Batalla de ideas: La responsabilidad social de los intelectuales en la creación de proyectos contra-hegemónicos

En una sociedad capitalista divididas en clases, hay dos tipos de intelectuales. Los que producen racionalizaciones, justificaciones y mistificaciones para perpetuar el statu quo de la desigualdad y la injusticia en favor del capital. Y por otro lado, los que cuestionan y desafían el conocimiento dominante y tratan de desmitificar y desacreditar las formas de conocimiento y las ideologías hegemónicas. Algunos van más allá y producen y articulan formas de conocimiento e ideologías alternativas para fomentar la lucha de los dominados, maltratados y oprimidos. Estos últimos están implicados en la construcción de proyectos contra-hegemónicos.

A los intelectuales les enorgullece ser productores de conocimientos. También se encargan de formular ideologías, papel que normalmente no reconocen. Las universidades respetables (las que merecen este nombre) se autodenominan sedes de producción de conocimientos. Digo “respetables” porque hoy en día muchas universidades neoliberalizadas han abandonado su papel de productoras de conocimientos en aras de empaquetar información desigual y etiquetar sus propios “productos” (los estudiantes) para poder comercializarlos en el mercado. Pero esta historia la dejo para otra ocasión. Hoy no quiero hablar de fabricas de moldes. Hoy quiero dirigirme a aquellos intelectuales que todavía se consideran a sí mismos productores de conocimientos en lugar de supervisores en la línea de montaje de las fábricas de moldes.

En una sociedad capitalista divididas en clases, hay dos tipos de intelectuales. Por un lado, los que producen racionalizaciones, justificaciones y mistificaciones para perpetuar el statu quo de la desigualdad y la injusticia en favor del capital. Estos son los productores y proveedores de lo que llamamos ideologías hegemónicas. Y por otro lado, los que cuestionan y desafían el conocimiento dominante y tratan de desmitificar y desacreditar las formas de conocimiento y las ideologías hegemónicas. Algunos van más allá y producen y articulan formas de conocimiento e ideologías alternativas para fomentar la lucha de los dominados, maltratados y oprimidos. Estos últimos están implicados en la construcción de proyectos contra-hegemónicos. Por tanto, hay una batalla de ideas, y uno de los principales terrenos en esta batalla es la universidad. La batalla de ideas precede a la batalla en las barricadas.

La hegemonía, por definición, significa aceptar una ideología de forma voluntaria, por consentimiento, en lugar de por coerción. Fue de Antonio Gramsci la gran perspicacia de que la burguesía gobernara movilizando el consentimiento a través de sus aparatos ideológicos, tanto en el estado (por ejemplo, los tribunales) como también, y esto es importante señalarlo, en la sociedad civil; por ejemplo, en las instituciones educativas, los medios, los CSOs, el arte, la literatura etc… Los engranajes de los mecanismos ideológicos nunca paran de girar. Generan y renuevan las ideologías hegemónicas y las convierten en el “sentido común” de la época. En tiempos normales, por lo tanto, la coerción del estado burgués no se muestra en la superficie. Está ahí, pero siempre de fondo. Esto es lo que pasa en situaciones normales. ¿Qué pasa en tiempos de crisis, es decir, en momentos en los que el sistema capitalista subyacente se encuentra en la crisis de reproducirse por sí mismo? Lo que más me interesa es la crisis, porque creo que actualmente estamos sufriendo una crisis del sistema capitalista-imperialista global. No voy a entrar en los detalles económicos de la crisis ya que quiero centrarme más en su aspecto ideológico.

La batalla de ideas precede a la batalla en las barricadas.

Hoy en día somos testigos del resurgimiento del fascismo, de los nacionalismos intolerantes y del campanilismo (por resumir, los llamaré “nuevos nacionalismos”) tanto en los centros (el norte global) como en las periferias (el sur global). En el norte, los partidos y las formaciones de derecha ondean la bandera del racismo y del nacionalismo contra los inmigrantes. Dadas las victorias electorales de la derecha en los últimos tiempos, incluso los principales partidos de centro y centro-izquierda, por temor a la erosión de su base electoral, apuestan por la retórica anti-inmigración. El Brexit es un ejemplo de ello. El otro es Trump y su ridículo, pero trágico, proyecto de erigir un muro con México.

