Daniele Ganser: «La mayoría de las guerras libradas por miembros de la OTAN empiezan con mentiras»

Daniele Ganser es un brillante historiador y escritor suizo-alemán especializado en operaciones secretas, terrorismo de falsa bandera y geoestrategia. Expone aquí con toda claridad y simplicidad el marco geopolítico que ha conducido a los conflictos de los que habla en su último libro Les Guerres illégales de l’OTAN (Las guerras ilegales de la OTAN). Ya se han vendido más de 50.000 ejemplares en Alemania de esta obra, que es el grito de un ciudadano que no acepta que se violen y pisoteen las normas de la ONU. Un ejemplar profundamente instructivo y fácil de leer, que debería encontrarse a los pies del árbol de Navidad ahora que se acercan las fiestas en las que todos anhelamos la paz. [Extraído de Arrêt sur info].

Daniele Ganser. Foto de Tobias Sutter

Daniele GANSER: Señor Ganser, usted es historiador, especialista en la Historia contemporánea desde 1945 y experto en política internacional. Dentro del Instituto Suizo para la Paz y la Investigación Energética (SIPER) que usted creó y dirige, investiga múltiples temas como la energía y la geoestrategia, los conflictos por los recursos y la política económica, la puesta en marcha de guerras secretas y (diría casi paradójicamente) la paz. Su nuevo libro se titula Las Guerras ilegales de la OTAN. Empecemos hablando de él. ¿Qué hace que una guerra sea legal o ilegal?

Daniele Ganser: Generalmente, todas las guerras son ilegales. La Carta de las Naciones Unidas, firmada en 1945, enuncia explícitamente que los Estados deben resolver sus diferencias sin recurrir a la violencia o a las armas. Por tanto, las guerras son claramente ilegales. Sin embargo, existen dos excepciones a esta regla. La primera es la defensa legítima; si un país es atacado, tiene derecho a defenderse militarmente. La segunda es que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas haya votado un mandato explícito en este sentido.

P: En su libro habla de Estados Unidos como un «imperio». ¿Por qué utiliza este término? En Francia, los medios de comunicación y los políticos van a hablar inmediatamente de «antiamericanismo primario». A propósito, ¿este condicionamiento clásico se produce también en la lengua alemana?

R: Yo soy historiador. Para mí, el término «imperio» es el que se emplea para describir el país más potente en un momento determinado. Así, hubo un Imperio romano a comienzos de nuestra era. No creo que sea «antiitaliano» hablar del Imperio romano. En el siglo XIX, el Imperio británico vivió su apogeo. No es «antibritánico» mencionar este Imperio. Desde 1945, es decir, desde hace más de 70 años, Estados Unidos es el país más potente. No es «antiamericano» decirlo. Es un hecho.

Hoy en día existen cerca de 200 países en el mundo. Sin embargo, si examinamos los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (sin duda, son los cinco países más poderosos o influyentes), una realidad que salta a la vista es que el gasto militar estadounidense asciende a 600.000 millones de dólares al año, una cifra infinitamente mayor que la de cualquier otro país. China gasta alrededor de 200.000 millones anualmente, Rusia, 70.000 millones y Francia y Reino Unido, unos 50.000 millones cada uno. Además, Estados Unidos dispone de 10 portaaviones y Francia, solo de uno (el Charles de Gaulle R91), como Rusia y Reino Unido. China, por su parte, cuenta con dos desde hace poco (aunque el segundo todavía no está en funcionamiento). Estados Unidos tiene bases militares en más de 40 países, como la de Guantánamo en Cuba o la de Ramstein-Miesenbach en Alemania. Francia cuenta con bases militares en 11 países distintos, como Alemania o países africanos como el Chad, Malí, Níger o Yibuti.
Asimismo, el dólar americano es la moneda de referencia a nivel internacional. La divisa más importante de la economía mundial no es ni el euro, ni el rublo, ni el renminbi, ni el franco suizo. Desde 1945, Estados Unidos ha bombardeado más países que cualquier otro en el mundo. La lista de países que ha bombardeado incluye Afganistán, Libia, Siria, Irak, Sudán, Serbia, Corea, Vietnam, Laos, Camboya, Nicaragua, Pakistán, Somalia, Yemen y Cuba; y esta lista no está completa. Por estas razones, y por muchas más, no cabe ninguna duda de que Estados Unidos es claramente un imperio. Yo no veo la televisión ni leo la prensa francesa, así que no sé si este término se usa con frecuencia en Francia, pero los expertos en geopolítica francesa no pueden ignorar que Estados Unidos es la única superpotencia. Aquí, en la Suiza alemana, donde yo vivo, el término «Imperio estadounidense» no se utiliza mucho porque la gente teme que su uso provoque problemas con el Imperio o perjudique las relaciones comerciales.

