Batalla alrededor de las semillas transgénicas en África

Ante la preocupación del desarrollo de los organismos genéticamente modificados en todo el mundo, varias asociaciones han acusado a las grandes industrias de semillas de “ecocidio” o crimen ecológico. En abril de 2017, en un “juicio ciudadano” organizado en La Haya, se condenó simbólicamente por este motivo al gigante estadounidense Monsanto. Mientras, en África, el enfrentamiento entre los pro y anti-OGM no ha hecho más que empezar.
Rémi Carayol, Le Monde Diplomatique | 07 de septiembre de 2017 |

Esto ha sido una grata sorpresa para Paul Badoun, productor de algodón en la región de Bobo-Diouslasso (Burkina Faso): hace apenas un año, un amigo le hacía saber que no tendría que volver a cultivar más el “maldito algodón Bt”, a lo que le obligaba hace años la Sociedad Burkinesa de Fibras Textiles (Sofitex). “Bt” significa Bacillus thuringiensis, una bacteria que resiste a algunos insectos.

Confinados en lo alto de un banco del pueblo de Konkolean, Paul y sus amigos no tienen palabras lo suficientemente duras para definir este algodón genéticamente modificado: es demasiado caro, lo que les lleva a endeudarse; no se consigue el rendimiento que les prometió Sofitex, hace enfermar a las mujeres que lo recolectan y mata a los animales que se comen las hojas. El pueblo, que vive esencialmente del algodón y la ganadería, está entre la espada y la pared. Pero ahora que el algodón transgénico ha desaparecido (al menos hasta el momento) de los campos burkineses, “todo va mejor en Konkolean” afirma contento Paul. “El algodón es más duro y el ganado está más sano. No queremos más OGM. ¡Nunca más!”.

Siete años después de haber introducido el algodón Bt de Monsanto, las tres compañías que dominan la industria burkinesa, que son Sofitex, la Sociedad algodonera de Gourma o Socoma y Faso Coton, decidieron a mediados de 2016 finalizar su producción por el deficiente rendimiento y su mediocre calidad. Su participación en la producción nacional pasó, por tanto, de 70% a 0. “No nos arrepentimos de nada” señaló contento Ali Campaoré, director de Socoma, “la cosecha de la campaña de 2016-2017, 100% convencional, ha sido muy buena”. Los productores burkineses han recolectado 683 000 toneladas de algodón, en comparación a las 581 000 toneladas del año anterior (+17,56%), cuando la mitad de las semillas aún venían de los laboratorios de Monsanto y del Instituto de Medioambiente e Investigación Agrícola de Burkina Faso (Inera). Entonces, el rendimiento medio pasó de 885 kg/ha (kilogramos por hectárea) a 922 kg/ha (+4%). “La calidad de la fibra mejoró mucho en cuanto a longitud” , añadió la Asociación interprofesional de algodón de Burkina (AICB), organismo que reúne a todos los actores de esta industria [1].

Uno de cada cinco habitantes de Burkina Faso vive del algodón, lo que contribuye a más del 4% el producto interior bruto. El algodón, que antes era el producto más exportado de este pequeño país de África Occidental, fue destronado por el oro a principios de la década del 2000. Esta industria cuenta con 350.000 productores y casi 250.000 explotaciones agrícolas, sobre todo de pequeño tamaño y de carácter familiar. “El algodón se convirtió en una herramienta para luchar contra la pobreza y para mejorar la calidad de vida de las poblaciones que vivían en medios rurales”, señalaba un informe del Ministerio de Medioambiente en 2011 [2]. Los malos resultados del algodón transgénico ponían en peligro a este sector tan vital [3].

Según la versión oficial, el ejemplo de Burkina Faso fue un éxito que debía ser mostrado al mundo entero como modelo a seguir: el rendimiento era excepcional, los campesinos disfrutaban de una mejor salud, la producción aumentaba…Apenas un año después de la primera recogida de algodón Bt, en 2010, se publicó un estudio realizado por investigadores que solían estar financiados por Monsanto: “Burkina Faso ofrece un gran ejemplo de los procesos y procedimientos necesarios para una introducción exitosa de productos de la biotecnología[4]”. Sin embargo, este año, hay señales de alarma: “en las primeras pruebas, los investigadores ya detectaron un problema” revela una persona importante de la industria quien, debido a los acuerdos de confidencialidad, ha preferido mantenerse en el anonimato. “Pero Monsanto nos dijo que no nos preocupáramos; nos aseguraron que la semilla iba a perfeccionarse. En 2010, ante las dificultades, las sociedades algodoneras dijeron a Monsanto que tenían tres años para solucionar el problema. Pero no ha cambiado nada. Nos han dado gato por liebre.”