En el sur, hay un aumento de líderes demagógicos y populistas que ondean la bandera de un patriotismo intolerante con las etnias, racista, religioso y chovinista. Narenda Modi de India, Rodrigo Duterte de Filipinas y Jair Bolsonaro de Brasil, ilustran bien las jergas populistas y demagogas. Modi ondea la bandera de Hindutva, que no es más que una proclamación de la supremacía hindú. Inevitablemente, esto desencadena la violencia en las calles contra las minorías: los musulmanes, los cristianos y los dalits (la casta más baja). Bolsonaro despliega sus lemas populistas contra los negros, las mujeres y la comunidad LGBT. En América Latina, otro Bolsonaro está al llegar. Se trata del caballero Juan Guaidó, que se autoproclamó “democráticamente” presidente de Venezuela. Tiene el apoyo de los “campeones de la democracia” en América y Europa y fue reconocido, entre otros, por la única “democracia” de Oriente Medio: Israel (nótese que el término “democracia” y todos sus derivados están entre comillas).

La hegemonía, por definición, significa aceptar una ideología de forma voluntaria, por consentimiento, en lugar de por coerción.

En mi opinión, el auge de los “neonacionalismos” es la reacción contra un neoliberalismo que se ha pasado de vueltas. Irónicamente, el neoliberalismo en sí mismo allanó el camino para el surgimiento de “neonacionalismos”. Las ideologías neoliberales no tuvieron un larga permanencia en el poder, pero en unas cuatro décadas de este régimen causaron estragos. El mercado y el monetarismo eran sus mantras. El neoliberalismo atacó al liberalismo burgués de los centros y asaltó el nacionalismo post-colonial, radical y progresista de las periferias. Socialmente, se apoyaba en la individuación frente al individualismo burgués. La mejor descripción de la individuación proviene de Margaret Thatcher, quien exclamó retóricamente: “¡Sociedad! ¿Qué sociedad? ¡No existe tal cosa!” Solo existen los individuos. Los individuos burgueses defendían sus derechos y obligaciones. Los individuos neoliberales no defienden nada; miran solo por su enriquecimiento y engrandecimiento. Venderían sus derechos y pisotearían los de los demás, con tal de “prosperar”. Y no hay sitio para la “obligación” en sus mentalidades totalmente egocéntricas.

En el plano económico, el neoliberalismo se basa en la creación sin fin de productos ficticios y su privatización. Por lo tanto, los bienes públicos como la educación, la salud, el agua, la energía y el aire están mercantilizados y apropiados, al igual que la flora, la fauna, las montañas, los ríos y los bosques. Los recursos biológicos y los organismos genéticamente modificados se convierten en propiedad privada para ser poseídos y comercializados con fines lucrativos. Incluso los idiomas y las prácticas culturales se patentan y se poseen. (¡Recientemente, Walt Disney obtuvo la patente de la frase en kiswahili: ¡Hakuna Matata!). La deuda, incluso la deuda soberana, se convierte en mercancía y se negocia. La oligarquías financieras ofrecen crédito barato y de este modo todo el mundo, desde los individuos, las familias y hasta los Estados piden importantes préstamos y se endeudan. La esclavitud de la deuda se ha convertido en un nuevo tipo de esclavitud. Todos estamos en deuda con los tiburones financieros, literal y figurativamente. El famoso dicho de Descartes “pienso luego existo” se ha convertido en “estoy endeudado, luego existo”. Subyacente a todo esto está la rampante acumulación primitiva por una pequeña oligarquía financiera que eclipsa “la acumulación por expansión” en la esfera productiva. La financialización se convierte en su lema. La economía ficticia se despide de la economía real y empieza a creer en la autorregulación y en la autoreproducción. Cuando la brecha entre la economía real y la ficticia se vuelve insostenible, la burbuja explota. Tal como pasó en la primera crisis hipotecaria de 2007-2008 de los EE. UU. que se propagó como un reguero de pólvora hacia otros países. Sin embargo, el Estado bombea billones de dólares para salvar a las instituciones financieras, que reanudan debidamente sus nefastas transacciones. El resultado de la crisis es una mayor concentración de la riqueza y el poder en manos de unos pocos.

Los engranajes de los mecanismos ideológicos nunca paran de girar. Generan y renuevan las ideologías hegemónicas y las convierten en el “sentido común” de la época.

