La obra negativa del neocolonialismo francés y europeo en África. La política migratoria: una “realpolitik” asesina.

Inmigrantes en un mercado de Torino. Fuente: Pixabay,

Inmigrantes en un mercado de Torino. Fuente: Pixabay,

La imagen de barcos repletos de seres humanos a la deriva en medio del Mediterráneo durante muchos días antes de arribar a un puerto europeo tiene tendencia a convertirse en recurrente. La cobertura mediática y política de estos dramas humanos también se lleva a cabo con los mismos ingredientes argumentales: “crisis migratoria”, “efecto llamada”, “aflujo masivo”, etc. Esos “elementos de lenguaje”, retomando el vocabulario de la neolengua liberal, tienen el objetivo de justificar las políticas migratorias denominadas “realistas” o expresar “firmeza y humanidad”.

Lo no-dicho o los silencios de los discursos mediáticos y políticos preponderantes también son igualmente recurrentes: silencio sobre las causas socioeconómicas de esas migraciones (neocolonialismo, guerras e intervenciones militares occidentales, etc.), mutismo sobre las necesidades demográficas europeas y sus consecuencias en términos de necesidad de mano de obra para las décadas venideras, ocultación de los efectos de la precarización de los recién llegados al mercado laboral. El consenso que de este modo se está intentando alcanzar contra la “invasión”, en realidad no es más que el instrumento de la desregularización liberal generalizada.

 

La emigración-inmigración como “hija natural de la colonización” [1]

Las primeras huellas de una inmigración africana en Francia son antiguas. Ya desde la época de la esclavitud, ciertos propietarios se trajeron algunos de sus esclavos para una corta estancia o para su establecimiento en Francia. Esos antepasados de trabajadores inmigrados que estaban destinados a ser sirvientes son considerados lo suficientemente numerosos para que una “declaración para la policía de los negros” sea promulgada por el rey el 7 de agosto de 1777. Esta declaración estipula que:

“A día de hoy se nos informa que el número de negros se ha multiplicado tanto en Francia, debido a la facilidad de comunicación con América, que se sustraen diariamente a las colonias esa proporción de hombres tan necesaria para el cultivo de las tierras, al mismo tiempo que su estancia en las ciudades de nuestro reino, sobre todo en la capital, está causando graves desórdenes. Y, cuando regresan a las colonias, llevan con ellos el espíritu de independencia e indocilidad, convirtiéndose en más perjudiciales que útiles. Consecuentemente, nos ha parecido que sería sabio deferir las peticiones de los habitantes de nuestras colonias, prohibiendo a todos los negros la entrada a nuestro reino. Sin embargo, no tenemos voluntad de privar a aquellos habitantes cuyos negocios les traen a Francia, de la ayuda de un criado negro que les sirva durante la travesía, siempre que a cambio los susodichos criados sólo puedan salir del puerto en el que hayan desembarcado, únicamente para regresar a la colonia de la que fueron traídos” [2].

Con la colonización y el desarrollo de los intercambios entre Francia y sus colonias, trabajar en la marina toma el relevo de los empleos domésticos. “Históricamente, es el considerable auge del tráfico marítimo entre África occidental y Europa, que hizo necesario contratar trabajadores africanos, lo que estuvo en el origen de la emigración soninké a Francia [3]”, resume el economista Flore Gubert. Este primer “filón” de inmigración en proveniencia del África subsahariana se completa a continuación con otros que el sociólogo Mahamet Timera fecha y resume así: 1) un “filón escolar” desde el inicio del siglo XX del cual saldrán numerosos movimientos y líderes independentistas; 2) un “filón militar” formado desde la Primera Guerra Mundial por la minoría de indígenas que permanecieron en territorio francés para trabajar; y 3) un “filón laboral” después de la Primera Guerra Mundial y sobre todo para las necesidades de la reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial [4].

La inmigración que proviene del norte de África, en general abarca los mismos filones con una mayor precocidad y una dimensión cuantitativa más importante. Básicamente argelina durante mucho tiempo, esta inmigración es el resultado de la colonización mediante asentamientos, tan característica de Argelia, sobre todo con su particularidad de saqueo de tierras. En uno de sus libros, Sayad restablece la correspondencia entre esas dos historias (la de desposeimiento de tierras y la de emigración-inmigración [5]). En el terreno cuantitativo, el economista Larbi Talha nos recuerda que “el ritmo de expropiaciones alcanzó su punto máximo en el periodo 1871-1881 que siguió a la insurrección Kabyle de 1871. Como castigo a las comunidades insurgentes, no menos de 500.000 hectáreas fueron arrebatadas, confiscadas a la población y, en su mayor parte, atribuidas gratuitamente a 1.183 familias de inmigrantes alsacianos en Argelia [6]”.

En cuanto a los efectos de este desposeimiento, Sayad los describe así: “Al atacar las estructuras territoriales, no solo arruinó los cimientos de la economía tradicional, sino que a través de los golpes que propinó conjuntamente a la comunidad y la organización comunitaria, desintegró la base sobre la que se asentaba el orden social, así como toda la armadura de la sociedad original [7]”. Desde 1890, trabajadores kabyles (región muy afectada por el “secuestro de tierras”, es decir, su confiscación como consecuencia de la rebelión anticolonial de 1871) son contratados en las jabonerías marsellesas y después en las minas, los puertos y las refinerías [8]. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, la inmigración argelina contabilizaba unas 15.000 personas y luego pegó un salto hasta las 100.000 en el período de entreguerras [9]. En comparación, la inmigración del África Subsahariana alcanzó las 15.000 personas en 1956 [10].