La fibra de algodón Bt, de menor calidad, no deja de obtener malos resultados. Antes de la introducción de la variedad transgénica, las sedas largas representaban el 93% de la producción burkinesa y las cortas, el 0,44%. En 2015, la proporción pasó al 21% y al 51% respectivamente[5]. El resultado: el algodón burkinés, antes de gran reputación, pierde su fama y, por tanto, su valor.

Con el tiempo, se corre la voz y se descubren las causas del fracaso: Monsanto e Inera se han precipitado en las manipulaciones genéticas. “Normalmente, hacen falta seis o siete back-crosses (cruzar un elemento híbrido con uno de sus organismos progenitores para obtener una combinación genética parecida a la de este). Sólo han hecho dos” explica el genetista Jean-Didier Zongo, uno de los protagonistas de la lucha contra los transgénicos de Burkina Faso. En los laboratorios de Inera, ya no hay nada que esconder: “había que actuar rápido, la industria perdía dinero, la gente quería una respuesta inmediata” justifica un científico.

Efectivamente, a principios de los 90, las orugas invadieron los campos. La producción cae en picado. Los campesinos, endeudados, prefieren pasarse a otros cultivos. “La industria estaba devastada, ya no sabíamos qué hacer”, recordaba François Traoré, fundador de la Unión nacional de productores de algodón. Ahí fue cuando Monsanto reveló su “solución milagrosa”: la tecnología de los OGM. “No teníamos nada que perder; había que actuar rápido”, señala Georges Yameogo, secretario general de AICB.

El gigante americano cerró su oficina de Bobo-Diouasso en septiembre de 2016 tal y como abrió en 2009: en total discreción. Su fracaso en Burkina Faso fue tan estrepitoso que hizo del país saheliano su caballo de Troya en el continente africano. “Si es un éxito, esto dará paso a la introducción y desarrollo de otros cultivos OGM en África. Burkina Faso habrá demostrado que es posible cultivar OGM” [6] citaba un estudio publicado por Inera y Monsanto en 2011. Pero aunque la “aventura” de Burkina Faso haya calmado algunas tormentas en la región, no ha enterrado las ambiciones en África de los promotores de OGM. Más bien, lo contrario.

Antiguamente, Sudáfrica fue el único país africano que, en 1997, implantó este tipo de cultivos. Hoy, el 80% de su maíz, el 85% de su soja y casi el 100% de su algodón son transgénicos. Hubo que esperar hasta los años 2000 para que otros se lanzasen. En 2008, Egipto anuncia que comienza con la producción de maíz Bt. Ese mismo año, Burkina Faso, tras algunos años de pruebas, anuncia que cultivará algodón Bt. En 2012, fue el turno de Sudán de dar el paso con el algodón Bt “made in China”. Pero estos ejemplos no consiguieron convencer: en 2017, sólo Sudán, de donde es muy difícil obtener información, copió el ejemplo.

A pesar de todo, “el amparo [de las reticencias] comienza a romperse”, señalaba alegremente el Servicio internacional para la adquisición de aplicaciones agriobiotecnológicas (Isaaa). Este organismo privado, creado para fomentar los OGM en todo el continente, considera que “está a punto de surgir una nueva ola de aceptación [7]”. En diversos países se han adoptado leyes de “bioseguridad”, creadas para organizar la producción y la comercialización. Algunas ya autorizan pruebas en los suelos, en espacios cerrados y luego, campo abiertos. Es el caso de Burkina Faso, a pesar de la mala experiencia con el algodón, en cuanto al maíz y el caupí; de Egipto para el trigo, de Camerún para el algodón, al igual que Ghana (algodón, arroz, caupí), Kenia (maíz, algodón, yuca, batata, sorgo), Malawi (algodón, caupí), Mozambique (trigo), Nigeria (yuca, caupí, sorgo, arroz, maíz), Uganda (maíz, plátano, yuca, arroz, boniato) o Tanzania (trigo).

