La política occidental es una política de extremos: en un lado los derechos humanos y en el otro los mercados de esclavos

¡Qué curioso! Resulta que los que protestaban contra el «dictador» Gadafi en 2011, ahora, en 2017, se callan. Vaya, qué raro.

Un nuevo descubrimiento: las prácticas esclavistas grabadas por la CNN. ¿De verdad nos sorprende? ¡Claro que no! El 11 de abril de 2017, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) publicó un informe donde advertía de que miles de migrantes, a su paso por Libia, se vendían como ganado en mercados de esclavos para después someterles a trabajos forzados o a explotación sexual. Esta realidad la conocía todo el mundo. Sin embargo, nadie movió un dedo.

Nadie recuerda que Emmanuel Macron comentase nada al respecto cuando realizó su primer viaje presidencial a la región del Sahel. Pero podemos entenderle: asegurar la fuente de recursos mineros de la antigua potencia colonial es un asunto mucho más serio y tampoco vamos a andar perdiendo el tiempo con tonterías. Es una pena, porque Francia habría tenido mucho que decir sobre la situación en Libia.

Pero tampoco olvidemos que si este país navega a la deriva, si las diferentes facciones rivales lo fragmentan, si la violencia reina… todo se debe a que Francia y sus aliados lo destrozaron en 2011. Los traficantes de esclavos no han caído del cielo: llegaron en la maleta de la OTAN. Bajo diferentes pretextos humanitarios creados para hacer propaganda, París, Londres y Washington se concedieron el derecho de destruir un Estado soberano. Lo reemplazaron por la ley de la selva y el caos militar. Y los resultados son perfectamente visibles.

¿Dónde están ahora los que decidieron acabar con Muamar al Gadafi? Me encantaría escuchar a todos esos visionarios. Nicolas Sarkozy quería convertir esta cruzada en el mayor logro de su mandato. El 23 de agosto de 2011, el periódico francés Le Monde decía lo siguiente: «El jefe de Estado francés ha convertido la intervención en Libia en un combate personal. Para que brille Francia». ¡Es un brillo cegador! Según el exministro francés Alain Juppé, la intervención en Libia es «una inversión para el futuro». Debería haber indicado que esta inversión no solo iba a ser petrolera: los esclavistas están muy agradecidos porque, así, ellos también invierten.

En cuanto a la oposición de la «izquierda», la situación no es mucho mejor. El expresidente Francés François Hollande aprobó el uso de la fuerza contra Gadafi «porque, si no, Gadafi habría masacrado a parte de su pueblo». Tranquilo, en lo que a masacres se refiere, la OTAN ya se ha lucido. El 21 de marzo de 2011, el periódico Libération preguntó a Jean-Luc Mélenchon que por qué aprobó los ataques aéreos en Libia. Esta fue su respuesta: «La verdadera pregunta que tenemos que plantearnos es la siguiente: ¿se está llevando a cabo un proceso revolucionario en el Magreb y en Oriente Medio? Sí. ¿Quién lidera la revolución? El pueblo. Entonces, no podemos dejar que se rompa la ola revolucionaria en Libia».

Sin embargo, los progresistas, o los que alardean de serlo, deberían tratar de aprender la lección a partir de lo sucedido, porque la política occidental siempre ha sido de extremos: en un lado los derechos humanos y, en el otro, el mercado de esclavos. Aunque algunos traten de decorar sus declaraciones con retórica humanística o revolucionaria, el imperialismo sigue siendo imperialismo. Por mucho que se intente ocultar la miseria ideológica, el supuesto deber de intromisión no es más que el derecho que se atribuyen para aplastar al vecino. Es la ley del más fuerte, revisada y corregida por el filósofo y analista político francés Bernard-Henri Lévi.

Los hipócritas dirán que la esclavitud no es algo nuevo y que este problema deben resolverlo los africanos; para así negar la responsabilidad del neocolonialismo. Empujados por la miseria, cientos de miles de migrantes quieren cruzar el Mediterráneo, aunque pongan en riesgo su vida. La destrucción del Estado libio les ha dejado a la merced de los traficantes, que los venden como si fuesen ganado. Aunque consigan escapar de sus garras, su calvario no habrá hecho más que empezar. ¡Qué paradoja! Estos condenados de la Tierra, víctimas de un mundo dual, no tienen más esperanza que ir arrastrando su miseria por los países que provocaron sus desgracias.

Bruno Guigue

Fuente: Cameroon Voice, La politique occidentale, c’est toujours le grand écart : on part avec les droits de l’homme et on finit avec le marché aux esclaves, publicado el 22 de noviembre de 2017.

Traducido para UMOYA por Marcos Orcástegui Herbera (Universidad de Salamanca).

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