Durante toda la era colonial, la política migratoria francesa para esta inmigración africana no se diferencia de la establecida para otras inmigraciones. Se resume en una función de ajustes de variables para las necesidades brutas de trabajo. El historiador Gérard Noiriel diferencia de este modo tres grandes secuencias desde el siglo XIX:

Cada una se corresponde con un periodo de expansión económica. La primera ola data de finales del siglo XIX, durante el boom del Segundo Imperio. La segunda ola acontece durante la década de 1920, Francia conoce la mayor tasa de inmigración del mundo, por delante de Estados Unidos. La tercera ola corresponde a los Treinta Gloriosos. Esas tres olas de expansión económica y aflujo de emigrantes fueron seguidas de brutales rupturas, durante las crisis económicas que les siguieron [11].

Si la dos primeras secuencias fueron esencialmente europeas, la siguiente se caracteriza por una llamada masiva e in crescendo a la inmigración colonial. Aquellos a los que desde principios del siglo XX se llaman “trabajadores coloniales” son administrados por un ministerio específico que organiza el reclutamiento en períodos de necesidad, pero, a continuación, también la repatriación colectiva a la colonia. “Entre 1914 y 1918 más de 225.000 coloniales [12] trabajaron en suelo francés, sobre todo en las fábricas para la guerra [13]”, dice el historiador Laurent Dornel. Al final de la guerra, estos trabajadores coloniales fueron enviados de regreso a sus respectivos países y reemplazados por trabajadores polacos o italianos. “Esta es la primera política de inmigración selectiva [14]”, comenta Gérard Noiriel. Se organiza en base a la “raza”. El escenario se reproduce de manera idéntica durante la Segunda Guerra Mundial con el mismo estacionamiento en los campamentos y el mismo reenvío al país de origen después del armisticio:

En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, la Tercera República recurrió nuevamente a la contratación de trabajadores del Magreb. Basándose en la Ley de Organización General de la Nación en tiempo de guerra, del 12 de julio de 1938, una instrucción de mayo de 1939 ordenó la requisa de mano de obra colonial. […] Así, a partir de octubre de 1939, 5.000 trabajadores marroquíes fueron traídos para tareas agrícolas. Hasta el armisticio, 14.000 marroquíes y 6.000 argelinos se ponen a disposición de las empresas que trabajan para las necesidades de la defensa nacional [15].

El tratamiento de los coloniales indochinos, que se cifran en unos 20.000 [16], fue similar. La deseada repatriación de esos trabajadores choca inmediatamente con la necesidad de mano de obra para la reconstrucción en el periodo de las posguerras. El Estado y la patronal recurren nuevamente a la inmigración. De ese modo, en el periodo de entreguerras, Francia se convierte en el primer país receptor de inmigración. “En 1.931, cuando la ola de choque de la gran crisis llegó a Francia, había un 7% de extranjeros en la población total (sin contar los 123.000 argelinos …) [17]”, resume el sociólogo Albano Cordeiro. Si entre 1922 y 1924 se introdujeron 175.000 argelinos en Francia, durante este período son en su mayoría inmigrantes europeos los que llegan a Francia (principalmente italianos, polacos, españoles y belgas). La política migratoria que se lleva a cabo es una vez más “una inmigración selectiva”. El Estado francés firma acuerdos de mano de obra con Polonia e Italia y los indígenas de las colonias son considerados como indeseables. Un informe parlamentario de 1920 resume esta política del siguiente modo: “Recurrir a mano de obra de origen europeo con preferencia a mano de obra colonial o exótica, debido a las dificultades sociales o étnicas que podrían surgir de la presencia en el territorio francés de elementos etnográficos muy claramente distintos del resto de la población” [18].

Habrá que esperar a 1945 para que la lógica de la “inmigración selectiva” en base a un criterio “racial” se tambalee. La magnitud de los requisitos de mano de obra para la reconstrucción es, por supuesto, el primer factor que explica este cambio. “Es el conjunto de las necesidades económicas de los países europeos lo que provoca la demanda de mano de obra” [19], destaca en 1.947 el demógrafo Jacques Doublet. También recuerda que, en marzo de 1947, un acuerdo con Italia planea convocar a 200.000 trabajadores italianos. Así, el número de extranjeros en Francia aumenta en un millón entre 1954 y 1965, pasando del 4,09% de la población al 5,48%. El segundo factor está relacionado con el deseo de consolidar el imperio colonial. Este objetivo conduce a ciertas reformas (abrogación del Código del Indígena, por ejemplo), a la guerra de Vietnam con el objetivo de reconquistar la colonia y, finalmente, a fomentar la emigración hacia la metrópolis en vista de la gran miseria que causa estragos en las colonias. La Comisión del Plan Monnet planeaba traer hasta 1949, sobre todo por motivos políticos, unos 90.000 trabajadores norteafricanos de los 310.000 trabajadores inmigrantes que se consideraron necesarios para la reconstrucción” [20], dice el historiador Charles-Robert Ageron.

No fue hasta la década de 1960 cuando la inmigración de las antiguas colonias aumenta significativamente. Oficialmente se firman acuerdos con los países de origen que establecen cuotas de emigrantes. De hecho, esta política de cuotas se abandona en favor de una lógica de “déjalo hacer, déjalo pasar”, es decir, la regularización in situ de los recién llegados. Los argelinos, principal fuente de inmigración postcolonial de la época, aumentaron de 360.000 en 1962 a 700.000 en 1975. El Ministro de Asuntos Sociales, Jean-Marcel Jeanneney, dijo en marzo de 1.966: “La inmigración ilegal no es inútil porque si nos atenemos a la aplicación estricta de los acuerdos internacionales, podríamos quizás andar escasos de mano de obra” [21].

