La historia del genocidio de Ruanda no tiene héroes canadienses

El apoyo que Washington y Londres han brindado a Paul Kagame en el control de Kigali durante más de dos décadas explica el predominio de un relato tan simplista del genocidio de Ruanda. Sin embargo, una razón terciaria para que este cuento de hadas haya cobrado tanta fuerza es que se alinea con la mitología nacionalista de otro estado del G7: Canadá.

© Ryan Remiorz

Los comentaristas canadienses a menudo afirman que en el genocidio de Ruanda murieron más tutsis de los que había en el país. Puesto que esto coincide con los intereses de Washington, Londres y Kigali, al igual que con la ideología liberal nacionalista canadiense, la inflación estadística pasa casi sin cuestionarse.

Un artículo de la revista digital candiense Tyee describió la «matanza de más de 800.000 tutsis en Ruanda» entre abril y julio de 1994. En un artículo anterior de The Globe and mail, otro periódico canadiense, Roméo Dallaire citó un número mayor. Señaló que «en los meses siguientes, activistas y milicias hutus, acompañados por policías y comandantes militares, mataron, aproximadamente, entre 800.000 y un millón de tutsis».

Incluso los autoproclamados expertos en la materia citan estas sorprendentes estadísticas. El año pasado, Gerald Caplan escribió en The Globe and Mail y en Rabble que, «a pesar de todos sus esfuerzos [refiriéndose a Dallaire], quizás un millón de personas de la minoría tutsi fue asesinada en 100 días».

Caplan, vinculado al régimen de Kigali, se sacó este número de la manga. Es poco probable que en 1994 hubiese un millón de tutsis en Ruanda y nadie cree que los mataran a todos.

Si bien la cifra exacta sigue siendo desconocida y, de alguna manera, cuestionada, el censo de Ruanda de 1991 calculó que había 596.387 tutsis. Patrocinados en un primer momento por el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, el proyecto GenoDynamics, dirigido por Allan Stam, el decano de la Escuela Frank Battende Liderazgo y Políticas Públicas de la Universidad de Virginia, y Christian Davenport, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Míchigan, redujeron la cifra a algo menos de 500.000. Otros afirman que el gobierno hutu de la época trató de ocultar las estadísticas de población tutsi y estimarlas en unos cientos de miles de tutsis más.

No obstante, un número significativo de tutsis sobrevivió a la matanza de los cien días. La asociación de supervivientes del genocidio de Ruanda, Ibuka («Recuerda»), concluyó inicialmente que 300.000 sobrevivieron a los asesinatos genocidas, cifra que luego aumentó hasta «cerca de 400.000».

Para que hubiesen muerto entre 800.000 y un millón de tutsis, tendría que haber habido, por lo menos, 1,1 millones de esta minoría, o más bien, acercarse a 1,4 millones de tutsis. Esto dobla la cifra oficial.

A pesar de los tres ejemplos mencionados anteriormente, la cifra que se indica con más frecuencia en relación con el número de muertos en 1994 es la más imprecisa: «800.000 tutsis y hutus moderados». Un informe de la ONU de 1999 declaró que «aproximadamente 800.000 personas fueron asesinadas durante el genocidio de Ruanda de 1994». Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, el régimen de Kigali aumenta el número de muertos. En 2004, el Ministerio ruandés de Asuntos Municipales, Desarrollo Comunitario y Asuntos Sociales declaró que murieron 1.074.017 tutsis, y en 2008, la Asociación de Estudiantes Supervivientes del Genocidio de Ruanda, apoyada por el Gobierno, elevó la cifra a 1.952.087.

Sin embargo, cuanto más se eleva el número de muertos por el genocidio, más aumenta el número y el porcentaje de víctimas hutus. En el documental de 2014 de la BBC Rwanda’s Untold Story [La Historia no contada de Ruanda], Stam explica «si en 1994 murieron un millón de personas en Ruanda, lo cual es bastante probable, es imposible que la mayoría fuesen tutsis… porque no había tantos tutsis en el país».

