RDC. Las memorias afásicas

La memoria, así como la Historia, se nutren la una de la otra y son los testigos de su época. La Historia, así como la memoria, pueden ser las hijas de determinadas elecciones en diversos contextos políticos y culturales. Pueden entonces ser el reflejo de un Zeitgeist nacional. Sin embargo, sería desafortunado considerar esas dos nociones como intercambiables. Si la Historia aspira a caminar hacia un proceso de veracidad por medio de la investigación, la problematización y forzosamente la incompletitud, la memoria en cuanto a ella, se dirige hacia la patrimonialización del recuerdo para alimentar las representaciones y favorecer la cohesión del grupo en una sociedad determinada. De este modo, cuando la memoria es convocada, lo es a título de un debate sobre el presente. Abordar el tema de las independencias africanas para hablar hoy de la democracia apelando a la memoria, nos informa más sobre el proceso en funcionamiento en nuestras sociedades actuales que sobre lo que fue en ese momento particular. Lo que aflora a la superficie son las representaciones del pasado en nuestro presente. Además, las memorias particulares, como representaciones, como cualquier otro fenómeno pueden ser objeto de distorsiones e instrumentalizaciones. Su utilización para fines concretos en la arena política puede provocar desestabilización, guerras o paz social cuando se recurre o no a actos de olvido. Si busca imponer una orientación del pensamiento afirmando que lo que proclama es la Verdad, excluyendo las distintas memorias que se expresan dentro de la sociedad, entonces muy a menudo expone la gente a fuertes turbulencias. Añadamos todavía que la memoria puede ser el elemento detonante de la necesidad de una Historia que necesariamente debería caminar con un pensamiento crítico que implique el debate y pueda de ese modo ser un garante de la educación con pluralidad memorística, y por tanto de un equilibrio social. Es desde esta perspectiva que se va a debatir aquí de la memoria.

Una ausente

Si consideramos los discursos públicos en el Congo, para captar los procesos memorísticos en curso, podemos constatar algo llamativo, a saber, la tenaz ausencia de la memoria. Para ser reactivada, la memoria debe apoyarse en lo que Ribot definió como puntos determinantes, en acontecimientos. Es a partir de estos acontecimientos que aparecen como hitos plantados en el curso de la Historia, que podemos traer a la superficie otros recuerdos no accesibles de inmediato. Sin embargo, esto no es suficiente porque la memoria necesita a otro para poder desplegarse plenamente. Por lo tanto, esto implica que la memoria es ante todo una relación, una conversación con el otro que nos permite recordar. El fruto de esta relación, tal como lo cavila Halbwachs, nos permite situarnos y situar al otro, iniciar un pensamiento sobre nosotros mismos, representarnos a notros mismos. La co-inmersión en el ayer más o menos lejano, del cual pueden surgir nuevos recuerdos individuales, no aboca a revivir de un modo absoluto los acontecimientos pasados, es una reconstrucción. De esta manera, esta reconstrucción en tanto que es pasado, mantiene una relación privilegiada con el presente ya que de sus necesidades va a nacer un pasado particular.

De todo esto se deduce que la memoria es un acto eminentemente social que utiliza este marco particular, el social, para iniciar un discurso sobre la existencia de los individuos definidos como pertenecientes a una sociedad determinada. Para explicar este postulado, todos podemos pensar en las primeras horas, semanas o meses de nuestra existencia. No conservamos recuerdos precisos, la fecha de nuestro primer amamantamiento o de cuando nos levantamos para andar. Es del relato de nuestros padres, incluso del de nuestros allegados, del que aprendemos lo que hemos sido. Es a partir de sus relatos, de las fotos o videos que esos relatos se convertirán en relatos-recuerdos, representaciones comunes de la historia familiar a la vez individuales y múltiples. Sin esta contribución particular, es imposible que recordemos. Por lo tanto, es a lo largo de los caminos individuales en interacción que se desarrolla una memoria común que da como resultado una memoria colectiva que encuentra su realización en la conciencia individual. Lo que también emerge de estas relaciones en la memoria, es la importancia del lenguaje. El pensamiento nace de la interacción de la memoria con el lenguaje. Hablar es decir lo que se piensa. En cuanto al pensamiento, sólo puede desarrollarse en un ambiente social, allí donde haya vínculos, allí donde haya un lenguaje común. En este marco particular es donde el individuo puede acrecentar sus conocimientos, compartir y pensar sus experiencias. El lenguaje compartido es el lugar de aprendizaje, del conocimiento, y para que haya pensamiento, necesariamente tiene que haber memoria.