 

La era de la “carne de patrón”: 1960 – 1974

La independencia africana acontece durante esta reestructuración sin precedentes de la economía francesa. Toda la política económica del Estado francés se centra en el surgimiento de grandes grupos industriales franceses con la finalidad de que puedan imponerse en la competencia europea que promueve el “Mercado Común”. La primera consecuencia de esta prioridad estatal será la imposición de “acuerdos de asociación” a los países del África Subsahariana: imposición de una política monetaria dependiente del franco a través del franco CFA [22]; prioridad francesa para la explotación y compra de los llamados minerales “estratégicos” a través de acuerdos de defensa [23]; orientación neocolonial de las políticas de desarrollo hacia las especializaciones agrícolas y mineras de acuerdo con las necesidades de la economía francesa [24]; etc. El resultado será un no-desarrollo o un desarrollo deficiente o un desarrollo extravertido de los Estados africanos independientes, que progresivamente irán produciendo un “ejército de reserva” de desempleados, una de cuyas consecuencias será primero la emigración hacia otros países africanos y después, a partir de 1990, hacia Europa. La necesidad de mano de obra de la economía francesa en vía de centralización y monopolización no será cubierta por una fuerza laboral subsahariana. Es hacia los países del norte de África hacia donde se reorientan los reclutadores.

La segunda consecuencia de la política estatal de ayuda a la emergencia de las multinacionales francesas será, efectivamente, asegurar el reclutamiento de la mano de obra que precisan. He aquí como el director de la Población y de la Inmigración, Michel Massenet, resume esta necesidad de mano de obra en 1962:

La competencia en el Mercado Común solo será soportable si nuestro país tiene una reserva de mano de obra que le permita frenar la inflación salarial cuya probable dimensión indicó el año 1961 (…). Una contribución de trabajadores jóvenes no caracterizados por el apego a una profesión desempeñada durante mucho tiempo o por el apego sentimental a una residencia tradicional, aumenta la movilidad de una economía que padece las “viscosidades” que encuentra en todos los ámbitos, pero especialmente en el de reclutamiento de mano de obra [25].

Esas palabras tienen el mérito de ser muy claras. El aspecto cuantitativo no es lo esencial en la búsqueda de respuestas, sino el aspecto “cualitativo”. El proyecto consiste ni más ni menos en priorizar aún más el mercado laboral mediante la introducción de un estrato de trabajadores “móviles”, sin producir “inflación”, es decir, “menos remunerados” y que no tengan el “apego sentimental a una residencia”. El proyecto es claramente la constitución de una mano de obra que tenga unos derechos y un estatus de excepción. Este fue el precio de la “modernización” de los Treinta Gloriosos que se logró sin afectar significativamente a las conquistas sociales de la clase obrera francesa. Las palabras citadas están tomadas de un artículo con un título evocador: “La contribución de la mano de obra argelina al desarrollo económico de Francia”. Data de antes de la independencia de Argelia, pero ésta no cambiará nada en este ámbito ya que la colonización dejó una economía devastada.

De este modo se firmarán acuerdos bilaterales con cada uno de los tres países del norte de África para asegurar esta provisión de proletarios de segunda categoría. Así, se pasa de 470.000 argelinos en 1968 a 711.000 en 1974, de 90.000 marroquís a 260.000 y de 60.000 tunecinos a 140.000 [26]. Los norteafricanos no son los únicos destinados a esta condición de “sub-proletarios”. En 1968 el número de italianos (590.000) y de españoles (620.000) es todavía superior al de argelinos (por esa fecha también se contabilizan 300.000 portugueses y 130.000 polacos).

Semejante cantidad implica una elusión de las normas oficiales. Los grandes grupos industriales privados o estatales organizan ellos mismos el reclutamiento mediante el envío de misiones sobre el terreno. Así, en 1948, la Oficina Nacional de Inmigración controla la introducción del 74% de la entrada de trabajadores extranjeros, pero únicamente controla el 23% en 1966 y el 18% en 1968 [27]. El periodista y político francés Alain Griotteray, describiendo el reclutamiento de los empleadores de este período, escribe: “Es la época de los camiones y autocares llenos de portugueses que cruzan los Pirineos mientras que los sargentos-reclutadores de Citroën y Simca trasplantan a los marroquís, por pueblos enteros, desde su “douar de origen” hasta las cadenas de montaje de Poissy, Javel o Aulnay. El fenómeno recuerda inevitablemente al comercio de esclavos en el siglo XV. De hecho, esa comparación será a menudo recurrente” [28].

Por lo tanto, es a costa de una mayor jerarquización de la clase obrera francesa y de la introducción de un mercado laboral segmentario que se logra la “modernización” de la economía francesa. Estos inmigrantes contribuyeron con un 50% del aumento de la población activa de este período y construyeron durante esos llamados “Treinta Gloriosos” el equivalente a una de cada dos viviendas, el 90% de las carreteras del país y una máquina de cada siete [29]. Recordemos que ese fue el período en el que esos inmigrantes constructores de nuestras viviendas sociales viven masivamente en barrios marginales, malamente amueblados y en otros tugurios. En 1975, el Secretario de Estado para los Trabajadores Inmigrantes, Paul Dijoud, resume de la siguiente manera la contribución decisiva de esos subproletarios a la “modernización”: “La llegada de estos trabajadores ha impedido que se crease un cuello de botella en ciertas categorías laborales y sin su presencia, el objetivo de industrialización establecido por el Sexto Plan no podría haberse alcanzado” [30].