P: Ya que profundiza tanto: usted afirma que Estados Unidos es una oligarquía…

R: Sí, por supuesto. El expresidente Jimmy Carter dijo en 2015 que Estados Unidos no es una democracia, sino una oligarquía, es decir, un país dirigido por una pequeña clase superior y rica que constituye, como mucho, el 1 % de la población total. Carter explicaba que un candidato a las elecciones presidenciales estadounidenses necesitaba al menos 300 millones de dólares para participar. En Estados Unidos hay más de 320 millones de habitantes, ¿pero cuántos de ellos pueden disponer de esa cantidad? Si no pertenecen a la oligarquía, no tienen ninguna posibilidad de ser un día elegidos presidentes de Estados Unidos. Siempre se elige al presidente entre los ricos. Los 100 senadores también pertenecen a la oligarquía: se reúnen en un Senado que no es un cenáculo de «viejos sabios», sino una asamblea de ricos. De media, la riqueza de un senador ronda los 3 millones de dólares. Aquellos que tienen funciones ejecutivas son incluso más ricos: algunos miembros del Gobierno de Trump no son millonarios, sino multimillonarios. Sus intereses son defender su fortuna y hacerse aún más ricos, algo clásico en un sistema oligárquico. Por tanto, es la oligarquía de Estados Unidos la que dirige este Imperio.

P: Sin embargo, usted, como ciudadano suizo, no es «antiamericano». Incluso explica que se quedó estupefacto cuando constató, «no sin miedo», que «son los países de la OTAN los que, conducidos desde hace 70 años por Estados Unidos, han desencadenado la mayoría de las guerras ilegales y con una impunidad absoluta».

R: Cuando era estudiante de Historia, viajé en muchas ocasiones a Estados Unidos. Fui a Nueva York, Boston, Miami, Los Ángeles y Seattle, entre muchas otras ciudades. En concreto, los paisajes y la naturaleza estadounidenses son maravillosos. La mayoría de la gente que vive allí es encantadora. Las oligarquías son realmente quienes inician las guerras. Tanto en Estados Unidos como en el exterior, se engaña al ciudadano medio con la propaganda que difunden los medios de comunicación, pues no dejan de repetir que Estados Unidos lucha por la libertad y la democracia. Pero no es más que un cuento chino. No es cierto. Las oligarquías luchan por sus intereses comerciales con el objetivo de aumentar el poder del Imperio estadounidense. He aprendido mucho de los universitarios estadounidenses, como Noam Chomsky, o de periodistas, como William Blum, que conocí y que critican el Imperio de manera virulenta. De hecho, las críticas mejor documentadas y las más pertinentes se encuentran en Estados Unidos. La libertad de expresión existe, y, por ello, pueden expresarse libremente y publicar libros.

P: A lo largo de su libro, insiste en la importancia del derecho internacional. Cita a diversos profesores de Derecho que se muestran unánimes. Sin embargo, en Occidente, la prensa partidaria de la OTAN nunca se pronuncia. O, más bien, lo ignora metódicamente cuando los Estados miembros de la OTAN lo infringen. Esta prensa no finge acordarse de ello a menos que estime que un país es enemigo lo pisotea. A modo de ejemplo, no conozco ningún medio francés que haya explicado a nuestros compatriotas que Hollande y Obama cometen un acto de agresión cuando ordenan a su aviación bombardear objetivos en Siria sin el consentimiento del Gobierno sirio, mientras que, en cuanto a Putin, él permanece dentro del estricto marco del derecho internacional cuando los aviones rusos intervienen en ese mismo país con el acuerdo del Gobierno. Otro ejemplo destacable es el siguiente: nadie en Francia se sorprende de que, de manera sucesiva, tres ministros franceses de Asuntos Exteriores (Juppé, Fabius y Ayrault) hayan pedido un cambio de régimen en Siria y, sin embargo, resulta ser una completa violación de la Carta de las Naciones Unidas, que rige el derecho internacional.

