La sigilosas transiciones democráticas de África

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AkinRotimi ; 02 mar. 2018

En África, las transiciones democráticas actuales son lentas y suaves. Sin embargo, hay una razón para creer que algo importante está sucediendo.

Algo sucede en África. Despacio, y casi de manera imperceptible, puede que se haya puesto en marcha una revolución democrática. En los últimos seis meses, hemos sido testigos de una avalancha de rotaciones en los gobernantes, asombrosamente de países no conocidos especialmente por sucesiones tranquilas. La mayoría de estas retiradas han sido más forzadas que voluntarias. En Angola, Eduardo dos Santos dejó el cargo en septiembre de 2017, poniendo fin a años de mandato del estado rico en petróleo del sur de África. Poco después, Robert Mugabe, que iba camino de convertirse en el presidente-de-por-vida de Zimbabue, ha sido apartado por el propio partido dirigente. Hace unos quince días, Jacob Zuma del sur de África, en conflicto mucho tiempo por las alegaciones a la corrupción, finalmente se encontró en una posición insostenible y, sin más aliados en su partido, dimitió. Unos días después, el ex primer ministro etíope Hailemariam Desalegn anunció de manera inesperada su renuncia, ya que el creciente descontento político y étnico amenazaba con llevar al caos al segundo país más poblado de África.

Una manera de interpretar estos sucesos es verlos como ejemplos de que las corrientes democráticas prevalecen sobre la inflexibilidad ejecutiva. La presión del pueblo acaba impulsando a arrollar y despachar a los líderes vitalicios. En 2015, dirigiéndose a la unión africana, el presidente de los Estados Unidos Barack Obama dijo: “Nadie debería ser presidente de por vida”. Supuestamente, hubo un gran aplauso por parte de la tribuna pública mientras, en las primeras filas, ocupadas por las cabezas de Estado, reinaba un silencio sepulcral. En ese momento, nueve líderes africanos habían estado en el poder más de veinte años. Los sucesos de los últimos seis meses sugieren que la oleada se está volviendo incluso contra el inmovilismo en los líderes nacionales.

En un viaje anterior a Ghana en julio de 2009, Obama declaró de manera ilustre: “el continente no necesita hombres fuertes sino instituciones fuertes”. A la luz de esta sorprendente afirmación, también podemos interpretar estas transiciones repentinas como el triunfo de la supremacía partidista sobre el culto a la personalidad en el poder. En Zimbabue y Sudáfrica, los partidos en el poder son la Unión Nacional Africana de Zimbabue – Frente Patriótico (ZANU-PF) y el Congreso Nacional Africano (ANC) respectivamente. Estos identificaron la continuidad de las cabezas de Estado en el poder como algo políticamente costoso y tomaron medidas para reajustar los gobiernos apartándolos del mando. En las dos ocasiones, los partidos declararon que su prioridad eran las instituciones y aseguraron que los ocupantes de altos cargos tenían los días contados.

El ANC; con más de 100 años de edad y, por tanto, mayor que la mayoría de naciones africanas; mostró cómo un partido logra un cambio de rumbo abandonando a un presidente propenso a escándalos y con un rendimiento insuficiente. A menudo, los partidos africanos actúan como meros apéndices de aquellos en el poder cuando deberían proporcionar una plataforma ideológica para aquellos al mando y una estructura de escrutinio para hacer rendir cuentas a los líderes políticos. Al retirar a Zuma del poder, un poco tarde según algunos críticos, el ANC demostró que está dispuesto a tener un papel consistente con su extraordinario linaje.

En Etiopía, la salida de Desalegn también abre el camino a su partido, el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF), para elegir otro líder y reconsiderar sus estrategias para manejar el descontento étnico, que ha llevadoen ocasiones a la violencia. Los partidos políticos en las naciones africanas necesitan seguir el ejemplo de esto y tomarse a sí mismos con una mayor seriedad como instituciones democráticas.

