Culpabilidad blanca y tercermundismo: un trastorno infantil

Del mismo modo que el chovinismo blanco, la culpabilidad blanca es una de las armas dobles de la supremacía blanca. Este concepto difiere del primero en tanto que puede ser considerado el polo opuesto de su equivalente, que es más insolente y agresivo (aunque no son mutuamente exclusivos, y la culpabilidad blanca a menudo se manifiesta de la manera más chovinista). Algunos (progresistas y “socialistas” por igual) tienden a creer que esta manera de pensar es correcta, avanzada y, en algunos casos, incluso revolucionaria, puesto que puede ser una herramienta para forzar a las personas blancas a oponerse a la supremacía blanca mediante la moralización. Sin embargo, basándonos en la historia de Estados Unidos y en las condiciones materiales actuales de la lucha de clases del país, lo contrario es cierto; de hecho, esta forma de pensar distorsiona la lucha social e, inevitablemente, plantea una contradicción en la guerra contra el capitalismo, el imperialismo y la opresión nacional.

¿Cómo asoma la culpabilidad blanca su pequeña cabeza en su intento de socavar la lucha de clases? Sus formaciones más populares en la actualidad son la ultraizquierda y el tercermundismo. La principal línea tercermundista sostiene que no existe potencial revolucionario en la clase obrera estadounidense, sobre todo en el caso de los trabajadores blancos. Esta postura se justifica citando la historia del colonialismo de ocupación y su legado racista para concluir que el obrero blanco es inherentemente reaccionario, y que los trabajadores oprimidos de los centros capitalistas, como EE. UU., gozan de tantos privilegios en comparación con los del Sur global que cualquier intento de construir un movimiento de la clase obrera en los centros imperialistas atenta contra los intereses de los colonizados del “tercer mundo”.

Esta línea de pensamiento es problemática y, en última instancia, conduce a una perspectiva nihilista y derrotista de la lucha en su conjunto. Esta tendencia sostiene que las demandas transicionales, cuyo objetivo es mejorar el nivel de vida de los obreros y de los oprimidos de EE. UU. mientras se desarrolla la conciencia de clase mediante pequeñas victorias conseguidas en la lucha contra las políticas capitalistas y explotadoras, no hacen avanzar la lucha de clases porque los trabajadores del Norte global son inherentemente reaccionarios. Si no existe una clase obrera revolucionaria en los países capitalistas e imperialistas, ¿qué harán los trabajadores de estos centros? ¿Tenemos que sentarnos a esperar a que los revolucionarios de los países explotados nos den permiso para construir aquí nuestro movimiento? Algunos tercermundistas implican que la autodeportación a Europa es la respuesta (ya, claro), pero los más peligrosos se mueven en una línea más fatalista que lleva a muchos “revolucionarios” blancos por la vía del aventurerismo, del terrorismo en general y de la destrucción tanto de la clase obrera como de los movimientos internacionalistas construidos por trabajadores de los centros capitalistas e imperialistas. Tras negar la lucha de clases, ¿qué les queda a los “socialistas” del Norte global? ¿Qué separa a estos “revolucionarios” de las sectas suicidas de Jim Jones y sus coetáneos? Una aplicación incorrecta y distorsionada del marxismo, pero nada más.

Veo cómo está ocurriendo ahora, cómo los autoproclamados “socialistas” (¡no os riáis!) denuncian públicamente y se oponen a la huelga de profesores combativos de Virginia Occidental (EE. UU.) y a la lucha sindical porque la mayoría de docentes es blanca, aunque menos del 4 % de la población de dicho estado es Negra. Es más, esta huelga ha impulsado a profesores de todo el país a sumarse a ella para reclamar mejores condiciones. Estos idealistas tienden a olvidar que es deber de un partido revolucionario intervenir y guiar a los trabajadores que ya se han puesto en marcha por la vía de la revolución.

También me he dado cuenta de que esta línea de “ocupación” está más extendida entre blancos, principalmente entre hombres blancos de origen burgués o pequeñoburgués. Pocas veces veo a alguien del género oprimido o a un comunista Negro respaldar la idea de que no existe lucha de clases en EE. UU. Pensarlo siquiera es negar la historia.

Esto se debe a que aquellos involucrados de verdad en la lucha saben que esa idea es, en realidad, una chorrada. Los pobres y los oprimidos perciben que la lucha aquí es posible y necesaria, y muchos de nosotros participamos activamente en ella a diario. Solo cuando alguien se aísla de la verdadera clase obrera y de la lucha de los oprimidos (como parece que viven muchos de estos extraños intelectuales) o combate activamente contra la batalla por el socialismo, vemos cómo las posturas tercermundistas ganan popularidad.

Este texto no pretende en absoluto socavar la importancia de comprender la historia del colonialismo de ocupación y su legado racista, y cómo afecta al movimiento de la clase obrera en su conjunto. Ningún análisis está completo sin esta historia. Sin embargo, una aplicación incorrecta del marxismo, junto con un entendimiento a medias de esta historia, conduce al chovinismo y al nihilismo de muchos “revolucionarios” que vemos hoy en día. La conciencia se define y agudiza mediante la lucha, y la ideología sin lucha, aplicación y experimentación no es más que retórica vacía.

• “Third Worldism,” the Workers World Party & the General Marxist Failure on Settler Colonialism (en español, “Tercermundismo, el Partido Mundial de los Trabajadores y el fracaso marxista general en el colonialismo de ocupación”)
• The Weapon of Theory: A Maoist (Third Worldist) Reader [en español, “El arma de la teoría: un lector maoísta (tercermundista)”]
• Communism and Black Liberation: All Reactionaries are Paper Tigers (en español, “Comunismo y liberación negra: todos los reaccionarios son tigres de papel”)

Publicado en INTERNATIONALIST 360°
9 de MARZO de 2018

FUENTE: INTERNATIONALIST 360° https://libya360.wordpress.com/2018/03/09/white-guilt-and-third-worldism-an-infantile-disorder/
Publicado el 9 de marzo de 2018.

Traducido para Umoya por Nerea Fernández Álvarez.

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