R: Sí, realmente hay un problema con la prensa francesa si no se informa al público de que es ilegal derrocar un Gobierno extranjero o, simplemente, intentar promover un cambio de régimen en un tercer país. Los dirigentes franceses, junto con sus homólogos británicos, estadounidenses, saudís y catarís han intentado derrocar el Gobierno sirio. Hasta el momento, no han tenido éxito, pues Assad sigue en el poder. Evidentemente, esto era algo ilegal en lo que respecta al derecho internacional. A lo largo de la historia, los rusos también han realizado operaciones ilegales. La URSS invadió Checoslovaquia en 1968 y Afganistán en 1979 sin orden del Consejo de Seguridad. Desafortunadamente, las guerras ilegales son frecuentes. En 1956, Francia, de acuerdo con Gran Bretaña e Israel, atacó Egipto durante la crisis del canal de Suez, otro ejemplo de guerra ilegal. Sin embargo, la prensa no suele usar este término. Cuando un concepto no se menciona en los periódicos ni se muestra en televisión, no debería extrañar, entonces, que la gente no se plantee si estas guerras son legales o no, o si es legal armar a grupos militantes en países como Siria o Nicaragua. En mi libro, muestro cómo los países miembros de la OTAN se han involucrado en esas guerras conocidas como «secretas», y, por supuesto, todo esto no lo vemos en los periódicos (o, si no, se falsifica por completo), pero la gente que lee libros puede aprender mucho sobre datos reales.

P: Hubo manifestaciones enormes en todo el mundo para oponerse a la invasión de Irak por parte de Estados Unidos y de sus aliados británicos en 2003. Sin embargo, desde entonces, estas se han ido olvidando. Al mismo tiempo, esto reveló la arrogancia del Imperio estadounidense y la incapacidad del movimiento pacifista. A partir de ese momento y, a pesar del desastre total que ha desencadenado la destrucción del aparato estatal de Irak, el cambio de los dirigentes franceses (también italianos, alemanes, etc.) ha sido rápido y completo: estos países han llevado a cabo, directa o indirectamente, guerras neocoloniales en Libia y, más tarde, en Siria. De este modo, se sumergió a dos países estables e independientes en un completo caos en nombre de los «derechos humanos» y de la «defensa de la democracia». Es difícil saber si la propaganda que acompañó estas guerras ilegales engaña a la opinión pública. ¿Qué opina usted?

R: En efecto, Francia y Alemania se opusieron al ataque ilegal de Irak por parte de Estados Unidos y Reino Unido en 2003. Y sí, ciertamente, hubo enormes manifestaciones contra la guerra en París, Nueva York, Londres, Berlín, Roma e, incluso aquí, en Suiza. Participé en la manifestación de Berna, una de las más imponentes que ha habido en Suiza. Esto muestra que millones de personas están en contra de las guerras ilegales. Después, en 2011, cuando Francia, Reino Unido y Estados Unidos bombardearon Libia, no hubo casi ninguna manifestación pacifista. ¿Por qué? Es difícil decirlo, porque allí también se violaron las reglas de la ONU. Francia, Reino Unido y Estados Unidos recibieron un mandato del Consejo de Seguridad para establecer una zona de restricción de vuelo sobre Libia y lo desviaron para efectuar un cambio en el régimen durante el cual Gadafi fue asesinado. No era en absoluto lo que autorizaba el mandato de las Naciones Unidas. Esos «juegos de influencia» (disculpen el eufemismo) desestabilizan regiones enteras. En Francia, mucha gente piensa que es aceptable que Sarkozy bombardeara Libia. Sin embargo, imaginen por un momento la situación contraria, es decir, que Gadafi hubiera bombardeado París. La Carta de la ONU se muestra firme en este asunto: ningún país tiene el derecho de bombardear otro sin que exista un mandato explícito en ese sentido por parte del Consejo de Seguridad. Todos los Estados deben obedecer estas reglas. Si no, nos arriesgamos a que nadie respetase el derecho internacional, algo que sería caótico.

