El activismo y el modelo de desarrollo de Ruanda: Diane Rwigara se pronuncia

El rol del activista dentro de Ruanda es extremadamente tenso, ya que implica el equilibrio entre el deseo y la necesidad de expresarse con el fin de construir un futuro mejor para el país, con avanzar en un territorio exponencialmente peligroso con solo intentarlo. La valentía de Diane Rwigara es una llamada para otros activistas dentro de Ruanda para empezar a hacerse valer pacíficamente frente a su gobierno, recordándole que quieren hacerse oír, recordándole que también son parte de este proyecto de desarrollo. Por BRANDON FINN.

Diane Rwigara.

Ruanda ha estado recientemente en las noticias por el arresto de Violette Uwamahoro en febrero de 2017. Uwamahoro, la mujer de un activista opositor ruandés, volvía a Ruanda desde Inglaterra para asistir a un funeral cuando fue arrestada. Permaneció detenida sin cargos durante dos semanas, leyeron sus mensajes de teléfono y se la interrogó sobre las acciones de su marido, Faustin Rukundo. Uwamahoro fue puesta en libertad en marzo por un tribunal ruandés tras la importante atención mediática internacional y la presión a la que se sometió al gobierno ruandés para hacerlo. Su arresto no resulta algo extraño dentro del contexto ruandés. Su liberación, vinculada sin ninguna duda a su ciudadanía británica, no es característica del actual status quo.

Tal y como están las cosas, el Frente Patriótico Ruandés se ha dado a conocer por su gobierno despótico y la vida política y cívica restrictiva que hace cumplir. A diferencia del antiguo vicepresidente del Partido Verde Demócrata (Democratic Green Party), Andre Kagwa Rwisereka, el cual fue hallado decapitado en 2010, y a diferencia del antiguo jefe de espionaje, Patrick Karegeya, el cual se había distanciado del presidente ruandés y fue hallado muerto en una habitación de un hotel de Sudáfrica en 2014, Uwamahoro puede dar gracias de ser una excepción a la regla.

Los ejemplos citados anteriormente son de ruandeses conocidos que sufrieron por las estrategias de gobierno del presidente Paul Kagame. Sin embargo, numerosos casos de arrestos, exilios, encarcelaciones, desapariciones (como la de Illuminée Iragena) y asesinatos de ruandeses menos conocidos a menudo pasan desapercibidos a los medios internacionales. He escrito anteriormente sobre la detención de Shyaka Kanuma poco después de que publicara un post en Facebook pronunciándose como activista pacífico.

Dentro de este contexto, Ruanda ha ganado en desarrollo desde el genocidio de 1994. Sus reformas en sanidad han logrado una reducción drástica de la mortalidad infantil y un aumento de la esperanza de vida y ha generado una relativa estabilidad política en los últimos 23 años. Sin embargo, además de estos avances, han surgido algunas tendencias bastante preocupantes. Ruanda está en el puesto 161 de los 180 países de la Clasificación mundial de la libertad de prensa, y es la quinta de las poblaciones menos felices del mundo. Se ha producido, de hecho, un crecimiento económico, pero no ha tenido gran significación en el mercado laboral (una media de 8.810 empleos formales al año entre 2006 y 2010), muy por debajo de los puestos necesitados por año, entre 120.000 y 125.000, para absorber los nuevos ingresos en el mercado laboral. A pesar de estas tendencias, el presidente Paul Kagame ganó recientemente un referéndum en el que, se afirma, el 98% de la población ruandesa votó para cambiar la constitución con el fin de permitirle continuar con la presidencia hasta 2034.

Michela Wrong comenta sobre la dualidad de la naturaleza del modelo de desarrollo de Ruanda y su concepción por parte de los extranjeros: «los regímenes autoritarios con récords impactantes en cuanto a derechos humanos, muchas veces cumplen de manera impresionante en algunas áreas valoradas por los responsables de desarrollo, como los objetivos de desarrollo del milenio, y así se les pasan por alto sus comportamientos más atroces».

¿Qué ocurre cuando los ruandeses intentan plantarle cara a su gobierno en favor de avanzar en la reforma democrática del país? El rol del activista dentro de Ruanda es extremadamente peligroso, ya que implica el equilibrio entre el deseo y la necesidad de expresarse para construir un futuro mejor para el país, con avanzar en un territorio exponencialmente peligroso con solo intentarlo. Una prominente activista dentro de Ruanda que sigue en libertad, firme ante el peligro, y franca en contra de la opresión del gobierno actual, es Diane Rwigara.

Rwigara dió recientemente una rueda de prensa en Kigali y emitió un comunicado oficial preguntando a sus compañeros ruandeses cuánto tiempo permanecerían callados ante la opresión y las injusticias cometidas actualmente en el país. Rwigara viene de una familia ruandesa prominente que lleva acarreando una historia desagradable con el régimen actual, pero ella insiste en que habla por sí misma en su activismo y no representa a su familia. Su objetivo es el de «ser capaz de mantener un diálogo abierto pacíficamente» con el gobierno ruandés, y afirmó:

«Espero no ser silenciada, espero lo mejor, Confío en que nuestro gobierno será capaz de ver que todo lo que queremos es que, pacíficamente (e insisto en esto), mantengamos un diálogo abierto. Tengo esperanza en que las cosas van a cambiar».

Rwigara estuvo de acuerdo en ser entrevistada para este artículo y preguntó cómo el gobierno puede decir «yo trabajo para ti como tu representante[»], si no puede oírme, si no oye lo que necesito». ¿Cuáles son precisamente esas necesidades, y cuán difícil es expresarse uno mismo en Ruanda?

«Impyisi irakwirukansa ikakumara ubwoba», una hiena te persigue durante tanto tiempo que llega un momento en el que pierdes el miedo.