La idea de que mataran al mismo número de hutus que de tutsis, o incluso a más, complica la versión del «genocidio planificado» impulsado por el régimen de Kigali y sus defensores anglosajones. Lo mismo sucede con el hecho de que la lógica y las pruebas abrumadoras señalen al Frente Patriótico Ruandés (FPR) como culpables de hacer explotarel avión de los presidentes hutus de Ruanda y Burundi, así como a gran parte del mando militar ruandés liderado por los hutus, hecho que desencadenó las matanzas.

El apoyo de Washington y Londres al FPR, al igual que el control de Paul Kagame sobre Kagali durante más de dos décadas, explica el predominio de un relato tan simplista del genocidio de Ruanda. Sin embargo, una razón terciaria para que este cuento de hadas haya cobrado tanta fuerza es que se alinea con la mitología nacionalista de otro estado del G7. Los canadienses, una población rica y educada que habla las dos principales lenguas coloniales del mundo, ha difundido innumerables artículos, libros, canciones, obras, poemas, películas, etc. sobre el esfuerzo de nuestro noble general por salvar a los ruandeses. Sin embargo, la historia del salvador Roméo Dallaire, promovida en gran parte por la izquierda y los liberales, se basa en un relato unilateral de la tragedia de Ruanda.

Dos de los artículos mencionados antes homenajean a Dallaire. Una de las historias que exagera el número de víctimas tutsis es un artículo de The Globe and Mail sobre la jubilación del antiguo general del Senado, y en la otra, Caplan escribe esto: «la relación personal que tantos canadienses sienten con Ruanda se puede explicar en dos palabras: Roméo Dallaire . . . [quien] hizo todo lo que estuvo en sus manos para detener la masacre».

Un artículo que descubrí recientemente de la revista marxista Monthly Review, publicada en Nueva York, proporciona un ejemplo claro de cómo los canadienses nacionalistas de izquierda tienen una concepción distorsionada de la tragedia de Ruanda para que encaje con su ideología. El tercer párrafo de la reseña de 2003 de When Victims Become Killers: Colonialism, Nativism, and the Genocide in Rwanda [Cuando las víctimas se convierten en asesinos: colonialismo, nativismo y el genocidio de Ruanda] y A People Betrayed: The Role of the West in Rwanda’s Genocide [Un pueblo traicionado: El papel de Occidente en el genocidio de Ruanda] comienza así: «Un canadiense, el General Roméo Dallaire, es el héroe de la tragedia de Ruanda».

La principal valoración que realizó el crítico Hugh Lukin Robinson sobre When Victims Become Killers, del investigador ugandés Mahmood Mamdani, es que quita importancia al comandante canadiense de las fuerzas militares de la ONU. Robinson escribe que «el desinterés [de Mamdani] en la traición internacional de Ruanda se percibe en la única referencia que hace al general Dallaire, cuyo nombre escribe mal y a quien se refiere como “el comandante belga a cargo de las fuerzas de la ONU en Ruanda”. Por el contrario, Linda Melvern reúne las pruebas que justifican ampliamente el título de su libro».

Sin embargo, Melvern es una de las principales defensoras del cuento de hadas respaldado por Kigali sobre el genocidio. Basándose en el supuesto «fax del genocidio» de Dallaire, Melvern promueve la historia del «genocidio planificado». Al mismo tiempo, Melvern ignora (o minimiza) el papel que la invasión desde Uganda en 1990, las políticas de ajuste estructural y el asesinato en octubre de 1993 del primer presidente hutu de Burundi desempeñaron en la masacre de la primavera de 1994. Melvern también reduce el número de asesinatos cometidos por el FPR y su responsabilidad por derribar el avión en el que viajaban el presidente hutu Juvénal Habyarimana y el alto mando militar ruandés.

Robinson estaba impresionado por los elogios de Melvern al militar de Canadá. «Dallaire había entrenado y había ascendido en el escalafón de un ejército orgulloso de su tradición en mantener la paz», cita Robinson de la obra de Melvern. «Él era un internacionalista comprometido y tenía experiencia directa de las misiones de la ONU. Era muy trabajador. Y obstinado». Sin embargo, el «internacionalista comprometido» admite que no sabía dónde estaba Ruanda antes de su nombramiento en ese país. Tampoco tenía mucha experiencia con la ONU. «Dallaire era lo que la gente llama un hombre de la OTAN», explicó el periodista de la CBC Carole Off en una biografía del general. «Sus conocimientos de defensa se basan casi exclusivamente en las necesidades de la alianza de la OTAN».