P: Usted cita ejemplos concretos de mentiras de guerra y también se ha interesado en la propaganda diaria y multicanal con la que nos bombardean. Concretamente, comenta el uso que se hace de expresiones orwellianas como «operaciones», «ataques quirúrgicos», «guerras humanitarias», etc.

R: Sí. Lo cierto es que todas esas guerras ilegales se venden a la opinión pública de los países que las libran, en este caso, a la población de los países miembros de la OTAN, bajo la forma apetecible de honradas misiones humanitarias. Sin embargo, esto no tiene ningún sentido: las guerras humanitarias. Es imposible porque ambos términos son totalmente contradictorios. Las guerras siempre son atroces, horribles y letales. En algunos casos, como la de Libia en 2011 o la de Serbia en 1999 , comandos de las fuerzas especiales avivaron las tensiones al armar grupos militares en el país en cuestión.

A menudo, una guerra secreta precede a la fase mediatizada de la guerra. No obstante, le gente sentada frente a su televisor no ve nada de esta etapa previa, la guerra secreta, y se deja manipular. Escribí este libro para explicar esto de manera fácil y simple, pero no simplista, para que incluso los adolescentes pudieran leerlo y comprender qué son las guerras ilegales.

P: Es el autor de Los ejércitos secretos de la OTAN: la Operación Gladio y el terrorismo en Europa [1], una obra traducida a diez idiomas, que consolidó su reputación entre sus pares y que fue vitoreada por numerosas figuras del movimiento pacifista. Impartió clases en la prestigiosa Escuela Politécnica Federal de Zúrich y en la Universidad de Basilea. Además, publicó un artículo sobre el 11 de Septiembre donde critica la versión proporcionada por el Gobierno de Bush y, a partir de entonces, empezaron los problemas. ¿No es cierto?

R: Es verdad. Mi tesis doctoral versaba sobre la Operación Gladio y los ejércitos secretos de la OTAN. Por tanto, soy un historiador especializado en las operaciones secretas, el terrorismo de falsa bandera y la geoestrategia. Este libro fue bien recibido por la crítica, pero en 2006 publiqué un artículo en un periódico suizo en el que pedía una nueva investigación sobre los atentados del 11-S porque la versión de Bush no es creíble. La embajada de Estados Unidos en Suiza me atacó de forma inmediata porque, a su parecer, todos los que se hacen preguntas sobre ese tema divulgan teorías conspirativas. Aún hoy, la palabra «conspirador» se utiliza para estigmatizar a los investigadores e historiadores como yo y les impide preguntarse sobre el 11-S. Sin embargo, este veto es inaceptable. En general, los historiadores y los científicos siempre deberían tener el derecho a plantearse preguntas. Si no, supondría el fin de la ciencia. Imagínese que le hubiéramos prohibido pensar a Descartes, Galileo o Sócrates. Cuestionarse todo es necesario.

En mi artículo, invitaba a los lectores a reflexionar sobre el edificio 7 del World Trade Center (7 WTC), la tercera torre que se desplomó en Nueva York ese día sin que ningún avión hubiera chocado contra ella. ¿Por qué se cayó? Eso aún no queda claro. Solo hay dos posibilidades: el incendio o la demolición controlada. En mi artículo, cité a un experto suizo en seguridad de edificios que decía que parecía mucho más una demolición controlada. Dos años más tarde, en 2008, el NIST (Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos) publicó un informe donde negaba esta posibilidad y atribuía la culpa del derrumbe al incendio. No sé si es verdad o mentira. A día de hoy, más de 2.000 arquitectos e ingenieros agrupados en la asociación AE911Truth de Richard Gage exigen una nueva investigación que verse sobre las causas del derrumbamiento porque, según ellos, hay muchos elementos que prueban la hipótesis de la demolición controlada. No sé qué ocurrió el 11-S ni cuáles fueron las razones del desplome del WTC 7, pero apoyo la petición de una nueva investigación porque necesitamos conocer toda la verdad.