Esta oleada de renuncias ha ocurrido al mismo tiempo que la presidenta de Liberia, Ellen Sirleaf-Johnson, renunciaba después de dos mandatos para ser sucedida por George Oppong Weah Su sucesor preferido, el vicepresidente Joseph Boakai, fue derrotado por Weah. Su silenciosa salida y la impecable transición que la acompañó fue grata y bien recibida porque se cumplió según los procedimientos establecidos. Esto surgió tras anteriores transiciones, incluida la expulsión en 2017 del dictador gambiano Yaya Jammeh y elección de Nana Akufo-Addo en Ghana en una transición que consolidó más una de las mejores tradiciones democráticas en África. Quizás, la democracia está convirtiéndose de manera gradual en la única alternativa y las élites africanas así como el público estándándose cuenta de que obstaculizando los procesos democráticos no se deja ninguna posibilidad al progreso. Más allá de celebrar elecciones, hay un creciente deseo en todos los actores políticos de adherirse a las reglas del juego. Este cambio de paradigma es algo que se llevaba esperando durante mucho tiempo.

Por otro lado, el paso del líder de la oposición zimbabuense, Morgan Tsvangirai, nos hizo revivir recientemente el alto precio de un cambio democrático. Tsvangirai llevó a cabo su lucha para derrocar a Mugabe y el ZANU-PF a principios del año 2000 con un gran coste para su salud física, incluidas las repetidas agresiones físicas por parte de los agentes del régimen, lo que por supuesto ayudó a aumentar las posibilidades democráticas en su país. Ser superado por sunonagenario adversario parece una de esas ironías crueles de la vida y la política.

Ha costado mucho conseguir estas transiciones. En Zimbabue, a pesar de la dimisión de Mugabe, la Generación de liberación sigue en vigor y el siguiente destino de su viaje hacia la democratización seguramente sea una transferencia de poder de este grupo en particular a otra tendencia generacional e ideológica. Aún es demasiado pronto para declarar una victoria total de la democracia en el continente. Todavía hay sitios en los que los obstinados líderes están librando una última batalla o en los que los titulares y sus aspirantes demuestran poco respeto por las reglas.
En Kenia, las elecciones, que reeligieron al presidente Uhuru Kenyatta por un segundo mandato, fueron rechazadas por su oponente Raila Odinga que desde entonces se ha declarado a sí mismo “El presidente del pueblo” en una ceremonia inaugural paralela. Al tener Kenia el record anterior en violencia política, hay mucha preocupación de que la obstinación partidista pueda desencadenar disturbios generalizados. En Togo, los activistas movilizaron a la sociedad civil para pedir la salida de Faure Eyadéma del poder, ampliar el espacio democrático y acabar así con décadas de reinado de la familia Eyadéma en este país.

Finalmente, la importancia de estas dimisiones reside en que han ocurrido por norma general silenciosamente. Hay casos en los que el cambio de régimen se consiguió sin el drama resultante de altercados violentos o protestas en la calle, como fue el caso de la Primavera Árabe. De hecho, algunos críticos han procurado restarle importancia a estas evoluciones denominándolas como simples dinámicas de poder entre las élites que no necesariamente tienen por qué alterar la estructura de paz y desarrollo del continente. Por otro lado, estas transiciones muestran que las élites pueden controlar a sus errantes pares y usar las instituciones para impulsar el cambio. No todas las formas de cambio de régimen se consiguen en las calles. Es una señal alentadora para la sociedad civil que, al fomentar una participación más amplia en las instituciones políticas formales, se creen caminos reales hacia el poder. El cambio puede ser conseguido de las dos formas: con y sin el sistema y aquellos que realmente buscan la transformación de las condiciones materiales de la gente deben aprovechar ambas sendas.

* AkinRotimi es un redactor profesional de contenidos relacionados con la diplomacia y la comunicación estratégica de Abuja, Nigeria.

Fuente: https://www.pambazuka.org/democracy-governance/africa%E2%80%99s-stealthy-democratic-transitions

Traducido para Umoya por Begoña Carrasco González

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