Una de las consecuencias de esta segmentación de la clase obrera en función de sus orígenes fue facilitar la reconversión de muchos obreros especializados autóctonos abriéndoles las puertas de la dirección de supervisión de los nuevos obreros especializados inmigrantes. “Es esta contribución”, resume el sociólogo y demógrafo Claude-Valentin Marie, “tanto cualitativa como cuantitativa, la que, como poco, facilita el período de reconversión de algunos de los extrabajadores profesionales a las funciones de dirección de tareas parceladas que desarrollan en masa la modernización de equipamientos y la extensión del trabajo a la cadena de montaje” [31]. La socióloga Jacqueline Costa-Lascoux añade: “Los Treinta Gloriosos verán cómo se diversifican los flujos migratorios, pero también cómo empeora la brecha social con la mano de obra nacional en pleno proceso de promoción social” [32].

De un modo más global, toda la sociedad francesa se beneficia de la sobreexplotación de estos trabajadores inmigrantes. Efectivamente, a medida que este estrato de trabajadores con un tratamiento de excepción se asienta en barrios marginales y en tugurios, el nivel de vida de los franceses no para de crecer. Solo en el período de 1960-1983 “la renta per cápita media nacional aumentó de 5.888 francos a 63.755 francos, o sea 10,8 veces más en 23 años, lo que después de la deducción del aumento de los precios, representa una multiplicación de 2,1 de los ingresos reales per cápita” [33].

 

Exprimimos el limón, podemos tirar la monda: de la era del proyecto de expulsión en masa (1.973 – 1.980) a la de los “sin papeles”

La “crisis del petróleo” de 1973 marca la entrada de los países industrializados en un periodo de recesión. Dentro de la lógica capitalista, esta crisis demanda nuevas reestructuraciones para mantener y aumentar los beneficios. Son justamente los sectores que recurrieron ampliamente a la inmigración los afectados por la famosa “competencia internacional” y la crisis de sobreproducción que genera: textil, carbón, siderurgia, automóvil, etc. Se busca el regreso a la “competitividad internacional” con una adaptación y una modernización tecnológicas que destruyen empleos y exigen de los trabajadores un nivel de calificación más elevado que anteriormente. Con Giscard d´Estaing se inaugura una nueva era de la política migratoria cuyos términos perduran hasta la actualidad (cierre de fronteras, represión de la inmigración ilegal, integración de la inmigración legal, ayudas para el regreso, etc.):

El septenio de Valéry Giscard d´Estaing, entre 1974 y 1981, marcó una nueva etapa en la política de inmigración promulgando importantes procedimientos de limitación de la mano de obra extranjera. Ciertamente, la crisis económica no fue el elemento desencadenante porque, desde 1971, la circular Fontanet había planteado medidas restrictivas que provocaron las primeras movilizaciones de los “sin papeles”, dos años antes de la “crisis del petróleo”. Pero el anuncio de la recesión, que coincide con la llegada al poder de un nuevo presidente de la República, dio a esas orientaciones un giro más estructurado y más radical […]. Deseoso de actuar con rapidez, el gobierno de Chirac nombró el 7 de junio de 1974 a André Postel-Vinay Secretario de Estado en el ministerio de Trabajo, especialmente encargado de los trabajadores inmigrantes. […] Y después, igual de súbitamente, una circular de 5 de julio de 1974 ordenó el cierre de fronteras hasta nueva orden: a partir de entonces la Administración no emitió ninguna autorización más de trabajo a los extranjeros que hicieron la solicitud por vía legal [34].

Para los trabajadores extranjeros que ya estaban en Francia el “trato de excepción” no terminó ahí. Tratados de ese modo con anterioridad en cuanto a nivel salarial, calidad de alojamiento, condiciones laborales, acceso a la formación, etc., a partir de ahora recibirán un trato de excepción en términos de propuestas tras los despidos relacionados con la reestructuración. Para ellos, lo que se privilegia es el “regreso” al país de origen. El primer ministro, Raymond Barre, anunció en abril de 1977 la implementación de una prima de 10.000 francos para incitar al regreso. “De todos los países europeos con alta inmigración, Francia es el único que ha instituido un procedimiento de regreso voluntario con ayuda financiera, popularizado con el nombre del “millón” [35]”, recuerda André Lebon, uno de los encargados de la misión de la Dirección de la Población y Migración, en el informe que hace en 1979. El fracaso es total: “entre 1977 y 1981, la ayuda para el regreso fue solicitada sólo por unos 60.000 inmigrantes, en su mayoría portugueses o españoles y solo un 4% de argelinos, objetivo principal de las autoridades públicas [36]”, recuerda el sociólogo Yvan Gastaud.

La tentación de un método autoritario para asegurar un rápido “regreso” al país de origen ronda al Ejecutivo que estudia seriamente un plan de traslado masivo de argelinos. El historiador Patrick Weil revela así en 2014 la existencia de semejante plan contemplado por Giscard d’ Estaing y cuyo objetivo era el regreso de 100.000 argelinos por año durante cinco años [37]. El proyecto choca contra una serie de obstáculos: la negativa del gobierno argelino a cualquier regreso que no sea voluntario, la nacionalidad francesa de los hijos, la oposición dentro de la mayoría gobernante ante lo que se corresponde de hecho con una deportación de masas. “Valéry Giscard d’ Estaing no fue apoyado por su propio gobierno, ni por su primer ministro Raymond Barre, ni por sus aliados políticos, porque en 1975 ya no es posible hacer lo que se podía hacer en la década de 1930 [38]”, resumen los autores.