P: La versión alemana de la Wikipedia (y, en menor medida, la inglesa y la francesa) le presentaron durante mucho tiempo (incluso le siguen presentando) como un «teórico de la conspiración». Respecto a esto, el documental El lado oscuro de Wikipedia demuestra en profundidad cómo funciona «la policía del pensamiento» vigente en el sitio. Muestra cómo un puñado de personas anónimas ha tergiversado las reglas éticas de la enciclopedia en línea para, por decirlo de alguna manera, «proteger» a los lectores de ideas que creen inadecuadas. En el capítulo en el que habla de Afganistán, vuelve a la carga sobre los atentados del 11-S y cita los análisis de David R. Griffin o Richard Gage, entre otros. Como la edición francesa de Guerras ilegales. Cómo los países de la OTAN sabotean a la ONU se publicó en la editorial especializada en geopolítica Éditions Demi Lune, está claro que los periodistas en Francia, que podrían sacar gran provecho leyéndole, van a ignorarle conscientemente, incluso si la edición original viene de una de las editoriales suizas más antiguas y reputadas…

R: Wikipedia ataca a todas las personas que se cuestionan el 11-S. Es algo bastante extraño. Durante años, el artículo sobre mi carrera disponible en Wikipedia (en alemán) era muy bueno. Después, hice públicas mis dudas sobre el 11-S, y el 7 WTC en particular, y pedí una nueva investigación. Entonces, de repente, mi artículo se volvió acusador: ¡me había convertido en un «teórico de la conspiración»! Por supuesto, no soy nada de eso: simplemente soy un historiador suizo que hace su trabajo. No obstante, esto debería hacerles reflexionar cuando se den cuenta de que un pequeño grupo de personas controla la enciclopedia más utilizada en el mundo y es capaz de eliminar las correcciones de un público mucho más numeroso si así lo decide. El documental que ha mencionado lo explica muy bien. En lo que respecta a los medios franceses, no sé si hablarán de mi nuevo libro, eso no depende mí.

P: Su libro es un best seller en los países de habla alemana. ¿La prensa se ha hecho eco de la obra? Si no, ¿cómo explica el increíble éxito que ha obtenido para ser una obra que trata sobre geopolítica, historia militar y relaciones internacionales? Imagino que no esperaba este recibimiento.

R: Se han vendido más de 50.000 ejemplares en menos de un año. ¡Claro que estoy contento! Además, aprovecho la ocasión para agradecer a mis lectores su interés. Para empezar, pienso que la razón por la que tanta gente ha comprado y leído este libro es que está escrito en estilo simple, accesible para todos. Además, les ofrece una visión entre bastidores: muchas personas saben que los políticos mienten, que la televisión y los medios mienten, pero no saben muy bien cómo se elaboran esas mentiras ni cómo se disemina la propaganda de las guerras ilegales. Y la gente ha aprovechado el libro para instruirse e informarse sobre la cuestión, lo que me alegra profundamente. Tengo un gran número de críticas muy positivas, lo cual siempre es satisfactorio.

P: Por otro lado, ha impartido conferencias en salas completamente llenas y, además, las que se han subido en versión original a Internet cuentan con miles de reproducciones cada una. Imagino que se alegra al ver que una buena parte de sus lectores son jóvenes que tratan de entender el mundo en el que viven y que dan mucha importancia a la cuestión de la paz. Me atrevería incluso a añadir que estos jóvenes hacen todo lo contrario a los medios de comunicación alineados, que no son más que portavoces de los políticos belicistas y que lo único que hacen es tocar los tambores de guerra constantemente (en casos como Yugoslavia, Kosovo, Afganistán, Libia y Siria).