Dos países anglófonos lideran el movimiento de promoción de los OGM. Primero, Kenia, motor económico de África Oriental, donde se encuentran las sedes de numerosas organizaciones pro-transgénicos como Isaaa. Fue en Nairobi donde Monsanto trasladó, en enero de 2015, su sede africana, que hasta ese momento estaba en Johannesburgo. El gobierno podría autorizar dentro de poco la producción de algodón y de maíz Bt.
Nigeria, segunda potencia económica del continente después de Sudáfrica, también contenta a los promotores de transgénicos. Es el mercado con mayor potencial: en 2050, podría convertirse en el tercer país más poblado del mundo, con cerca de 400 millones de habitantes. En 2015, la Asamblea nacional autorizó los primeros experimentos tras un debate en el que se mencionó el ejemplo burkinés, cuyo fracaso aún se desconocía. En otoño de 2016, la Academia nigeriana de las ciencias (NAS) declaró los alimentos genéticamente modificados como seguros para consumo humano.

La “privatización de los seres vivos” está lejos de ser aceptada por estos dos países. En marzo de 2016, un centenar de organizaciones nigerianas, incluidos sindicatos de agricultores, movimientos estudiantiles y asociaciones, escribieron a los poderes públicos para protestar contra los proyectos de Monsanto. Jibrin Ibrahim, responsable del Centro para la democracia y el desarrollo y principal representante del movimiento, denuncia la estrategia de esta industria de producción de semillas que pretende “esclavizar a todos los agricultores” y que haría de Nigeria el nuevo “conejillo de Indias” de África [8] .

Al mismo tiempo, cerca de trescientas organizaciones de África Occidental lanzaron en 2016 una campaña que consistía en llevar una caravana de Burkina Faso a Senegal pasando por Mali. “Nuestro objetivo era sensibilizar sobre los peligros que suponen los OGM en cuanto a la economía rural y a la biodiversidad no solo a las partes más relevantes, a los agricultores, sino también a los poderes públicos,”, explica Ousmane Tiendrébéogo, el pilar de las luchas agrícolas en Burkina Faso. Participó en las audiencias de Monsanto ante el Tribunal Internacional, organizadas en La Haya por un colectivo de asociaciones en octubre de 2016. Este “proceso ciudadano” consiguió la condena simbólica del gigante el 18 de abril de 2017.

La lucha se organizó en todas partes de África. En Camerún, en 2012, desde que Sodecoto (equivalente a Sofitex) anunciara su intención de producir algodón Bt, se comenzó a constituir un colectivo bajo un nombre que bien se corresponde con su misión: Attention OGM [Atención OGM]. Uno de sus principales instigadores, Bernard Njonga, denuncia el “secretismo” y “falta de transparencia” que rodean al proyecto de Sodecoton. “Nuestro deseo es observar el proceso” nos explica. “No nos oponemos categóricamente a los OGM; simplemente pedimos que toda la información sea pública para que los ciudadanos cameruneses puedan decidir con conocimiento de causa. Pero no se nos da ninguna información; no se nos comunica nunca nada y, sobre el terreno, Sodecoton practica el ilusionismo con los campesinos: mayor rendimiento, menos tratamientos…

Los opositores de los OGM tienen que enfrentarse a una temible máquina de guerra. Además de Monsanto, que reparó en el potencial africano a finales de los años 90, la alemana Bayer (que está en proceso de comprar Monsanto), la americana DuPont Pioneer o incluso la suiza Syngenta (comprada por la empresa china ChemChina) han decidido elegir este continente. Según la Isaaa, se trataría del “último bastión” por conquistar: hay un 60% de cultivos herbáceos practicables no explotados del planeta y 3% de superficies cultivadas dedicadas a los transgénicos (2,6 millones de hectáreas según la Isaaa, en comparación con los 70 millones de Estados Unidos).

Además de su sede en Nairobi, Monsanto ha abierto oficinas en Malawi, Nigeria, Sudáfrica, Tanzania y Zambia. Gyanendra Shukla, director regional de producción de semillas, nació en India donde los transgénicos han conquistado ya el mercado del algodón. Cuando llegó a Nairobi, en enero de 2015, descubrió con satisfacción el “gran potencial” del continente. “La población africana pasará de 1.100 millones hoy a 4.000 millones en 2100” precisaba, y señaló que “hará falta producir muchos alimentos”. Recordó que el 95% de tierras subsaharianas escapan de la agricultura comercial y añadió que su objetivo era trabajar, como en su país, “con los pequeños agricultores” [9].

La casa Bayer también mostraba la misma ambición. Su implantación en el continente es más reciente pero igual de espectacular. La empresa alemana ya tenía oficinas en Kenia y en Sudáfrica. Ahora se ha extendido a África Occidental y Central, con una nueva sucursal regional, “Bayer West and Central America” (BWCA), que ha instalado su sede en Costa de Marfil y ha abierto sus oficinas en Ghana, Nigeria, Camerún, Senegal y Mali.