Admitamos que en las construcciones sociales la memoria pertenece al dominio del Estado. En el caso congoleño podemos observar que, en general, el Estado acalla las representaciones para únicamente conservar acontecimientos seleccionados y el olvido. En el Congo, el fomentar la erradicación de la memoria funciona como un relato dominante. Es el hecho de lo que se identifica como Estado y que es parte interesada de las construcciones memorísticas públicas. En la relación que el régimen mantiene con el pueblo, algunas imágenes particulares más que otras, gozan del favor de los que se identifican como dirigentes. De este modo, cuando se habla del pasado, cuando la memoria debe ser convocada, sólo se habla de ilustres desaparecidos vaciados de cualquier significado y con un pensamiento inexistente. La palabra que debiera acompañar esas puestas en relato, que debiera debatir las múltiples representaciones a las que dan lugar esas diferentes figuras, es totalmente proscrita para únicamente dejar sitio a un mutismo que toma la forma de una orden. Esta particular interpretación de la memoria pública nace de una necesidad, la que tiene el político encargado de dirigir la ciudad para gobernar o mal gobernar. También es el resultado de una fuerte identificación con ciertas políticas exteriores que pueden ser interpretadas como una tradición que consiste en imponer el olvido como una política memorística dentro del ámbito congoleño y más ampliamente, el africano.

En el transcurso de estos últimos años, Kabila ha sido a menudo, sino constantemente, presentado dentro del discurso asumido por el poder establecido como el hombre que aportó los valores de la democracia al Congo. Para sus partidarios tanto dentro como fuera del país, esto queda demostrado por las dos elecciones presidenciales de 2006 y 2011. Siguiendo esta idea, esta interpretación de la necesidad/deseo de democracia en el Congo es la materialización de una necesidad identificada en el pasado que halla su realización en el presente. Los congoleños han expresado su voluntad de vivir en democracia durante el régimen de Mobutu que era un dictador. Su expulsión de la escena política solo podía y debía dar nacimiento a una democracia, como la que establecieron presidentes mercenarios como Yoweri Museveni, Paul Kagame, la nueva clase de líderes africanos según la América de Bill Clinton. Laurent Désiré Kabila casi logró realizar ese deseo antes de ser asesinado y fue su hijo, perpetuando la memoria de su padre, el que concretó esta aspiración del pueblo. Su acceso al poder de una manera dinástica no fue discutido, como tampoco lo fue el significado de su inscripción en la historia congoleña. No se dijo ni una palabra sobre el hecho de que el poder usurpado por Joseph Kabila tenía que hacer uso del vestuario democrático, al menos con palabras, para poder mantenerse y hacer el trabajo que le asignaron el vecino ruandés y las autoridades internacionales, más precisamente las anglosajonas.

Las nuevas fuerzas políticas en el Congo y sus apoyos exteriores, tras la expulsión de Mobutu del poder y la muerte de L. Kabila, tenían la exigencia de aniquilar cualquier anhelo realmente democrático del pueblo y movilizar los ánimos alrededor de la idea de ruptura. Con la llegada al poder de Joseph Kabila, el pueblo debía contentarse con ser feliz por haber logrado plantar cara a la dictadura y tenía que dejar a un lado las preguntas sobre el después, el antes y la continuidad. El resultado de esta urgencia es la interferencia y establecimiento de una imagen distorsionada de lo que los adalides de la mayoría presidencial, de la oposición y de los miembros de la sociedad civil llaman democracia y que se forja constantemente en implícita comparación con los 35 años de reinado de Mobutu, mientras que al mismo tiempo se le celebra como uno de los eslabones del advenimiento de la democracia en el Congo. Paradójicamente, al final es el modelo y el realce gracias al cual el mortífero régimen de Kabila queda completamente oculto, al mismo tiempo que se produce una confiscación de la memoria común. La memoria comienza con Mobutu. Y nuevamente, no se trata del Mobutu cómplice de la muerte de Lumumba, ni del Mobutu golpista con la ayuda de Occidente. Con esta aceptación, discutir, a fortiori, sobre las luchas congoleñas de la pre-independencia y la independencia para comprender la dinámica política, histórica, social de hoy, ni siquiera cae en el rango de lo superfluo. Simplemente, no existe. La conmemoración de estos eventos se convierte en perifollos como los que se llevan en las ceremonias oficiales sin preguntarse su significado.