R: Es cierto. Hay muchos jóvenes de entre 15 y 25 años que asisten a mis conferencias o ven mis vídeos en Internet. No han sido los medios de comunicación alemanes los que han conducido mi libro hacia el éxito, sino Internet y las presentaciones realizadas en los países germanófonos que pueden encontrarse en YouTube. De hecho, mis diez conferencias más populares cuentan con más de cinco millones de reproducciones, una cantidad abismal teniendo en cuenta el tema del que tratan. Por desgracia, la mayor parte de los vídeos están en alemán. Solo di una presentación en francés en París en 2016 [puede verse en el siguiente enlace]. No me siento cómodo cuando hablo en francés y me es fácil hacerlo en alemán o en inglés y suelo dar prioridad a los países germanófonos.

P: Al parecer, el público alemán se cuestiona de nuevo los fundamentos de la OTAN. De hecho, en sus obras ha recordado que muchas voces se alzaron pidiendo la disolución de la Alianza Atlántica con la caída del muro de Berlín, la reunificación alemana, la fragmentación del bloque soviético y la desaparición del Pacto de Varsovia. Además de que esto no sucedió, la OTAN se convirtió en una alianza ofensiva, especialmente en zonas como Serbia. Además, creció rápidamente, pues hoy cuenta con 29 Estados miembros, y se extendió hacia el este, justo hasta la frontera con Rusia. Este desplazamiento es ciertamente preocupante, ¿verdad?

R: Efectivamente. La OTAN creció tras la caída del muro de Berlín en 1989. En
principio, la Alianza Atlántica se concibió como una estrategia estrictamente defensiva y afirmaba que nunca atacaría a un Estado, sino que reaccionaría en caso de que lo hicieran con alguno de sus miembros. Sin embargo, el imperio estadounidense cambio de doctrina y el resto de Estados miembros siguieron sus pasos. Serbia fue bombardeada en 1999 de manera completamente ilegal. En Alemania, el partido de Los Verdes de Joschka Fischer y el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder participaron en el ataque junto a Bill Clinton. Este hecho sucedió ante el desconcierto de numerosos militantes del movimiento pacifista alemán.

P: En algunas reseñas de su libro he leído reproches por citar algunos extractos del famoso discurso de Gadafi en la ONU. Creo que es una crítica totalmente incongruente dado que uno de los capítulos de Guerras ilegales de la OTAN versa justamente sobre el conflicto libio. ¿Se le tilda también de “amigo” del presidente ruso Putin o del sirio Bashar al-Assad porque presenta un punto de vista crítico hacia la OTAN y porque no está completamente de acuerdo con lo que narran los medios de comunicación sobre la crisis ucraniana y la guerra siria?

R: Lo que explico en mi libro es muy simple: las grandes potencias, como Estados Unidos o Francia, no deberían atacar a países pequeños como Libia o Siria. Esto no es ni justo ni legal y lo único que aporta es más caos. Me expreso como ciudadano suizo originario de un país que, como sabrá, es pequeño. No nos gusta ver cómo se pisotea el derecho internacional. ¿Qué pasaría si las grandes potencias decidiesen no respetar la Carta de las Naciones Unidas? ¿Qué sucedería si Estados Unidos y Rusia, o cualquier otro de los 5 miembros del Consejo de Seguridad se atacasen entre ellos? Podría dar lugar a una guerra nuclear y nadie quiere que esto suceda, ¿verdad? Sin embargo, en Siria los cazas y bombarderos estadounidenses confluyen con los rusos en el mismo espacio, pero llevan a cabo operaciones separadas, por lo que corren el riesgo de enfrentarse de manera directa. Sin duda, se trata de una situación peligrosa. Espero que no pase nada, pero es fundamental exigir el respeto global de la Carta de las Naciones Unidas. No solo es la intención del movimiento pacifista mundial, sino de toda la humanidad.

P: Como historiador, ¿cómo explicaría que la propaganda de guerra siga funcionando igual de bien tanto antes como durante el conflicto hasta el punto de que la población de los Estados «democráticos» apoye acciones, más que ilegítimas, ilegales? ¿Cómo es que no se desacreditan métodos tan sucios como, por ejemplo, caracterizar al enemigo de ser el «nuevo Hitler»? Respecto a la primera pregunta, pongo «democráticos» entre comillas, puesto que ha escrito que no se consultó a la población alemana a la hora de tomar la histórica decisión (que viola la Constitución) de que la las Fuerzas Armadas alemanas participasen en la guerra Siria. Esto también sucedió en Estados Unidos, Francia y Reino Unido, pues no se consultó al pueblo sobre la decisión de llevar al ejército a la guerra.