A principios de su conquista, las empresas de semillas se dirigían a los “fuertes” regímenes del continente, poco susceptibles a ceder ante la presión de los ciudadanos: el Egipto de Hosni Moubarak, el Sudán de Omar Al-Bachir, la Uganda de Yoweri Museveni o la Burkina Faso de Blaise Compaoré (agitada en octubre de 2014). Han sabido aprovechar la fragilidad de Sudáfrica, que acababa de salir del apartheid, para que esta cediera a los cantos de sirena de los transgénicos. Los gigantes de las empresas tecnológicas de OGM se apoyaron también en empresas piramidales en las cuales el campesino no tiene voz y se tiene que contentar con las semillas y las aportaciones, como en Burkina Faso, donde los agricultores de algodón son comparados con siervos que dependen totalmente de las sociedades algodoneras.

Para convencer a los indecisos, la industria de semillas esgrime dos objetivos que parecen inabordables: la lucha contra el hambre en un contexto de fuerte crecimiento demográfico y la disminución de pesticidas y herbicidas, una verdadera plaga en el continente. Pero, como remarca Jean-Paul Sikeli, secretario ejecutivo de la Coalición para la protección del patrimonio genético africano (Copagen) “los OGM no se han puesto en marcha para luchar contra la inseguridad alimentaria en el mundo. La mayoría de las veces están al servicio de los intereses comerciales de las grandes empresas biotecnológicas y agrícolas”. De hecho, la mayor parte de los transgénicos cultivados en África (algodón y soja, en su mayoría) no están destinados a alimentar a la población. En cuanto a la sustitución de productos químicos, el Centro de cooperación internacional de investigación agronómica para el desarrollo (Cirad) recuerda que existen otras soluciones antes de recurrir a los productos transgénicos, tal y como demuestran las acciones llevadas a cabo en Togo.

Para ganarse los corazones de la gente, los productores de semillas mencionan a una gran cantidad de asociaciones, fundaciones y ONG dedicadas a una causa mayor: la biotecnología. Son Africa Harvest, African Biosafety Network of Expertise (ABNE) (organismo creado por la Nueva alianza económica para África o Nepad [10]), AfricaBio, African Agricultural Technology Foundation (AATF) o la Isaaa. Esta última organiza viajes por todo el continente para persuadir a los campesinos y a los encargados de tomar decisiones. “Tienen bastante poder de convicción, incluso más que las propias empresas, ya que se presentan como entidades que actúan de manera desinteresada” apunta Christophe Noisette, creador de Inf’OGM. Estas estructuras, financiadas por los productores de semillas como Monsanto, reciben también el apoyo de fundaciones muy relevantes (Bill y Melinda Gates, Rockefeller) así como de la diplomacia estadounidense mediante la Agencia Estadounidense de Desarrollo Internacional (Usaid).

La AATF se sitúa en la vanguardia de la ofensiva de los productores de semillas. Con sede en Kenia, actúa junto a los poderes públicos africanos para que aprueben leyes sobre bioseguridad indispensables para el desarrollo de los OGM. Establece también vínculos con las grandes empresas y distintos programas presentados como humanitarios, como el caupí bt o el “Water Efficient Maize for Africa (“maíz económico en agua para África” o WEMA).

Lo que primero que se probó y, poco después, se comercializó, fue una semilla de caupí transgénica resistente a un insecto especialmente devastador. Esto sucedió en tres países: Burkina Faso, Ghana y Nigeria. Este tipo de haba, fuente importante de proteínas, es muy apreciada por los consumidores del África Occidental, sobre todo durante el período de final de temporada. El segundo experimento, que tuvo lugar en Kenia, en Tanzania, en Sudáfrica, en Mozambique y en Uganda, consistió en crear, por el método de selección convencional (marcaje genético o transgénesis), nuevas variedades de maíz resistentes a la sequía. Este proyecto, calificado como de tipo químico y que se compara a menudo al “arroz dorado” que se lanzó al mercado a bombo y platillo en los años 90, tuvo un fracaso absoluto [11]. Pero si hubiera tenido éxito, “podría haber convencido a todo el mundo” comenta Noisette preocupado.

