Robert Mugabe: Un epitafio político

Es una figura histórica emblemática. Es un gigante cuyos pasos inauguraron una era revolucionaria en los últimos años. Pasos que, tristemente, resultaron ser demasiado grandes para él y demasiado dolorosos para la gente por cuya liberación había luchado.

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Epitafio

Si mis siguientes palabras les suenan como si fuesen un epitafio, es porque, de hecho, lo es. El fin de la vida política de Robert Mugabe a sus 93 años es como si fuese el final de su vida.

Mugabe ha sido protagonista prácticamente en todo el mundo (incluso en los medios occidentales) durante toda la semana [de noviembre en que se conoció su destitución]. ¿Por qué? Hay dos razones: la más superficial es que, con 93 años, es el presidente más longevo del mundo. Sus 37 años de gobierno abarcan dos generaciones. La gente que nació cuando él llegó al poder ahora tiene más de 40 años; de ahí que se formase un partido político llamado Generation 40 (Generación 40), más conocido como G40. La segunda razón es que a Mugabe se le recordará como el líder del movimiento guerrillero que acabaría con la presidencia del hombre blanco de la que por aquel entonces era la República de Rodesia (llamada así por el archi-imperialista Cecil Rhodes). Es una figura histórica emblemática. Es un gigante cuyos pasos inauguraron una era revolucionaria en los últimos años. Pasos que, tristemente, resultaron ser demasiado grandes para él y demasiado dolorosos para la gente por cuya liberación había luchado.

Dos puntos de vista

Hay gente que condenaría a Mugabe a un ignominioso final. Y confieso que si yo fuese una de las millones de personas que han sufrido la pobreza, las privaciones y las negligencias, creo que también me sentiría igual. No estoy aquí para juzgar a aquellas personas que han vivido como si estuviesen muertos, como si sus vidas no importasen; esas personas que ahora están bailando por las calles de Zimbabue celebrando el fin de la dictadura.
Sin embargo, mi empatía con las personas que han sufrido no me distrae de ofrecer otro punto de vista. Recuerdo cuando Mugabe fue a Dar es Salaam a mediados de los años 70.

Me reuní con el ya difunto Comrade Nathan Shamuyarira y con otros militantes del partido ZANU (Unión Nacional Africana de Zimbabue). Durante ese tiempo, también tuve la oportunidad de reunirme con Comrade Joshua Nkomo, cabeza del partido ZAPU (Unión del Pueblo Africano de Zimbabue) y con otro líder revolucionario. No entraré a debatir la rivalidad entre ambos partidos, que al final se reconciliaron y unieron sus fuerzas. Zimbabue fue el país en el que más tiempo pasamos mi esposa y yo (23 años) después de que nos exiliaran de nuestro hogar, Uganda. Aunque no tenga la nacionalidad, me siento zimbabuense. Por lo tanto, me veo capaz de afirmar que, en mi opinión, tanto Nkomo como Mugabe son “los padres de la nación”.

Mugabe será recordado por todo lo bueno que hizo por el país. No quiso comprometerse con el imperialismo; durante la independencia, fue lo suficientemente generoso como para acoger a quienes habían estado luchando en la selva durante 20 años. Él y su partido transformaron por completo las vidas de la gente ofreciendo educación, sanidad, agua corriente, saneamiento y hogar a millones de personas de la población rural. Yo lo vi. En lugar de matricularme en la Universidad de Zimbabue (que es es lo que Shamuyarira esperaba), mi mujer, el ya difunto Ludwig Chizarura y yo trabajamos en las comunidades de las zonas rurales durante alrededor de dos décadas.

También trabajé para Morgan Tsvangirai, que en aquel momento era el secretario general del Consejo de Sindicatos de Zimbabue (ZCTU, por sus siglas en inglés). Juntos coeditábamos un pequeño libro sobre cinco sindicatos de Zimbabue, entre ellos la Unión General de Trabajadores Agrícolas y de Plantaciones (GAPWUZ, por sus siglas en inglés). Fui testigo del movimiento que hubo por la reforma agraria que empezó en 1998. Me contrataron como asesor en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo para ayudar a diseñar un programa de cinco años sobre una reforma agraria programada, sistemática y eficiente. Asistí a una reunión de contribuyentes, en la que países como Suecia, Noruega y Alemania estaban dispuestos a invertir dinero para la compensación y el desarrollo, pero finalmente se quedó en nada: el Gobierno británico rechazó formar parte de ello, por lo que el resto de los países también se retractaron. Tras esto, la Asociación Nacional de Veteranos de la Guerra de Liberación de Zimbabue organizó marchas en Harare en las que exigían a Mugabe que acelerara el proceso de la reforma agraria. Esta reforma ha recibido muchas críticas, sobre todo por parte del imperio británico, pero el informe redactado por el ya difunto profesor Sam Moyo es el análisis más objetivo que he visto. Los terrenos eran una de las razones por las que sucedió la guerra de guerrillas (un objetivo que, más de 20 años después, el Gobierno de Sudáfrica aún no ha conseguido llevar a cabo).