Más importante todavía, varios funcionarios de la ONU implicados en Ruanda ─el jefe de las tropas de UNAMIR en Kigali, Luc Marchal; el oficial de inteligencia, Amadou Deme; el Secretario General de la ONU, Butros Butros-Ghali, etc.─ han desafiado la interpretación de los acontecimientos de Dallaire, contradicho sus afirmaciones o criticado sus acciones. El comandante civil de Dallaire en UNAMIR publicó un libro en el que acusaba al general canadiense de sesgo hacia el FPR respaldado por Uganda, Estados Unidos y Reino Unido. En su libro Le Patron de Dallaire Parle [El jefe de Dallaire habla], de 2005, Jacques-Roger Booh Booh, antiguo ministro de Relaciones Exteriores de Camerún y jefe general de UNAMIR, critica las acciones llevadas a cabo por Dallaire en Ruanda y desafía su interpretación de los acontecimientos.

En una de dos notas a pie de página, Robinson terminó su artículo del Monthly Review sobre una nota nacionalista canadiense. El antiguo investigador laboral escribe lo siguiente: «Hay otra historia de la tragedia de Ruanda por la que dos canadienses pueden atribuirse gran mérito. En 1997, la Organización para la Unidad Africana (OUA) nombró a un Grupo Internacional de Personalidades Eminentes para que informara sobre lo ocurrido. Stephen Lewis era miembro del Grupo y Gerald Caplan, el redactor y autor principal del informe Rwanda: The Preventable Genocide [Ruanda: el genocidio que pudo evitarse], que confirma los hechos y las conclusiones principales del libro de Linda Melvern».

El informe de 300 páginas, aunque hace referencia a la interacción de políticas étnicas, regionales y de clases, y a las presiones internacionales como unas de las razones causantes del «genocidio de Ruanda», se basa principalmente en la afirmación infundada de que el gobierno hutu tenía un plan de alto nivel para matar a todos los tutsis. Este informe ignora la lógica y las pruebas abrumadoras que señalan al FPR de Paul Kagame como el culpable de derribar el avión presidencial, hecho que desencadenó los asesinatos genocidas. También enfatiza la perspectiva de Dallaire. Una búsqueda por palabras en el informe revela que «Dallaire» se menciona cien veces, cinco veces más que «Booh-Booh», el comandante general de la misión de la ONU.

El informe de la OUA, en lugar de aportar una descripción objetiva de la tragedia de Ruanda, destaca el poder de Canadá en los organismos internacionales. En un artículo de la revista Walrus, Caplan escribió: «estoy esperando al vuelo de vuelta a Toronto, donde me dedicaré a trabajar» en un informe «que he llamado […] “El genocidio que pudo evitarse”». Aunque Canadá financió parcialmente la iniciativa, fue la secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright quien la promovió.

Caplan es un firme defensor de la historia del noble general canadiense. En 2017, Caplan, que fundó una organización con el antiguo ministro de Relaciones Exteriores de Kagame, Louise Mushikiwabo, se refirió a Dallaire como «seguramente uno de los ciudadanos más admirados de Canadá, si no el que más».

Las alabanzas por el papel que Dallaire desempeñó en Ruanda se basan en un relato bastante simplista de lo que sucedió en 1994. Al apresurarse por promover a un salvador canadiense en África, la izquierda y los liberales han confundido la comprensión internacional de la tragedia de Ruanda, lo que ha apuntalado la dictadura de Kagame y ha permitido la violencia en el Congo.

Cuando los comentaristas afirman que murieron más tutsis en Ruanda de los que había en el país es hora de replantearse la discusión popular sobre la tragedia de Ruanda.

Yves Engler

* YVES ENGLER es el autor de Canadá en África: 300 años de ayuda y explotación.

Fuente: Pambazuka News. The Rwandan genocide story has no Canadian heroes, publicado el 19 de octubre de 2017.

Traducido para UMOYA por Esther Ugarte Aceituno (Universidad de Salamanca).

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