Estos programas, que dicen tener el objetivo de luchar contra el hambre y la pobreza, se autoincluyen en la masa de iniciativas “humanitarias”. En un raro impulso de solidaridad, Monsanto ha puesto generosamente a disposición de la AATF y de los países que participan en el experimento una serie de recursos tecnológicos. “Ofrecemos las herramientas y los genes, sin regalías, y los institutos de investigación nacionales, como el Inera, hacen las pruebas”, explicaba el año pasado Doulaye Traoré, entonces representante de la empresa estadounidense en África Occidental. Pero según Noisette, “eso sirve mayormente para fabricar expertos que apoyen estas prácticas, formados en las propias empresas, que luego pasarán a formar parte de las agencias nacionales de bioseguridad”. Un antiguo miembro de la directiva de Monsanto, comenta de manera anónima que “estos productos no tienen ningún interés económico para las empresas. El caupí no representa nada para Monsanto pero le permite dar un lavado de cara a su imagen de cara a todos los que toman las decisiones (estos suelen inclinarse por este tipo de cultivo local y, por tanto, a favorecer las leyes que abren la puerta a los OGM), pero también establecer relaciones con los investigadores”.

Una investigación realizada por los investigadores canadienses Matthew Schnurr y Christopher Gore muestra cómo en Uganda la oferta (empresas productoras de semillas y organizaciones pro-OGM) ha precedido a la demanda (el Estado y los campesinos). “Invertir en ciencia y en investigación se percibe como un elemento clave para convencer a los gobiernos escépticos” escriben Schnurr y Gore [12]. Para ganarse a los mercados africanos, la industria de semillas ha comprendido rápidamente que los científicos, cuyas investigaciones precisan medios difíciles de conseguir, eran el eslabón débil de la cadena. En Camerún, donde Sodecoton lleva cinco años probando algodón genéticamente modificado, una fuente interna de dicha empresa declara que “es Bayer la que financia toda la investigación”.

A pesar de las advertencias, algunos países prevén pasarse al algodón Bt. Este es el caso de Costa de Marfil, vecina de Burkina Faso. En julio de 2016, su Parlamento aprobó por unanimidad una ley sobre bioseguridad. “Lo que nos interesa es que reduzcan las limitaciones estrictas de producción” explica Silué Kassoum, director general de la Federación de productores de algodón de Costa de Marfil, quien añade que “esto cambiaría todo; sería pasar de seis o siete tratamientos a sólo dos”.

Incluso Burkina Faso no ha terminado con los OGM. “Ciertamente hemos detenido la producción con Monsanto para el algodón transgénico pero no hemos abandonado la esperanza de volver a emplear la biotecnología”, advierte Wilfried Yameogo, director general de Sofitex. Los actores principales del sector han establecido conversaciones también con Bayer. Mientras tanto Inera, que había recibido 220 millones de francos CFA (340.000 euros) de Monsanto en 2015, continuó realizando pruebas no sólo con algodón, sino también con maíz y caupí. Cyr Payim Ouédraogo, presidente de la Red de comunicaciones en la biotecnología de África Occidental, de Burkina Faso (Recoab), no tira la toalla. Cada quince días, en la revista científica (algo raro en África) creada en 2015 de la que es director, Infos Sciences Culture, defiende una filosofía simple: “No son los OGM contra los que hay que luchar, sino contra sus efectos”. En un reportaje del 6 de agosto de 2017, realizó una pequeña investigación en el medio rural que mostraba a “valientes campesinos que esperan, en su mayoría, retomar el algodón Bt de buena calidad en un futuro cercao para optimizar sus producciones y obtener mejores ganancias, todo ello protegiendo su salud”.

Para el grupo de presión pro-transgénicos, el fracaso burkinés sólo sería un incidente atribuible a las acciones precipitadas de Monsanto. Un estudio de la Copagen que analiza los casos de 203 productores en tres regiones del oeste del país, revela sin embargo el alcance de los daños: el uso de semillas Bt ha provocado un aumento de los costes de producción de un 7% para los campesinos mientras que el rendimiento ha bajado un 7% aproximadamente [13]. La Copagen asegura que, entre las numerosas promesas de Monsanto, solo se ha cumplido la relacionada con la reducción del número de tratamientos insecticidas. Denuncia la deficiente trazabilidad: cerca de cuatro de cada diez productores afirman mezclar algodón Bt con algodón convencional en el momento de la compra o de la recogida. Lo que es aún más increíble es que el estudio constata que ocho años después de su introducción, “la mayoría de los productores no saben qué es un OGM y consideran el algodón Bt como una variedad mejorada de semillas”.

