África necesita más sorpresas políticas como las presenciadas este 2017

Fotografía de eNCA

Mweha Msemo*
16 de febrero de 2018

La finalización del prolongado mandato de los líderes africanos en Zimbabue, Angola y Gambia en 2017 abrió las puertas al cambio y a desear más cambios de este tipo con esperanza. ¿Podrán los nuevos líderes de esos países satisfacer las altas expectativas de sus ciudadanos?

El pasado año 2017 fue testigo de una serie de eventos políticos que transcurrieron en el continente, lo que para muchos ha sido una alegría y para otros una pena. Varios regímenes de larga duración han llegado a su fin y han traído consigo esperanzas de una África mejor, más democrática y con vistas a una Constitución permanente. Muchos opinan y siguen creyendo que es un paso hacia el cambio y que debería ser aceptado por todos. Sin embargo, alguno advierte que aún no debemos conformarnos con ese presentimiento aunque no sea una mala imagen con la que soñar, ya que acabamos de empezar un nuevo año.

Todo comenzó el 1 de diciembre de 2016, cuando Gambia celebró unas elecciones que hicieron que el gobierno de Yahya Jammeh, el cual duró 24 años, pasara a la historia. Al fin, el hombre que gobernó con mano de hierro fue expulsado de su posición de poder por el aquel entonces neófito político de 50 años de edad, Adama Barrow. Sin duda fue un duro golpe para el autoproclamado gobernante vitalicio, quien creyó que ningún hombre sería capaz de derrocarlo en contra de su voluntad. La felicidad envolvió a la República de Gambia y tuvo efecto inmediato sobre los resultados de las encuestas, declarando al agente inmobiliario educado en Gran Bretaña como ganador. El país se puso en pausa y la población celebró el fin del gobierno tiránico de Al-Hajj Jammeh.

En un momento inesperado, el jefe de la Comisión Electoral Independiente de Gambia (CEI), Alieu Momar Njie, no dudó al anunciar el nombre del verdadero ganador a pesar de ser consciente de poner en peligro su carrera política, y, con toda seguridad, su vida. Fue un acto heroico por su parte el anteponer los intereses nacionales a los de su violento nombramiento; alguien tenía que poner un fin y este hombre lo hizo. En un contexto africano, Njie podría ser tratado como un héroe a partir de aquel momento dado que su posición era muy pequeña en comparación con la de Jammeh, y tenía todo el poder en sus manos para allanar el camino del dictador. Jammeh, de hecho, lo contrató para ese puesto, pero demostró su integridad y lealtad hacia la población de la República de Gambia.

Fue ese día cuando todos, especialmente la población más pobre, y todas las comunidades a favor de la democracia dentro y fuera de África sintieron la necesidad de regocijarse. La era de las ejecuciones extrajudiciales, la tan arraigada corrupción, las violaciones de los derechos humanos junto con todos los demás tipos de abuso de poder por fin llegaron a su fin “hasta nuevo aviso”. Otro evento que fue aún más emocionante fue cuando el vencido dictador intentó negar la derrota y despertó la preocupación de algunos líderes africanos, quienes realizaron una maniobra diplomática para tratar de resolver el problema sin armas. Jammeh se mantuvo desafiante, algo que llevó a la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO) a tomar medidas, desplegando tropas para así derrocarlo. Finalmente, el 21 de enero de 2017 se exilió tras reconocer su derrota, dejando atrás una economía gravemente dañada que Barrow tendrá que reparar, y dejando así el marcador: democracia 1 – tiranía 0. Así, la CEDEAO demostró ser un perfecto ejemplo para que otros bloques regionales siguieran sus pasos en referencia a cumplir las formas políticas adecuadas. Me pregunto si la Comunidad de África Oriental [de donde yo soy] podría hacerle eso a alguna de sus “realezas”.