La desigualdad, el desempleo, la pobreza y la desesperanza aumentan a medida que la riqueza se concentra en una pequeña minoría. Las masas indignadas se convierten en la carne de cañón de la que se alimenta el auge del fascismo y la derecha. A falta de una alternativa viable, este es el modo en que las masas contraatacan frente a los excesos neoliberales.

El neoliberalismo fue en un principio un ataque ideológico al nacionalismo radical y a sus políticas relativamente independientes. Desmanteló nuestro tejido social y la neoliberalización de nuestras universidades arrasó los discursos y debates progresistas y contra-hegemónicos. Las estructuras universitarias se corporativizaron. Las carreras perdieron su integridad al dividirse en semestres y módulos. Proliferaron los programas cortos. El profesorado se vio abrumado por la consultoría de políticas, y esto socavó la investigación de base. La producción de conocimientos fue reemplazada por la recopilación de información en línea. Algunas se resistieron, pero la mayoría cedió. Se acallaron y sofocaron las voces de resistencia de la plantilla y de los estudiantes. Las autoridades universitarias gastaban más en dispositivos de vigilancia para mantener a los estudiantes bajo control que en instalaciones sanitarias para mantenerlos sanos. A este campus, conocido en su momento por su relevancia intelectual, se le menciona ahora por su silencio selectivo. Estoy seguro de que la clase de discurso a la que me entrego hoy le suena a chino a nuestra generación neoliberal de estudiantes y profesores. Esta es la historia de muchos campus en África.

Como consecuencia, el auge de los “neonacionalismos” pilló por sorpresa a los intelectuales. Ni pudieron predecirlo ni saben cómo reaccionar. La respuesta instintiva de muchos campus africanos (no todos, por supuesto) ha sido de subirse al carro, bien por elección propia o por falta de opciones.

Hoy en día somos testigos del resurgimiento del fascismo, de los nacionalismos intolerantes y del campanilismo tanto en los centros como en las periferias. En el norte, los partidos y las formaciones de derecha ondean la bandera del racismo y del nacionalismo contra los inmigrantes. Dadas las victorias electorales de la derecha en los últimos tiempos, incluso los principales partidos de centro y centro-izquierda, por temor al desgaste de su base electoral, apuestan por la retórica anti-inmigración.

Los “neonacionalismos” del sur del globo comparten ciertas características, si bien se manifiestan con diferentes formas y lenguas, dependiendo de sus circunstancias particulares. Algunas manifestaciones son indudablemente progresistas pero invariablemente eclécticas.

En primer lugar, el populismo se pronuncia en nombre de los pobres contra los pobres. En segundo lugar, favorece a “Dios y al estado” en vez de a las personas y a las naciones. En tercer lugar, concentra el poder y destruye cualquier otro foco potencial de poder o de poder en potencia. En cuarto lugar, se legitima en “dioses y ancestros” en vez de en su gente. En quinto lugar, exalta y mitifica la idea de “la industrialización como desarrollo” mientras marginaliza la agricultura y ridiculiza la idea del “desarrollo como liberación”. No cabe duda de que en África necesitamos de la industrialización para progresar, pero no consiste solo en industrialización. El desarrollo, como Mwalimu Nyerere solía decir, es un proceso social de ampliación del terreno de la libertad y de constricción de la tiranía de la necesidad.

En sexto lugar, el “neonacionalismo” ataca de forma coordinada a los auténticos centros del pensamiento, especialmente a las universidades. Mis amigos indios de la Universidad Jawaharial Nehru me cuentan que el régimen de Modi ha intentado aniquilar en repetidas ocasiones el radicalismo de su centro: colgando cargos delictivos a los estudiantes y profesores radicales, orquestando ataques policiales en el campus y nombrando vicerectores a sus títeres del régimen, y así sucesivamente.

El resurgir de los “neonacionalismos” es la reacción a un neoliberalismo que se ha pasado de vueltas.

En séptimo lugar, la retórica antiimperialista de los “neonacionalismos” es ecléctica y selectiva. Se expresa en términos de “otros”, los extranjeros, y “nosotros”, los indígenas, en vez de como proyecto antisistema.