Aunque son los más expuestos al riesgo, los campesinos son los grandes ausentes del debate. Al no tener mucha formación, no disponen de las herramientas necesarias para hacer valer su punto de vista. No más que los ciudadanos. Schnurr y Gore señalan también que las decisiones, en la primera fase de aprobación de los transgénicos, se toman en petit comité, lejos de miradas indiscretas, entre actores públicos y privados, autoridades y científicos.

Según Sikeli, es ahí donde está el verdadero peligro: los OGM pueden llegar a transformar la agricultura africana a expensas de los agricultores. Explica que “en África, los campesinos trabajan generalmente pequeños terrenos de varios cultivos y con ganadería integrada, lo que es muy beneficioso para el medioambiente, la biodiversidad y los suelos. El cultivo de OGM es totalmente lo contrario, ya que va acompañado de una extensión de monocultivos sobre amplias porciones de terreno”. Afirma que este fenómeno puede llegar a crear “campesinos sin tierras” o de convertir a estos en simples “albañiles del campo”. Esto mismo es lo que anunciaba “inocentemente” Sofitex, allá por enero de 2006, a los agricultores de algodón: “Van a venir personas capacitadas para cultivar en miles de hectáreas. Ustedes van a convertirse en albañiles del campo”.

Rémi Carayol
Periodista

[1] Conferencia de prensa, Ouagadugu, 22 de abril de 2017.
[2] « Analyse économique du secteur du coton. Liens pauvreté et environnement » (PDF) [« Análisis económico del sector del algodón. Relaciones entre la pobreza y el medio ambiente »], Ministerio de medio ambiente y de calidad de vida, Ouagadugu, agosto de 2011.
[3] Lire André Linard, « Le coton africain sinistré » [El algodón africano devastado], Le Monde diplomatique, septiembre 2003.
[4] Jeffrey Vitale, Gaspard Vognan, Marc Ouattarra et Ouola Traore, « The commercial application of GMO crops in Africa: Burkina Faso’s decade of experience with Bt cotton » [La aplicación de cultivo transgénicos en África: la década de la experimentación en Burkina Faso con el algodón Bt] , AgBioForum, vol. 13, n° 4, Columbia (Missouri), enero de 2010.
[5] « Mémorandum sur la production et la commercialisation du coton génétiquement modifié au Burkina Faso » [Memorando sobre la producción y la comercialización del algodón genéticamente modificado], AICB, Ouagadugu, 2015.
[6] Jeffrey Vitale, Marc Ouattarra et Gaspard Vognan, « Enhancing sustainability of cotton production systems in West Africa : A summary of empirical evidence from Burkina Faso » [“Mejorar la sostenibilidad de los sistemas de producción de algodón en África Occidental: un resumen de las pruebas empíricas de Burkina Faso”], Sustainability, vol. 3, no 8, agosto 2011, www.mdpi.com
[7] www.isaaa.org
[8] Jibrin Ibrahim, « Monsanto’s plot to takeover Nigeria’s agriculture » [“El plan de Monsanto para conquistar la agricultura de Nigeria”], Daily Trust, Abuja, 25 julio de 2016.
[9] Jaco Visser, « Monsanto targets smallholder farmers » [Monsanto se dirige a los pequeños agricultores], Farmer’s Weekly, Pinegowrie (Sudáfrica), 8 enero de 2015.
[10] Lire Tom Amadou Seck, « Leurres du Nouveau partenariat pour l’Afrique » [Señuelos de una nueva alianza para África] , Le Monde diplomatique, noviembre de 2004.
[11] Lire Agnès Sinaï, « Comment Monsanto vend les OGM » [Cómo Monsanto vende los transgénicos], Le Monde diplomatique, julio de 2001.
[12] Matthew Schnurr y Christopher Gore, « Getting to “yes”: Governing genetically modified crops in Uganda » [Llegar al “sí”: controlar los cultivos genéticamente modificados en Uganda], Journal of International Development, vol. 27, n° 1, Development Studies Association – Wileys, Hove (Reino Unido) – Hoboken (Nueva Jersey), enero de 2015.
[13] « Le coton Bt et nous. La vérité de nos champs ! » [El algodón Bt y nosotros. La verdad de nuestros campos.], Coalition pour la protection du patrimoine génétique africain [Coalición para la protecci{on del patrimonio genético africano] (Copagen), Abiyán, marzo de 2017.
Fuente: https://www.monde-diplomatique.fr/2017/09/CARAYOL/57869

Traducido para UMOYA por Laura de la Barrera Díaz

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