Con esta expresión kinyarwanda contestó Rwigara cuando le pregunté sobre el motivo por el cual se convirtió en activista. Hay «tanta pobreza, desempleo juvenil e injusticia en muchos sectores de la sociedad ruandesa que resultan tan obvios para Ruanda que debemos guardarlos en secreto. Me cansé de encarnar una imagen que no es real. Me cansé de esperar y de quejarme del estado de mi país y decidí que, en lugar de esperar, haría algo y lucharía yo misma».

Hace cuatro meses desapareció un amigo de Rwigara y su familia decidió, en lugar de hablar con la policía, permanecer en silencio por el miedo a las consecuencias que acarrearía hablar sobre ello. Además de «eliminar» a los disidentes políticos de la sociedad civil, el gobierno ruandés también detiene a los vendedores callejeros y «encierra a los pobres» simplemente por intentar ganarse la vida por sí mismos. Es posible simpatizar con el hecho de que la familia de Rwigara no hablara porque, tal y como dijo ella:

«En Ruanda hay más posibilidades de encontrar una cabra perdida que a un desaparecido».

La naturaleza peligrosa de la disidencia política y la crítica en Ruanda es lo que hace que Rwigara sea una activista admirable: su lucha por la emergencia de lo que espera será un movimiento no-violento hacia una sociedad abierta y funcional dentro de Ruanda. Rwigara ha hecho lo que muchos otros en su país quieren realizar, pero a lo que comprensiblemente no se atreven, por el miedo a las posibles consecuencias para sus vidas y su seguridad y las de sus familiares, encontrándose en un «sufrimiento silencioso» para preservar el status quo y su precaria seguridad.

En una entrevista para este artículo, el antiguo jefe de estrategia del presidente Paul Kagame, David Himbara, habló con admiración sobre la valentía que implica luchar contra las estrategias de gobierno del régimen de Ruanda. «Diane es una mujer extraordinaria; es como Rosa Parks en la historia de Estados Unidos. Debemos esperar que más gente como ella desafíe pacíficamente al gobierno si queremos llegar al desarrollo y al progreso». Los extranjeros y los donantes que visitan el país a veces describen Ruanda como un ejemplo de éxito, pero hay partes fundamentales de esta historia que no se cuentan porque es difícil encontrar a personas que se atrevan a ello como Rwigara.

El mandato de Rwigara es claro: quiere que tengamos debates abiertos y honestos en cuanto a la pobreza, la injusticia, la seguridad, el desempleo y la falta de libertad de expresión dentro de Ruanda. Todos estos asuntos siguen siendo un tabú dentro del país mientras que «existe una expropiación en curso sin compensación y están echando a los vendedores ambulantes de las calles, desprovistos de otra fuente de ingresos». El Banco Mundial informa de que, en 2013, más del 60% de la población de Ruanda ganaba todavía menos de 1,9 dólares al día y de que solo el 9% de su población rural tenía acceso a electricidad. Los ruandeses necesitan tener la capacidad de competir por mejorar su sociedad; sin embargo, se les niega tal posibilidad.

Agencias internacionales prominentes tales como las Naciones Unidas, Human Right Watch y Amnistía Internacional, han documentado los abusos que tienen lugar en Ruanda, aunque el cuento de que el país es la encarnación de la modernidad africana todavía pervive. Existe el mito sobre el desarrollo ruandés que afirma que, para que se produzca (a través de, por ejemplo, las mejoras en la sanidad), resulta justificable una estrategia de gobierno restrictiva y autoritaria dada su historia en cuanto al genocidio de 1994.

Activistas como Rwigara se preguntan por qué una aproximación post-genocida no puede incluir una reforma democrática, libertad de expresión y la formación de una oposición política. De hecho, afirmar que Ruanda debe proceder tal y como lo ha hecho hasta ahora implica adoptar una actitud condescendiente hacia el desarrollo de la nación. Los avances posteriores al genocidio no tienen por qué llegar con un juego de suma cero, los ruandeses son bastante capaces de obtener beneficios económicos y humanitarios a la vez. Este tipo de lógica, que compara constantemente el presente con una de las mayores catástrofes humanas del siglo XX, pone un listón demasiado bajo y se utiliza como excusa para las estrategias de gobierno del Frente Patriótico Ruandés.

Un joven trabajador en Kigali llamado Patrick me habló sobre sus frustraciones causadas por vivir allí: «Tal y como están las cosas, si la gente va a la huelga, van directamente a prisión y no los verás en un año. Esta incapacidad para expresarme es lo peor que hay en mi vida. La gente de este país trabaja para el presidente, todos temen a un hombre en esta nación. No trabajamos por los demás, trabajamos para él, como en un campo militar… Hay rabia en mí porque no puedo hablar». Los activistas como Rwigara han hablado y esperan que otros los sigan.

Rwigara hizo una pausa cuando le pregunté si tiene miedo por haberse «expuesto» como una activista crítica, aunque pacifista, en Ruanda: «No tengo miedo porque sentía más temor de guardármelo dentro, porque no hay vida en vivir una mentira. Seguir así es vivir una mentira cuando sabemos la verdad del problema, que no es otra que la de que nuestro país se está descomponiendo desde dentro. Está construido sobre arena». La valentía de Rwigara es una llamada para otros activistas dentro de Ruanda para empezar a hacerse valer pacíficamente en su gobierno, recordándole que quieren hacerse oír, recordándole que también son parte de este proyecto de desarrollo. DM

Por Brandon Finn

Fuente:Daily Maverick, Sudáfrica, Op-Ed: Activism and Rwanda’s Development Model – Diane Rwigara takes a stand, publicado el 27 de abril de 2017.


Traducido para UMOYA por Óscar Pérez Clemente y revisado por Alba López Fregeneda.

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