Por último, particularmente en África el “neonacionalismo” carece de dimensión panafricana. Este caso es muy distinto del de la primera ola de nacionalismo, que nació del panafricanismo y trató de mantenerlo en el radar político a pesar de sus dificultades y limitaciones. Parafraseando a Mwalimu Nyerere, diría que el nacionalismo africano solo puede ser panafricanismo, ya que de lo contrario se convierte en “el equivalente al tribalismo en el contexto de nuestros estados con naciones independientes” (Nyerere).

Dadas las circunstancias, es precisamente la responsabilidad social de los intelectuales el construir un proyecto contra-hegemónico que haga eco en las vidas de la inmensa mayoría. Sin embargo, los intelectuales africanos han reaccionado a los “neonacionalismos” recurriendo a la retórica ideológica del liberalismo burgués y, ellos sabrán mejor, pero, en mi opinión, no alcanzan a dar a la gente una idea y una causa por la que luchar. El lenguaje liberal del pluralismo político, la diversidad social, la identidad ideológica y la política partidista es, desde mi punto de vista, inadecuado y no llega al corazón y a la conciencia de nuestro pueblo. Debemos recordar que ha sido el liberalismo, erigido en base al capitalismo, el que ha allanado el terreno para que florezca el neoliberalismo y su vástago, el “neonacionalismo”.

Uno no puede engendrar un proyecto contra-hegemónico en abstracto, y no tengo intención de hacerlo. Este tipo de alternativas se forjan en el transcurso de la lucha. No obstante, me gustaría proponer, a modo de conclusión para que lo tengamos en cuenta, que cualquier proyecto contra-hegemónico se debe fundamentar en cuatro pilares fundamentales. Estos son: subsistencia popular, participación popular, poder popular y libertades y derechos populares.

El término “popular” se emplea en dos sentidos: uno antiimperialista y otro, en el sentido de que algo está basado en un “bloque de clases populares”, a las que en conjunto me refiero como personas trabajadoras. Esta expresión nos ayuda a distanciarnos de los populismos que emanan del término “pueblo”. El término subsistencia popular no requiere ninguna aclaración. Sobra decir que se debe basar en el desarrollo por y para las personas (y con “personas” me refiero a personas trabajadoras).

La participación popular se concibe para evaluar los límites de la política parlamentaria y partidista y para reconsiderar las instituciones del estado. La idea es plantear un nuevo modelo político. La política está donde están las masas. Y las masas están en los pueblos y en los guetos y barrios urbanos. Por lo que la participación popular y el poder popular tienen como fin el recolocar el poder y la política del estado en manos de los pueblos y los barrios.

Los intelectuales africanos han reaccionado a los “neonacionalismos” recurriendo a la retórica ideológica del liberalismo burgués y, ellos sabrán mejor, pero, en mi opinión, no alcanzan a dar a la gente una idea y una causa por la que luchar.

Dentro de las libertades y los derechos populares incluyo dos derechos fundamentales y cuatro libertades fundamentales. Los derechos fundamentales son el derecho a la existencia humana para vivir con dignidad y el derecho a organizarse, esto es, que las personas trabajadoras organizadas sean capaces de defender sus intereses por sí mismas a través de sus organizaciones, bien sean estas sindicatos, asociaciones de trabajadores, organizaciones de mujeres trabajadoras, cooperativas o partidos de agricultores. Las formas de organización nacen de unas circunstancias particulares. Las personas siempre han sido innovadoras a la hora de organizarse para luchar por tener alternativas.

Las cuatro libertades fundamentales son: libertad para vivir sin miseria, libertad para vivir sin temor, libertad para vivir sin violencia (tanto estatal como social) y libertad para vivir sin silencio impuesto, en otras palabras, libertad de expresión. No me da tiempo a extenderme más en los detalles de los pilares fundamentales de un proyecto alternativo. Mi objetivo era simple: liberarnos del sopor del silencio. Tengo la esperanza – y la tendré eternamente – de que este tipo de discursos nos lleve a la transición del estado irreflexivo al estado reflexivo.

Por Issa Shivji

Artículo adaptado de un Discurso de apertura en la Universidad de Dar es Salaam que fue inicialmente publicado en Sauti ya Ujamaa el 2 de febrero de 2019.

Fuente: https://www.theeastafricanreview.info/op-eds/2019/02/09/battle-of-ideas-the-social-responsibility-of-intellectuals-in-building-counter-hegemonies/

Traducido por Elena Spinelli y Maria Usua Azcurreta.

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