Las noticias de tal magnitud siguieron en cadena, y meses después el continente vio cómo se sentaba un nuevo precedente en el sistema judicial después de las elecciones generales de Kenia celebradas en agosto de 2017. Por primera vez en África, el 1 de septiembre de 2017, el Tribunal Supremo de Kenia anuló los resultados de las elecciones que declaraban a Uhuru Kenyatta como ganador sobre su adversario acérrimo, Raila Odinga. Raila cuestionó la victoria basándose en que el proceso electoral se había visto arruinado por irregularidades. Lo que hizo que este asunto atrajera una atención mundial no fue la anulación de los resultados, sino quién tomó la decisión y quién la sufrió. Normalmente, no te atreves a hacer algo así en África a menos que estés en una misión suicida: ¡los presidentes de gobierno no pueden ser desafiados!

La medida adoptada por el máximo órgano judicial de Kenia recibió una dura condena por parte de la coalición política encabezada por Uhuru y sus seguidores, pero, por otro lado, resultó ser una victoria muy celebrada para Odinga y sus promotores, así como para la comunidad internacional. Esto fue considerado por muchos como el comienzo de la tan codiciada autonomía de las instituciones gubernamentales en el continente. El jurado encabezado por el presidente del Tribunal Supremo, David Maraga, se enfrentó a innumerables acusaciones de incompetencia, prejuicios y supuestas amenazas de muerte, pero el mundo los consideró como héroes admirables que habían otorgado a Kenia tanto mérito.

Algunos meses después, se realizaron unas nuevas elecciones conformes al fallo del tribunal que, en este caso, fueron boicoteadas por la oposición y que siguieron adelante con la votación de todos modos. A pesar de los intentos del lado opositor por dificultar el camino, el mismo jurado se aseguró de juzgar de manera justa y en consecuencia, más o menos un mes después, el tribunal confirmó la victoria de Kenyatta. Todos estos acontecimientos se concebían como absurdos, pero marcaron la historia de manera significativa. Como el hecho de que las instituciones autónomas en los gobiernos africanos puedan realizar sus funciones sin interferencia del poder ejecutivo principal, el que a menudo lleva a cabo la tarea de nombramiento. Gracias a la Constitución de Kenia, la justicia que otorga Maraga no puede ser destituida a placer del presidente.

Una vez hubo un régimen en Angola que duró décadas sin tener constancia de cuando terminaría. José Eduardo dos Santos gobernó el país desde el año 1976, lo hizo durante 38 años y fue el único líder que la mayoría de los angolanos llegaron a conocer. El 23 de agosto de 2017 el continente fue bendecido: eran las primeras elecciones en 38 años sin que el nombre de dos Santos apareciese en la lista de candidatos. Él decidió renunciar voluntariamente a su puesto, aunque seguiría siendo el líder de su partido gobernante, el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MLPA), una posición considerada como igual de poderosa.

Tanto los angolanos como la comunidad internacional han mostrado su aprecio a dos Santos por su contribución en la estabilización de la economía de su país desde el final de la guerra, elevándola hasta la posición de la tercera economía mayor de África. Sin ninguna duda, el puesto de segundo productor de petróleo mayor de África ha cosechado unos progresos económicos superiores durante el mandato de dos Santos como jefe de estado.

A pesar de su contribución para transformar la economía de Angola durante el ejercicio de su cargo, dos Santos fue acusado de amasar una gran cantidad de fortuna personal, de la cual gran parte se dijo que provenía del petróleo de su país. Él es uno de los presidentes más ricos de África, con una considerable cantidad de acciones en el sector de las finanzas, de las telecomunicaciones y de los sectores energéticos de Angola, y su familia ocupaba cargos clave en el país. Su hija Isabel dos Santos, de 44 años, es la mujer más rica del continente; mientras que su hermano José Filomeno, de 39 años, dirige el Fondo Soberano de Angola con 5 mil millones de dólares. Más del 70 por ciento de la población del país todavía vive por debajo del umbral de pobreza.

En septiembre de 2017, João Lourenço, exministro de Defensa y vicepresidente del MPLA, se proclamó ganador en las elecciones generales, dándole una oportunidad al país de experimentar el contacto con un nuevo líder después de casi cuatro décadas del liderazgo de dos Santos. Lourenço cumplió su promesa de campaña de eliminar el nepotismo despidiendo a personas clave del gobierno, incluyendo el gobernador del Banco Central, Walter Filipe Duarte da Silva, y la presidenta de la compañía estatal de petróleo y gas natural Sonangol, también hija de su predecesor. Estas acciones esperanzadoras permitieron que África se moviese poco a poco hacia nuevos tiempos de democracia.