La existencia de semejante plan de deportación resume la visión exclusivamente utilitarista que prevalece en esa época. Reducido a su única dimensión de fuerza de trabajo bruta, sin olor y sin sabor, sin hijos y sin subjetividad, el trabajador inmigrante es simplemente cosificado. Es una cosa que se puede utilizar para después devolver de acuerdo con los caprichos de la economía y los cambios en el equilibrio del poder político. El fracaso del plan revela por su parte, el arraigo en Francia. El intento de administrar mujeres, hombres y niños como una simple mercancía que devolvemos cuando queremos, se enfrentó a las realidades humanas, al proceso de enraizamiento que se pone en marcha en cuanto se pisa por primera vez Francia (e incluso, decía Sayad, con la primera idea de regresar al país), a los proyectos familiares, a los hijos, etc.

La imposibilidad de una devolución en masa conduce la política migratoria oficial a una lógica dual. Oficialmente se trata de endurecer las condiciones de entrada para los nuevos llegados con la pretensión de integrar a los inmigrantes que ya están en el territorio. La era de los simpapeles comienza su larga andadura con sus mitos de un posible cierre de fronteras y de una inmigración cero y su realidad de una mano de obra sin derechos que permiten unos superbeneficios para los sectores económicos no descentralizables (servicios públicos, hostelería, construcción, etc.). En un contexto de empeoramiento de las condiciones de vida en los países de origen, el llamado “cierre de fronteras” viene a significar objetivamente la elección de desarrollar la llamada inmigración “ilegal”. Efectivamente, en esa misma época las políticas neocoloniales de los países europeos pusieron fin a los progresos sociales que conocían los países africanos desde sus independencias:

La situación económica y social en África se halla desde mediados de la década de 1960, y especialmente desde principios de la década de 1980, en una dinámica de regresión que se expresa claramente por la regresión a gran escala en las tasas de crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) y de la renta per cápita. De este modo, para el conjunto de África, la tasa de crecimiento del PIB, que se situaba en torno al 6% anual entre 1965 y 1970 pasó a casi el 0% a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Sin embargo, existe una gran brecha entre los países del norte de África, el África Austral y el resto del continente, especialmente el África Occidental y Saheliana […]. El último informe anual sobre los países menos desarrollados publicado por la CNUCED en 2002 señala que la proporción de población que vive en situación de pobreza extrema […] ha pasado de un 56% en el periodo 1965-1969 a un 65% en el periodo 1995-1999 [39].

El endeudamiento, los planes de ajuste estructural del FMI y del Banco Mundial, el establecimiento de la OMC con sus normas ultraliberales, se añaden a la Franciáfrica, al franco CFA y a los demás mecanismos neocoloniales para sumergir al continente en la regresión. El final de los equilibrios surgidos de la Segunda Guerra Mundial con la desaparición de la URSS, asimismo abre un período de exacerbación de la competencia por el control de los recursos de hidrocarburos y los minerales estratégicos, con el consiguiente nuevo ciclo de guerras abiertas, guerras civiles e intervenciones militares occidentales. A la ya antigua inmigración magrebí se añade consecuentemente una creciente inmigración subsahariana. En un plano cuantitativo, la inmigración originaria del África Subsahariana es a la vez minoritaria y en progresión desde la década de 1980: “Los inmigrantes originarios del África Subsahariana, es decir, las personas nacidas en el África Subsahariana, de nacionalidad extranjera al nacer y que residen actualmente en Francia, son aproximadamente unas 570.000 en 2004. A esta cifra hay que añadir las personas en situación irregular, no declaradas en las estadísticas públicas, y cuya proporción se calcula en un 10% de los inmigrantes. Esta inmigración subsahariana ha crecido significativamente en los últimos veinte años, aunque los subsaharianos sólo representan el 12% del conjunto de inmigrantes en Francia” [40], resume un estudio del Centro de Población y Desarrollo (CEPED) en 2010.

 

La era europea

La década de 1980 también vio el inicio de una política europea sobre “asilo e inmigración” que irá consolidándose con el paso del tiempo. Sin ser exhaustivo, no es inútil recordar algunas características esenciales que guardan relación con la transformación del Mediterráneo en un cementerio gigante: la vigilancia militar del Mediterráneo, la subcontratación de la represión a los países ribereños de este mar y el denominado “hotspot approach”.

 

El ejército contra los condenados de la tierra

El establecimiento y la ampliación del Área Schengen están acompañados por una campaña de comunicación sobre la existencia de un flujo migratorio a gran escala como resultado de los cambios en la Europa del Este. A la corriente migratoria del Sur se añade a partir de ahora la del Este con el consecuente peligro de “sumersión”. Los atentados del World Trade Center en 2001 y luego la “primavera árabe” y la guerra en Libia multiplican más todavía esas declaraciones añadiéndoles un contenido cada vez más ansiógeno. El objetivo de semejante discurso es legitimar la necesidad de una cooperación policial transfronteriza. Esta se traducirá en primer lugar en una serie de medidas antes de abocar al establecimiento de la agencia FRONTEX en 2004: armonización de la política de visados en 2001; inclusión de las compañías de transporte en los controles migratorios en 2002; creación del SCIFA (Strategic Committee on Inmigration, Frontiers and Asylum) en 2002; creación de una red de oficiales de enlace de “inmigración” para combatir la inmigración “ilegal” en febrero de 2004.

La agencia Frontex (Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores de los Estados Miembros de la Unión Europea) se creó en 2004 con la misión, como su nombre lo indica, de coordinar y fortalecer el control de la inmigración en las fronteras exteriores. Los medios que se le asignan irán en aumento. Así, pasa de 19,2 millones de euros en 2006 a 94 millones en 2013. Dotada con medios militares, en 2010 la agencia posee: “26 helicópteros, 22 avionetas y 113 barcos, así como 476 aparatos técnicos utilizados para luchar contra la inmigración “ilegal”: radares móviles, cámaras térmicas, sensores que miden la cantidad de gas carbónico emitido, detectores de latidos cardiacos, radar PPMW (passive milimetric wave imager), etc.” [41].