Para entender esta práctica del olvido y, por lo tanto, de ausencia de representación y debate sobre el pasado, hay que leer el Congo en términos de confrontación, de guerra que sobrepasa ampliamente el contexto afro-africano. Es conveniente cuestionar las relaciones que ese país mantiene con las llamadas potencias occidentales colonizadoras de ayer y hoy. Este postulado se puede entender basándonos en un concepto bélico practicado por los Griegos y que Occidente siempre ha utilizado, aunque actualmente no se afirme alto y claro. Los griegos estipulaban que una de las reglas cardinales de cualquier conquista es negar la historia, la memoria, la identidad y la personalidad cultural de los pueblos conquistados. La puesta en práctica de esta idea durante las conquistas europeas en África puso el destino del hombre africano en las manos del hombre blanco. Su pasado y su futuro se confundieron con la historia de los europeos que siempre les asignaron una posición subordinada y trataron sus actos de resistencia contra la penetración europea como una anécdota de la historia. Estos últimos, a través de sus aventuras esclavistas, coloniales y neocoloniales, ordenaban constantemente a los africanos deshacerse de su pasado que primero fue declarado inexistente antes de las conquistas coloniales, y luego fue declarado indeseable durante y después de las luchas por la independencia, especialmente cuando comenzaron a cuestionar la acción europea en África. Esta memoria ha sido y sigue siendo vilipendiada por la política occidental y por los encargados de llevar una cierta visión del mundo a sus universidades, periódicos y televisiones sobre la base de que Europa, en particular, no puede estar eternamente arrepintiéndose de los actos abominables cometidos en África, y también por el hecho de que el estado en el que hoy se encuentra África es enteramente culpa de los africanos. No han sabido sacar provecho de los beneficios de la colonización, así que deben callarse, ¡Circulen, no hay nada que ver!

El argumento de la necesidad de implementar actos de olvido también lo retoman algunos africanos que se niegan a cuestionar el impacto que han tenido las políticas coloniales, la deshumanización y los traumas duraderos ocasionados por ellas sobre el destino de millones de afrodescendientes. Para ellos, se trata de centrarse únicamente en la acción actual de los africanos, como si vivieran en autarquía, como si no hubiese que recordar y como si las políticas de depredación del suelo africano en particular no planteasen el asunto de la neo-colonización. En ambos lados, el olvido es deseado, alentado, organizado, consagrado como una actitud responsable, mientras que el intentar hacer valer ciertas memorias como un requisito previo de la Historia es equivalente a ser un pelma, un quejica, una víctima. Con esta dinámica del olvido y en lo que concierne al Congo, también debemos tener en cuenta la acción de aquellos que dirigen el régimen actual y de otros que lo combaten definiéndose a sí mismos como la oposición y quienes al callarse sobre las causas reales de la guerra en el Congo, se convierten en aliados voluntarios u objetivos de aquellos que lideran las guerras neocoloniales, y que al igual que Hillary Clinton de paso por la región de Kivu, piden a los congoleños que olviden las masacres, las violaciones y el saqueo de los que son víctimas, en nombre de un realismo político que exige eso para el buen funcionamiento de la nación.

Armados con este mandato, los actores políticos congoleños van a utilizar exponencialmente términos y fórmulas como “democracia”, “democrático”, “la necesidad de salvar a la joven democracia congoleña”, “Acuerdo de la San Silvestre”, ya que el país está al borde del abismo y padeciendo un genocidio sin precedentes.