En un evento más que asombroso, en noviembre de 2017, el camarada zimbabuense Robert Mugabe fue arrestado en medio de un golpe de Estado, lo que provocó que se confinara en un movimiento que le fue explicado a los enemigos del presidente de 93 años. Imágenes de los generales de ejército aparecieron en la radioemisora nacional, Zimbabwe Broadcasting Corporation, haciendo un llamamiento a los zimbabuenses a permanecer tranquilos, remarcando que el presidente estaba a salvo y que su seguridad estaba garantizada. Mientras, el secretario general de la Unión Nacional Africana de Zimbabue – Frente Patriótico (ZANU-PF) en el poder y otros muchos ministros se enfrentaban al arresto.

Este movimiento llevado a cabo por el ejército provocó enormes manifestaciones en las calles de Zimbabue en las que se exigía la dimisión de su antiguo camarada. El panafricanista fue jefe de estado durante 37 años y fue un icono de liberación y un símbolo de patriotismo y confianza para muchos en el continente. No obstante, su negativa a renunciar al poder afectó principalmente a sus apoyos, tanto en casa como en el extranjero. Actualmente, está considerado como un enemigo de la democracia, un agresor del estado de derecho y los derechos humanos, y finalmente perdió el respaldo de los miembros de su propio partido o al menos, eso era lo que parecía.

Los días de Mugabe llegaron a su fin cuando fue expulsado de la presidencia de la ZANU-PF, de la cual se había convertido en líder varias décadas atrás. El partido solicitó su dimisión o de lo contrario tendría que afrontar un juicio político. En menos de 48 horas, tras la emisión de la petición de gobierno, el jefe de Estado más antiguo de África entregó su carta de dimisión al Parlamento. En este momento se percibió un respiro de alivio en todos los zimbabuenses, con esperanzas de un nuevo comienzo y de prosperidad.

Se llevaron a cabo todos los acuerdos necesarios para la investidura de su sucesor. Así, éste podría intervenir y rescatar la situación en el país sudafricano económicamente arruinado. El hombre encargado de tomar el relevo fue Emerson Mnangagwa, la mano derecha durante mucho tiempo del camarada Mugabe, y que sirvió en diversas capacidades ministeriales antes de su puesto como vicepresidente. Mnangagwa, alias “El Cocodrilo”, fue una figura muy polémica en la política de Zimbabue, ya que se vio envuelto en preparaciones de asesinatos y tortura de cientos de personas, incluyendo los líderes de la oposición.

En ese momento, los zimbabuenses no querían saber quién estaría al cargo después del régimen de 37 años de Mugabe. Todo lo que querían era que él desapareciese y así poder comenzar de nuevo. Algunos aún siguen siendo escépticos en lo referente a si “El Cocodrilo” cumplirá con las expectativas de la mayoría, mientras que otros creen que sí será capaz de hacerlo. Capaz o no, el cambio de poder ya ha ocurrido y esto es lo que los zimbabuenses llevaban anhelando durante décadas. Ya es hora de que la ZANU-PF se regularice y escoja lo que es mejor para el pueblo para demostrar, por lo menos, que el movimiento iniciado por el ejército no fue solo otra treta política que dejará a los zimbabuenses llorando para siempre.

En realidad, África puede hacerlo mejor y no hay necesidad de que los líderes sean expulsados de sus palacios presidenciales. En lugar de convertirse en clubs presidenciales que velan unos por otros, los bloques regionales tienen un gran papel que desempeñar en sus respectivas regiones.
* Mweha Msemo escribe desde Tanzania.

Fuente: https://www.pambazuka.org/democracy-governance/africa-needs-more-political-surprises-witnessed-2017

Traducción: Paula Clara Calvo Miranda y María García López – Universidad de Salamanca

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