Hutu en el este de la República Democrática del Congo fue aclarado por las organizaciones de derechos humanos. Estos habían sido “eliminados” por los militares ruandeses en los años posteriores al genocidio. Había campamentos con decenas de miles de hombres, mujeres y niños que simplemente fueron eliminados de la faz de la tierra. Es algo que el gobierno ruandés, con Paul Kagame como presidente, siempre negó, aunque la ONU y otras organizaciones de derechos humanos hallaron varias fosas comunes.

Si uno retira toda la buena apariencia que predomina sobre la historia de Ruanda (una tasa de crecimiento económico del 8%, la reducción del nivel de pobreza y de las tasas de mortalidad materna, los avances en materia de educación, en tecnologías de la información y la comunicación y los bajos niveles de delincuencia y corrupción) se observa un panorama muy diferente. La imagen de espejismo económico y de los logros de Ruanda se transforma en la imagen de una nación presa del miedo, miedo a decir lo que realmente piensan, a votar al candidato que quieren, a desafiar a las políticas gubernamentales o a pedir cuentas a sus líderes. Los 25 años de gobierno de Paul Kagame han propiciado esta cultura del miedo y de la intimidación. En cada elección, Kagame afirmaba haber ganado con una mayoría de más del 90% de los votos, alardeando de que la votación no era más que una formalidad que confirmaba su derecho a gobernar.

Esta tóxica adicción al poder llevó a Kagame a presidir un referéndum en 2015 para modificar la Constitución de forma que pudiera postularse como presidente a un tercer mandato en 2017, permitiéndole extender su gobierno otros siete años. Esta enmienda también le posibilitaba presentarse a otros dos mandatos más después de 2024, concediéndole potencialmente la oportunidad de mantenerse en el poder hasta 2034. El resultado de este referéndum alcanzó, supuestamente, el 98% de los votos a favor.

La Unión Europea y los Estados Unidos de América (EUA) han criticado estas enmiendas, alegando que vulneran los principios democráticos. Sin embargo, EUA continúa proporcionando el 20% del presupuesto nacional ruandés, el Reino Unido es el segundo proveedor y el presupuesto de ayuda extranjera de Ruanda alcanza en su totalidad los mil millones de dólares anualmente. Poco importa que Kagame haya podido manipular los resultados electorales, pues continúa siendo el favorito de los países de Occidente. ¿Culpabilidad colectiva por no haber intentado frenar el genocidio? ¿Una necesidad desesperada por una historia exitosa de ayuda extranjera? ¿O la segura extracción de minerales estratégicos del Este de la República Democrática del Congo y el seguro corredor de transporte que Ruanda proporciona para transportarlos fuera de la región?

Cualesquiera que sean las razones que guían al Occidente, lo que es especialmente alarmante son los niveles de represión nacional bajo los que viven los ruandeses. Cualquier intento de criticar al gobierno se considera una amenaza para la seguridad nacional y una tentativa de alimentar el sectarismo. Los críticos, los oponentes y los periodistas están en la cárcel o desaparecidos y las cifras siguen aumentando. Y ya no solamente están en la cárcel estos líderes de la oposición o los críticos, sino también miembros de sus familias. Para aumentar el carácter draconiano del Estado, el Human Rights Watch (Observatorio de Derechos Humanos) ha documentado que las fuerzas de seguridad están ejecutando extrajudicialmente a pequeños delincuentes. Han disparado a algunos lugareños por robar una vaca o una bicicleta. Todo esto forma parte de una estrategia para sembrar el miedo en la sociedad y así imponer el orden, el control absoluto y mantener sometido al electorado.

Durante el último año, Kagame fue el presidente de la Unión Africana, pero su fachada de buen gobierno y democracia nunca fue cuestionada. Quizás sea el momento de contar la verdad acerca de cómo son realmente las cosas en Ruanda y comenzar a cuestionar algunos de los mitos que rodean la noción del espejismo económico. Me pregunto si en el caso de que Nelson Mandela aún estuviera vivo no habría exigido un sistema electoral más transparente y si habría respaldado la noción de la regla de la mayoría para gobernar en Ruanda.

Por Shannon Ebrahim, editora del grupo extranjero.

Fuente: https://www.iol.co.za/news/africa/rwandas-masterful-deception-19315622

Traducido por: Elena Spinelli e Iria López González.

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