El resultado de semejante despliegue de medios es la imposición de rutas cada vez más difíciles a los inmigrantes, lo cual se traduce en un vertiginoso aumento del número de muertes durante las travesías. Caroline Intran, del CIRE, y Anna Sibley, de la FASTI, resumen los resultado de la agencia de la siguiente manera: “Una de las funciones de Frontex es evitar que los inmigrantes lleguen a los territorios europeos: para este fin, no sólo intercepta a las personas en “franqueamiento irregular” de la frontera Schengen, en aplicación del código del mismo nombre, sino que ha establecido una auténtica red de inteligencia, encargada del “análisis de riesgo”, que permite anticipar las rutas de migración y situar agentes en los puntos fronterizos más “arriesgados” [42]”.

La intercepción de embarcaciones, devoluciones, chárteres de expulsión, etc., tales son las verdaderas razones del aumento de víctimas durante las travesías.

 

La subcontratación de la represión

La agencia Frontex, que cambia su nombre en 2016 (para convertirse en la “Agencia Europea de Guardacostas y Guardia de Fronteras”) también tiene el poder de firmar acuerdos directamente con los países ribereños del Mediterráneo. Estos acuerdos se añaden y complementan a los que la Unión Europea ha impuesto desde la década de 2000 en los países africanos. Desde entonces, estos acuerdos se han multiplicado: Acuerdo de Cotonú con los llamados Estados “ACP” (África, Caribe, Pacífico) en 2000; el acuerdo de “Asociación para la Movilidad” en 2013 con Marruecos y en 2014 con Túnez; Proceso de “Jartum” con los países del Cuerno de África y Egipto en 2015; etc.

El propósito de estos acuerdos no es otro que la externalización de las fronteras europeas, es decir, una subcontratación de la represión. Inmersos en una dependencia neocolonial, estos países se ven obligados a aceptar esta misión bajo pena de represalia económica. Significativamente, se emplean los términos “asociación” y “cooperación” para así indicar los medios de chantaje de la Unión Europea a los países que sean recalcitrantes: chantaje para las ayudas, para el acceso a los mercados europeos, para la deuda, etc.

El 16 de septiembre de 2018, la Unión Europea reconoció a Marruecos como alumno aventajado otorgándole una ayuda valorada en 275 millones de dólares. El portavoz del gobierno marroquí, Mustapha El Khalfi, se congratuló de ello afirmando que en 2017 las autoridades marroquíes impidieron unos 65.000 intentos de “inmigración ilegal”. “Esta nueva ayuda, comenta la periodista Syrine Attia, se añade a la del 6 de julio, cuando la Comisión Europea desbloqueó 90,5 millones de euros para financiar tres nuevos programas relacionados con la gestión de fronteras y la inmigración en el norte de África. Se asignaron un total de 461 millones de euros a la región para financiar 19 programas de asistencia de gestión de fronteras, así como para la protección de refugiados e inmigrantes.” [43]

Fue en 1998 cuando la Unión Europea formalizó esta estrategia de externalización de la represión y del control en un documento del Consejo de Europa titulado Strategy paper on immigration and asylum policy (Documento estratégico sobre política de inmigración y asilo). Este propone el establecimiento de tres zonas tapón alrededor del espacio Schengen: el primero está constituido por los países vecinos asociados a la Unión Europea, a los que se les solicita que se asocien y copien la política europea; el segundo está compuesto por Turquía y los países del norte de África de los cuales se espera un control y expulsión de los refugiados; y el tercero está compuesto por los países del África Subsahariana a los cuales se les requiere que acepten la repatriación de sus ciudadanos. Como señala Lorenzo Gabrielli, estamos ante una subcontratación del trabajo sucio: “La exportación del modelo europeo de política migratoria tiene como objetivo, en primer lugar, delegar en terceros países la responsabilidad de controlar los flujos migratorios hacia Europa. En segundo lugar, el objetivo es impulsar la implementación efectiva de estos modelos para crear zonas tapón de protección alrededor de Europa [44].

En cuanto a aquellos que aun así logran atravesar el Mediterráneo, serán “alojados” en centros de confinamiento de los países de la Unión Europea llamados de “primera línea” (Grecia, Italia, Hungría), eufemísticamente renombrados como hotspot. En realidad, son auténticos campos de detención:

El Hotspot approach es una de las respuestas a lo que la Unión Europea ha llamado la “crisis migratoria” de 2015. El Hotspot approach conllevó rápidamente en los dos países en los que se desplegó, Italia y Grecia, la creación de centros de confinamiento, cuando no eran directamente centros de detención, generadores de violencia, sobrepoblados y mínimamente equipados, donde la clasificación de los recién llegados se efectúa despreciando las normas europeas e internacionales en materia de acogida de solicitantes de asilo y de procesamiento de sus solicitudes [45].