R: La propaganda de guerra siempre se basa en usar el arma del miedo, puesto que la población es muy vulnerable al miedo. Por eso, se suele recurrir a este sentimiento, muchas veces de la mano del odio. Cuando ambos se asocian, es fácil movilizar a poblaciones enteras a favor de la guerra. Cuando se divulgan historias que cuentan que Saddam Hussein posee armas de destrucción masiva, se genera miedo en la población, independientemente de que sea cierto o no. Cuando se señaló a Saddam como responsable del 11-S –un momento de miedo intenso–, se activó también el factor odio. Más adelante, los historiadores dieron marcha atrás y explicaron que Saddam Hussein no tuvo nada que ver con el atentado y que ni siquiera poseía armas de destrucción masiva, ¡pero fue demasiado tarde! La guerra ilegal ya había comenzado y mucha gente murió. A través de la unión entre miedo, odio y mentiras, la política consigue una combinación excelente.

En un capítulo de mi libro, hablo de la guerra de Vietnam que comenzó Estados Unidos en 1964. El imperio estadounidense afirmó entonces que los norvietnamitas habían atacado un barco estadounidense en el golfo de Tonkín, acción que desencadenó un sentimiento de miedo y odio en el país. Muchos años después, los historiadores descubrieron que el ataque nunca había sucedido: era otra mentira. La mayoría de las guerras ilegales empiezan por mentiras. De igual modo, dedico un capítulo a Cuba. En 1961, Estados Unidos afirmó ante el Consejo de Seguridad de la ONU que pilotos cubanos habían bombardeado su propio país antes de refugiarse en Estados Unidos porque odiaban el régimen de Fidel Castro. Esta historia también era falsa.

P: Insisto en su determinación política, ya que, desgraciadamente, salvo algunas excepciones significativas (los que primero me vienen a la mente son Lacroix-Rix, Jacques Pauwels o Michael Parenti, entre otros), los historiadores no se caracterizan generalmente por su honestidad. El reciente documental estadounidense de Burns y Novick sobre la guerra de Vietnam que ha difundido la página web Arte es un ejemplo esperpéntico de ello. Aunque su versión «corta» dura casi nueve horas, los realizadores lograron la proeza de no mostrar los incidentes del golfo de Tonkín como una manipulación del Gobierno de Johnson. También se olvidaron de mencionar que la guerra de Vietnam, al igual que los bombardeos de Laos y de Camboya, era simple y llanamente ilegal en el plano del derecho internacional. Aunque estos acontecimientos datan de hace, como mínimo, 50 años, se conforman con decir que la implicación de las fuerzas armadas estadounidenses en Camboya «se mantuvo en secreto», lo que es muy diferente. Por tanto, tenemos derecho a pensar que este documental —presentado en todo el mundo como admirable, radical y casi revolucionario, ya que también les cede la palabra a los vietnamitas― difunde, en realidad, propaganda de guerra (John Negroponte, presentado como diplomático, interviene de manera recurrente) y es culpable de ocultar crímenes de agresión, el más grave según el Tribunal de Núremberg.

R: No he visto ese documental. Lo que puedo decir, sin riesgo de equivocarme, es que, si un documental sobre la guerra de Vietnam no explica a su audiencia que esta guerra fue ilegal y que empezó por una mentira, entonces, o pretende manipular, o no se ha investigado los suficiente.

P: A pesar de todas esas mentiras y todas esas guerras, ¿consigue mantenerse optimista?