Cambio de régimen

La reforma agraria fue el último cambio revolucionario en Zimbabue. Mientras Mugabe presidía esta reforma, su ministro de Finanzas, el difunto Bernard Chidzero, negociaba con el Fondo Monetario Internacional (FMI) un préstamo que permitiese al país salir de su situación de endeudamiento, causada por la masiva importación de maquinaria agrícola y aperos para la proyectada revolución económica. Mugabe nunca fue un buen economista (tuve varias oportunidades de hablar de economía con él). En contra del buen juicio de personas como Shamuyarira e Ibbo Mandaza, Mugabe se alineó con Chidzero. El gobierno firmó un acuerdo con el FMI en 1989 que auspició el inicio de una nueva etapa de Programas de Ajuste Estructural (PAE). De hecho, este fue el «cambio de régimen» real –sí, hubo un cambio en el régimen– que ha dejado el imperio cuyo jefe de Estado fue Mugabe.

Algunos miembros del Consejo de Ministros se opusieron. Fay Chung dimitió de su puesto como ministro de Educación. Shamuyarira también se planteó dimitir. Lo hablamos y yo le sugerí que él también debía hacerlo. Me contó que Mugabe le presionaba para que no renunciase. Finalmente lo hizo, pero, según me confió el propio Nathan, este le había dicho a Mugabe que había llegado la hora de que aquellos que habían luchado por la Chimurenga se retirasen para dar paso a una nueva generación de líderes. Si Shamuyarira siguiese vivo, quizá se hubiese unido al G40. Sin embargo, murió en junio de 2014, en la más absoluta pobreza, repudiado por Mugabe y el partido.

Reavivando la llama del espíritu revolucionario

Tras un intento de última hora para mantener su puesto de presidente del ZANU‑PF, pretendiendo presidir el acto inaugural de la conferencia del partido de este diciembre, hoy (21 de noviembre), cediendo a las presiones, Mugabe ha sabido ver la conveniencia de renunciar al bastón de mando y ha dimitido como presidente. Desgraciadamente, esto no implica que Mugabe reconozca que durante las últimas dos décadas haya estado en el lado equivocado de la historia.

Estoy de acuerdo con la declaración de solidaridad del 15 de noviembre del Consejo de Organizaciones No Gubernamentales de la SADC (CONG de SADC) con el pueblo de Zimbabue, en la que afirma que el país ha sido «puesto a subasta por los contrarrevolucionarios». También estoy de acuerdo con las recomendaciones que sugirieron el 16 de noviembre más de cien organizaciones de sociedad civil.

La dimisión de Mugabe abre la puerta a la posibilidad de un retorno a épocas revolucionarias del pasado. Y digo «posibilidad» con cautela, dado que el gobierno favorable al Programa de Ajustes Económicos Estructurales, al Fondo Monetario Internacional y a la austeridad sigue en el poder y no parece que esto vaya a cambiar, salvo que alguien se lo dispute. El poder del pueblo se halla en las calles, pero no en los pasillos del Parlamento. Las organizaciones de sociedad civil que respaldan la democracia y la justicia, los sindicatos, los intelectuales progresistas y los nacionalistas antiimperialistas del sector privado, junto con la mayoría del pueblo, podrían tratar de instaurar un «comité directivo» o un órgano similar que supervise el desarrollo del país en los próximos meses y años. No debería haber una sola persona en Zimbabue sin acceso a alimentos, ropa, calzado, agua, educación gratuita hasta la secundaria, vivienda, empleo… y por supuesto, libertad de expresión y de circulación, y dignidad. Se avecinan tiempos difíciles.

Este momento histórico que supone el eclipse de una gran nación debería hacernos recordar a todos aquellos que dieron su vida por el pueblo. Abundan en África las historias sobre grandes naciones revolucionarias que acabaron convirtiéndose en estados mendigo. Mugabe no es el único gobernante que ha permanecido tanto tiempo en el poder y no es el único corrupto que se ha enriquecido a costa de las reservas de oro y de diamantes del país. No es el único responsable del deterioro de esta gran nación.

Mugabe es un anciano testarudo y un héroe entre los jóvenes de Sudáfrica que querrían que su país hubiese adoptado una reforma agraria similar a la del expresidente, la cual le granjeó enemistades en Occidente. Al mismo tiempo, no debemos olvidar sus monumentales errores, algunos realmente escandalosos; sin embargo, la responsabilidad ante dichos actos debería recaer sobre el conjunto del partido ZANU-PF y su dirección actual.

Así pues, démosle al viejo Mugabe la dignidad que como padre de la nación merece.
En pro de la solidaridad y la paz.

Yash Tandon

Fuente: Pambazuka News, Robert Mugabe: A political epitaph, publicado el 23 de noviembre de 2017.

Traducido para UMOYA por Gabriela Hernando Barrios (Universidad de Salamanca).

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