Las migraciones contemporáneas, ya sean “políticas” o “económicas”, son el resultado de relaciones estructuralmente desiguales entre el centro dominante y la periferia dominada. El desarrollo o la riqueza de algunos es al mismo tiempo el maldesarrollo o la pobreza de otros. Estos contextos históricos, económicos y políticos deben tenerse en cuenta para situarse en el debate actual sobre la consigna de “libertad de movimiento y asentamiento”. En primer lugar, hay que señalar que la emigración en masa no es una aspiración ni una reivindicación en África. Como en otros lugares, los ideales en este continente siguen siendo “vivir y trabajar en el país”. Esta emigración es un fenómeno espontáneo (el discurso sobre los barqueros oculta que la oferta del pasaje existe solo porque existe la demanda) que se produce únicamente por una necesidad imperiosa de supervivencia (económica o la guerra). Por lo tanto, la solución final nunca será la libre circulación y el libre asentamiento, a menos que se acepte el orden neocolonial que une a los países de emigración y los de inmigración. Sin embargo, señalar esto no permite la negación de la libre circulación y el libre asentamiento mientras nuestras economías sigan construyéndose sobre la ruina de los países de origen.

A continuación, conviene responder al argumento central que lleva a ciertos actores políticos que afirman “ser de izquierdas” a oponerse a estas afirmaciones. De este modo, se enfatiza que estos “inmigrantes” son utilizados por el capital para aumentar la competencia entre los trabajadores. La constatación no es falsa, pero no significa nada si no se precisa el diagnóstico. Lo que permite esta competencia es la existencia de una desigualdad de derechos entre los trabajadores, por un lado, y una discriminación racista, por el otro, y no la existencia de una inmigración, aunque esta sea considerable.

Finalmente, es necesario hacer añicos el marco del debate impuesto durante muchos años por la extrema derecha, centrado en la idea de que se ha sobrepasado un “umbral de tolerancia”. No solo las sociedades industrializadas no han superado este pseudoumbral, sino que un simple vistazo a las evoluciones demográficas indica la necesidad de una importante aportación de inmigrantes para las próximas décadas. No solo no hay una “crisis migratoria”, sino que hablar de esta pseudocrisis conduce inevitablemente a justificar una política de no-regularización de los sin papeles.

La verdadera cuestión no es un ilusorio cierre de fronteras, sino el coste del discurso sobre el cierre de fronteras: coste de seres humanos engullidos por el Mediterráneo, coste social por el destino de los supervivientes a quienes se les impone un estatus de sub-ciudadanía. Lo que hoy es utópico e incluso irracional es la idea misma de cerrar fronteras. Esta primera utopía va emparejada a una segunda: la de un cierre de fronteras que pueda implementarse de modo “humanitario” respetando la dignidad de las personas. En el mundo desigual de hoy, este cierre significa objetivamente la aceptación de la violencia contra las víctimas, es decir, un “asalvajamiento de Europa” utilizando una expresión de Césaire. El carácter utópico no está donde aparentemente parece estar.

Saïd Bouamama

 

Referencias:

[1] Abdelmalek Sayad, Une immigration exemplaire, La double absence – Des illusions de l’émigré aux souffrances de l’immigré, Seuil, Paris, 1999, p. 102.

[2] Déclaration pour la police des noirs, promulguée à Versailles le ,9 août 1977 et enregistrée au Parlement de Paris le 27 août, in Alfred Jourdan, Recueil général des anciennes lois françaises, depuis l’an 420 jusqu’à la Révolution française, document 733, volume 25 du 10 mai 1777 au 31 décembre 1778, Plon Frères, Paris, 1822, pp. 81-82.

[3] Flore Gubert, (In) cohérence des politiques migratoires et de codéveloppement françaises, Politique Africaine, n° 109, 2008/1, p. 44.

[4] Mahamet Timera, L’immigration africaine en France : regard des autres et repli sur soi, Politique Africaine, n° 67, 1997/10, p. 43.

[5] Abdelmalek Sayad et Alain Gilette, L’immigration algérienne en France, Entente, Paris, 1984 (1ère éditions 1976), pp. 15-38 et 69-85.

[6] Larbi Talha, Maghrébins en France : émigrés ou immigrés ? éditions du CNRS, Paris, 1983, p.3 13.

[7] Abdelmalek Sayad, Récapitulation, La double absence, op. cit., p. 419.

[8] Voir sur cet aspect mon article, L’immigration algérienne au temps de la colonisation, Hommes et Migrations, n° 1244, juillet-août 2003, pp. 6-11.

[9] René Galissot, Le Maghreb de traverse, Bouchene, Alger, 2000, p. 292.

[10] Flore Gubert, (In) cohérence des politiques migratoires et de codéveloppement françaises, op. cit., p. 45.

[11] Gérard Noiriel, Une histoire du modèle français d’immigration, Regard croisée sur l’économie, n° 8, 2010/2, p. 32.

[12] 78 500 algériens, 35 500 marocains, 18 000 tunisiens, 49 000 indochinois, 37 000 chinois, 4500 malgaches, etc.

[13] Laurent Dornel, Les usages du racialisme. Le cas de la main d’œuvre coloniale en France pendant la première guerre mondiale, Genèses, n° 20, septembre 1995, p. 48.

[14] Gérard Noiriel, Une histoire du modèle français d’immigration, op. cit., p. 36.

[15] Peter Gaida, Camps de travail sous Vichy, Paris, 2014, p. 104.

[16] Liêm-Khê Luguern, Camps de travailleurs coloniaux de la seconde guerre mondiale en France. Le cas des « camps de travailleurs indochinois », https://halshs.archives-ouvertes.fr/halshs-01406148/document,consulté le 6 septembre 2018 à 16 h 15.

[17] Albano Cordeiro, Pourquoi l’immigration en France ? OMMC, Créteil, 1981, p. 53.

[18] Rapport de Laurent Bonnevay du 25 septembre 1920 cité par Jean Charles Bonnet, Les pouvoirs publics français et l’immigration dans l’entre-deux-guerres, bulletin du Centre d’histoire économique et sociale de la région lyonnaise, n° 7, 1976, p. 76.

[19] Jacques Doublet, Mouvements migratoires d’après-guerre, Population, n° 2-3, 1947, p. 508.