R: Por supuesto. Soy padre de dos niños. Tengo la esperanza de que la «familia humana» sea capaz de poner fin a la mayoría de las mentiras y a la brutalidad por la que todavía se caracterizan las relaciones internacionales. Soy completamente consciente de que, en el siglo XXI, tenemos que hacer frentes a muchos retos. Sin embargo, ninguno podrá resolverse con violencia. Además, me doy cuenta de que cada vez lo comprende más gente. Se crean más redes en Internet para inventar soluciones alternativas, para acabar con los ciclos y otras espirales de violencia al boicotear las cadenas de televisión y los periódicos que piden la guerra o que la apoyan. Así que sí, hay esperanza. El ser humano siempre puede progresar en el camino de la consciencia. Francia ha conocido la monarquía y, actualmente, vive en democracia. Eso es un progreso histórico. Hubo un tiempo en el que las mujeres no tenían derecho a voto (en Suiza, en Francia, en Inglaterra, en Estados Unidos, etc.). Actualmente, sí lo tienen, lo que también es un progreso histórico. Espero que, en un futuro próximo, sepamos respetar la Carta de las Naciones Unidas y el progreso histórico que constituye. Esto es posible y esta excelente idea beneficiará a la totalidad de la gran familia humana.

P: En conclusión, me gustaría hacerle dos preguntas relacionadas con la actualidad. La presente situación en Venezuela recuerda mucho a la de los meses que precedieron el derrocamiento de Salvador Allende en Chile (país del que no se habla en el libro). También recuerda a la de justo después de la Revolución cubana, con la Operación Mangosta, cuyo objetivo era minar la popularidad del nuevo poder saboteando la economía de la isla.

R: Es cierto, la situación actual en Venezuela es extremadamente inestable, pero no soy un experto. Por eso, no voy a hacer ningún comentario al respecto. Por supuesto, a lo largo de la historia, se ha demostrado repetidas veces que el Imperio estadounidense ha derrocado gobiernos extranjeros de manera ilegal. El golpe de Estado de 1973 en Chile es un claro ejemplo.

P: Aunque el contexto histórico (y geopolítico) sea muy diferente, al leer el capítulo sobre Cuba (y el largo desarrollo sobre la Crisis de los misiles) resulta inevitable pensar en la crisis «actual» (por así decirlo, ya que empezó en 1993) entre Corea del Norte y el Imperio estadounidense. Esta crisis parece ilustrar el propósito mismo de su libro, es decir, que la violación recurrente del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas sobre la prohibición de la violencia da lugar a más conflictos. El régimen norcoreano ―que ya ha estado en guerra contra Estados Unidos, durante la cual se consideró utilizar armas nucleares― probablemente, se sentiría menos amenazado si los países miembros de la OTAN no hubieran intervenido para llevar a cabo cambios de régimen en Irak, en Libia y en Siria sin contar el resto de casos que usted describe en el libro.

R: Actualmente, hay fuertes tensiones entre el Imperio estadounidense y Corea del Norte que, afortunadamente, no han acabado en guerra. Cuando ven que Estados Unidos bombardea países ilegalmente y de manera impune, algunos pequeños Estados pueden sentir la tentación de pensar que las armas nucleares los protegerán, que son su único medio para defenderse, lo único que detendrá al Imperio estadounidense. Sin embargo, creo que no es una buena reflexión. Me parece que sería más prudente respetar la Carta de las Naciones Unidas. Hay nueve potencias nucleares: los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia) e India, Pakistán, Israel y Corea del Norte. Cuantos más Estados nuclearizados haya, más frágil será el sistema. La Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN, por sus siglas en inglés) contabiliza actualmente más de 16.000 ojivas nucleares por todo el mundo. Un armamento tal es capaz de destruir el planeta varias veces, pero solo tenemos uno, y creo que debemos cuidarlo.

Gracias, Sr. Ganser.

[1] Puede pedir el libro Los ejércitos secretos de la OTAN aquí.

Página de Facebook de la obra Las guerras ilegales de la OTAN

Entrevista traducida del alemán al francés por Laurent Bénac y Jonas Lismont el 29 de noviembre de 2017 y recogida en la página web Arrêt sur info: Daniele Ganser: La plupart des guerres menées par des membres de l’OTAN commencent par des mensonges. Jueves, 7 de diciembre de 2017.

Traducido para UMOYA por Lucía Olmedo León, Sandra Iscan Luengo, Begoña Carrasco González, Marcos Orcástegui Herbera y Ana Olarte de Santiago (Universidad de Salamanca).

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