Estas diferentes acciones, discursos y la total desestructuración del tiempo que sigue, provienen de una puesta en escena que tiene como objetivo privar a la gente de cualquier referencia. La permanencia de este relato negligente en la memoria debe sentar las bases para la no-participación del pueblo en la construcción del pensamiento nacional y un Estado viable. En nombre de este ideal, parece a partir de entonces necesario llevar a cabo una política memorística cuyo paradigma central sea la memoria nula que ilumine las dinámicas de exclusión o integración en la conducción de los asuntos públicos, de reconocimiento o no de grupos concretos.  A un nivel internacional, la voluntad organizada de hacer que las memorias sean inoperantes favorece las penetraciones neocoloniales al no cuestionar los motivos, ni los métodos de influencia y dominación de las antiguas potencias coloniales. Al utilizar, por ejemplo, intervenciones humanitarias promoviendo políticas de reconciliación nacional durante los conflictos en detrimento de las víctimas, sancionando a uno u otro líder africano, esto permite a los instigadores de las tragedias que vivimos y que utilizan a los africanos llevar a cabo sus políticas, relegar al olvido el papel que desempeñan en la historia del imperialismo en África y la cuestión racial que subyace en todas esas empresas. Esta manipulación de la memoria y consecuentemente de las memorias subalternas, refuerza en el espacio del dominado el sentimiento de victimismo porque en su relación de dependencia es el receptor del discurso del otro que sobre él mediatizan las autoridades políticas sometidas al discurso hegemónico del olvido y que son cercanas a él. La memoria y sobre todo su eliminación puede de ese modo parecerse a una guerra perpetua que hace del congoleño un ser inexistente porque es incapaz de existir en su propia memoria, incapaz de ser Historia. En consecuencia, esta fantasmagorización del ser congoleño también hace factible que al final le nieguen el derecho a su tierra. Dado que no tiene ninguna memoria, sobrentendida aquí como Historia, su tierra puede ser percibida como una terra nullus, sin dueño. Lo que está sucediendo en el Este del país y en el Kasai, el hecho de que los congoleños sean expulsados de su territorio para ser reemplazados por gente que proviene de la vecina Ruanda, es una buena ilustración del vínculo que existe entre el hecho de ser expulsado de alguna manera de su propia memoria, de la Historia y, finalmente, no poseer ya un territorio propio. A partir de ahí, el congoleño puede padecer cualquier forma de violencia, afrentas e incluso un genocidio sin que esto moleste a nadie ya que él y el Congo no existen.

En este contexto, donde hay un intento feroz de apropiación de la memoria, no basta con gritar el nombre de Kimpa Vita, Kimbangu o Lumumba, porque aún debemos entender cómo estas memorias son el objeto de un trabajo de fondo que consiste en volverlas inoperantes no sólo en la construcción de una memoria colectiva sino también en la construcción de instituciones fuertes y perennes. Desde entonces, vemos que uno de los retos, si no el único, es hacerse cargo del relato: si nadie se hace cargo de esta memoria entonces lo harán diversos y variados grupos. Necesitados de figuras tutelares, el pueblo erigirá sus propios monumentos, aunque sean nefastos. Ya se puede percibir este fenómeno en el Congo con la importancia que han ganado los músicos como actores de una lobotomización mediante el embrutecimiento, artistas cuyo poder no para de ser mediatizado, por ejemplo, con sus querellas o sus cumpleaños que se convierten en ceremonias oficiales y nacionales.  Lo mismo puede decirse de las iglesias del Despertar. El pasado es rechazado en favor de un relato bíblico que sitúa al hombre negro en una a-historicidad porque la Historia ha sido mediatizada por otra instancia que vio en este texto un instrumento de devaluación del ser negro y apropiación de su espíritu partiendo de sus tierras.

¿Qué hacer entonces?