[20] Charles-Robert Ageron, L’immigration Maghrébine en France. Un survol historique, Vingtième siècle, n° 7, 1985, p. 60.

[21] J M Jeanneney, les échos du 29 mars 1966, cité in Claude-Valentin Marie, Entre économie et politique : le « clandestin », une figure sociale à géométrie variable, Pouvoir, n° 47, novembre 1988, p.78.

[22] Voir sur cet aspect notre article : L’œuvre négative du néocolonialisme français et européen en Afrique. Le Franc CFA une monnaie coloniale, servile et prédatrice,https://bouamamas.wordpress.com/2018/07/20/loeuvre-negative-du-neocolonialisme-francais-et-europeen-en-afrique-le-franc-cfa-une-monnaie-coloniale-servile-et-predatrice/, consulté le 17 septembre à 14 h 00.

[23] Voir sur cet aspect notre article : L’œuvre négative du néocolonialisme français et européen en Afrique. Les Accords de défense : de la Garnison à la Projection,https://bouamamas.wordpress.com/2018/08/15/loeuvre-negative-du-neocolonialisme-francais-et-europeen-en-afrique-les-accords-de-defense-de-la-garnison-a-la-projection/, consulté le 17 septembre 2018 à 14 h 05.

[24] Voir sur cet aspect notre article : L’œuvre négative du néocolonialisme français et européen. Les Accords de Partenariat Economique (APE) : de la Françafrique à l’Eurafrique,https://bouamamas.wordpress.com/2018/08/05/loeuvre-negative-du-neocolonialisme-francais-et-europeen-en-afrique-les-accords-de-partenariat-economique-franc-ape-de-la-francafrique-a-leurafrique/, consulté le 17 septembre 2018 à 14 h 10.

[25] Michel Massenet, L’apport de la main d’œuvre algérienne au développement économique français, Bulletin du SEDEIS (Société d’Etude et de Documentation Economiques Industrielles et Sociales, n° 810, Supplément n° 1, 1er février 1962, pp. 23-25.

[26] Les chiffres cités dans cette partie sont issus de l’article de Paul Muzar, La contribution des travailleurs étrangers au développement industriel de la France de 1850 à nos jours, Migrations Société, vol 10, n° 58-59 (juillet-octobre 1998).

[27] Yves Lequin (dir.), Histoire des étrangers et de l’immigration en France. La politique d’immigration en France, Larousse, Paris, 1988, p. 4-5

[28] Alain Griotteray, Les immigrés : Le choc, Plon, Paris, 1985, p. 32.

[29] Jean Luc Richard, « Trente glorieuse » : Quand les immigrés devaient « rapporter », Homme et Migration, n° 1221, septembre-octobre 1999, p. 13.

[30] Paul Dijoud, La nouvelle politique de l’immigration, Paris, Secrétariat d’Etat aux travailleurs immigrés, 1976.

[31] Claude-Valentin Marie, Entre économie et politique : le « clandestin », une figure sociale à géométrie variable, Pouvoirs, n° 47, novembre 1988, p. 77.

[32] Jacqueline Costa-Lascoux, Les aléas des politiques migratoires, Migrations-Société, n° 117-118, 2008/3, p. 67.

[33] Centre d’Etude des Revenus et des Coûts (CERC), Les revenus des Français : la croissance et la crise (1960-1983) Documents du CERC, n° 77, La Documentation française, Paris, 4ème trimestre 1985.

[34] Yvan Gastaut, Français et immigrés à l’épreuve de la crise (1973-1995), Vingtième siècle, n° 84, 2004/4, p. 108.

[35] André Lebon, L’aide au retour des travailleurs étrangers, Economie et Statistique, n° 113, 1979, p. 37.

[36] Yvan Gastaut, Français et immigrés à l’épreuve de la crise (1973-1995), Op. cit., p. 109.

[37] Patrick Weil et Nicolas Truong, Le sens de la République, Grasset, Paris, 2014.

[38] Ibid, p. 18.

[39] Mehdi Lahlou, Les migration des africains subsahariens entre Maghreb et Union Européenne : conditions et effets, in Association Internationale des Démographes de Langue Française (AIDELF), Les migrations internationales. Observation, analyse et perspectives, PUF, Paris, 2007, p. 443.

[40] Meider Couillet, Les Africains subsahariens vivant en France. Caractéristiques sociodémographiques et accès aux soins, Working Papers du CEPED, n° 9, 2010, p. 2.

[41] Claire Rodier, Frontex. La petite muette, Vacarme, n° 55, 2011/2, pp. 36-37.

[42] Caroline Intran et Anna Sibley, Faire sombrer Frontex, Plein Droit, n° 103, 2014 /4, p. 40.

[43] Syrine Attia, Migrants : la France préconise une aide financière en faveur de l’Algérie et du Maroc, Jeune Afrique du 18 septembre 2018, https://www.jeuneafrique.com/631362/societe/migrants-la-france-preconise-une-aide-financiere-en-faveur-de-lalgerie-et-du-maroc/, consulté le 23 octobre 2018 à 17 h 00.

[44] Lorenzo Gabrielli, Les enjeux de la sécurisation de la question migratoire dans les relations de l’union européenne avec l’Afrique, Politique Européenne, n° 22, 2007/ 2, p. 157.

[45] Claire Rodier, Les faux semblant des hotspots, La Revue des droits de l’homme, 13/2018, https://journals.openedition.org/revdh/3375, consulté le 24 octobre 2018 à 9 h 50.

 

Fuente: Investig´Action.

Traducido por Juan Carlos Figueira Iglesias para Umoya.
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