Uno puede preguntarse cómo una memoria dominante que aboga por el olvido como un valor cardinal puede reclamar la democratización de una sociedad, mientras niega esa posibilidad al individuo y más ampliamente a una sociedad, un derecho que aparece como un derecho fundamental, el de rememorar y poner la memoria en debate como un antídoto contra la erosión de la comunidad nacional y partiendo de la existencia de un Estado. Una de las preguntas que debería motivar a la sociedad congoleña es: ¿Cómo salir de la afasia memorística? Es decir, ya no ser capaces de usar las palabras para hablar con los otros, de tanto esos males logran encerrar la psique. Esto supone, entre otras cosas, que haya que reflexionar sobre la cuestión de la dependencia. Si la dependencia puede relacionarse con la esfera económica, también debe ser aprehendida en su dimensión cultural, histórica y conmemorativa. ¿Quién me proporciona el discurso que estoy empezando a hacer sobre mí y en qué medida es indispensable para mi existencia? Responder a esta pregunta, adelanta la idea de que dispongo de conocimientos sobre la condición del hombre africano pasado, presente y futuro. Para la mayoría de los congoleños la dependencia se sitúa al nivel de la percepción que tienen de sí mismos y que se les proporciona fuera de los límites de sus propios cuerpos. El único punto de referencia a la palabra del otro constitutivo de mi no-memoria debe ser desplazado, descartado. Decir “yo”, “nosotros”, identificarnos lejos de la alienación abre las puertas a la posibilidad de coordinar nuestras acciones, nuestro pensamiento, nuestra experiencia con mi otro y restaurar las funciones sociales de la memoria como cemento de la familia en primer lugar, de la nación en un sentido más amplio y como la base de mi propia individualidad.

La memoria, el pensamiento y la palabra que debe acontecer para hacer que los dos primeros existan, proceden del vínculo social y podemos entonces ver claramente la necesidad de reconstruirlo sobre la base de un nuevo pacto social libre de todo obstáculo. El hecho de impulsar la fragmentación de las identidades y las reivindicaciones regionales que tienen como fundamento la tribu, a los ojos de los congoleños priva a la comunidad del pasado, de experiencias que le son propias y no permite percibir cómo las peticiones formuladas en el pasado iluminan las reivindicaciones actuales. La manera que tenemos de recordar es un reflejo de la nueva forma de colonialismo que estamos padeciendo. Así, las peticiones resultantes, “respeto a la Constitución”, “respeto a los acuerdos bajo la égida de la comunidad internacional”, etc., son sólo la materialización del transfuguismo del pensamiento colonial. La democracia que todos deseamos de corazón, por ejemplo, es sólo el reflejo de un paradigma ideal para ser alcanzado y modelado en otro lugar. Éste es la forma de gobierno, según aquellos que quieren exportarla, que fue creada, fundada en Europa y que generosamente donó mundo. Como resultado, Europa y su gemelo estadounidense tienen una especie de ancestralidad, un formato de derecho, que les permite dictar a otros pueblos cómo debería desarrollarse esta democracia sin tener en cuenta las historias y las particularidades locales. En este llamamiento, hay una eliminación evidente de las memorias africanas sobre su modo de administrar el Estado considerado aquí por muchos africanos y congoleños en particular, como arcaísmos repugnantes e ineficientes. Y no es sorprendente que encuentre hoy a los mercenarios de este pensamiento entre la juventud africana socializada hasta el extremo por la política de mano tendida, por la brutalidad de la guerra, enfadada con sus mayores y poco dispuesta a cuestionar su modo de funcionar y la memoria que lo anima.

Por tanto, se deduce que las palabras que vinculan deben retomar su lugar con el fin de reconstruir las conmocionadas referencias sociales. De hecho, ya no se puede vivir con memorias negadas, coercitivas o artificiales, y con la brutalidad y la desenfrenada cadencia de la guerra porque éstas son todas ellas la negación del sentido común.

Bénédicte Kumbi Ndjoko

Bénédicte Kumbi Ndjoko es suizo-congoleña, profesora de historia, escritora y activista de la justicia pan-africana. En marzo de 2013, interrumpió una conferencia de la ONU en Ginebra sobre el falso acuerdo de paz del Congo e interrumpió al Secretario General Ban Ki-moon hasta que los gendarmes la echaron. Su intervención fue capturada en video: Free Congo: cara a cara con Ban Ki-moon, Ginebra, 1 de marzo de 2013. Galardonada con el premio Victoire Ingabire en marzo de 2017.

Fuente: Este texto está publicado en la sección de Ideas del movimiento congoleño Likambo Ya Mabele. Les mémoires aphasiques, desde el 29 de mayo de 2017.

Traducido para Umoya por Juan Carlos Figueira Iglesias.

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