RDC: violencias en Kasai. La reacción del ejército. Pruebas en imágenes II

En el espacio de diez meses, el Gran Kasai, remanso de paz desde hace más de 40 años, se ha transformado en zona de conflicto. Desde la muerte del jefe Kamuina Nsapu, contamos centenares, posiblemente millares de muertos, al menos cuarenta y dos fosas comunes y más de un millón de desplazados. Frente a una insurrección sin precedentes, las fuerzas de seguridad han llevado una violenta campaña de contra insurrección. Los responsables son conocidos. Son el producto de las horas más sombrías de la historia del Congo, las de sus dos guerras y atrocidades que se perpetúan desde hace años en el este del país.

El Gran Kasai ha sobrepasado al este del Congo. La violencia ha alcanzado una rara intensidad. En diez meses, el conflicto entre los seguidores del jefe tradicional Kamuina Nsapu y las fuerzas de seguridad ha tocado a cinco provincias. Al menos cuarenta y dos fosas descubiertas, comunicados incesantes de las agencias o las organizaciones humanitarias, con cada semana, su nueva cifra, más de un millón de desplazados en el Gran Kasai… Desde enero de 2017, la insurrección se llena de conflictos interétnicos, la mayoría de las veces instrumentalizados con fines políticos. ¿Los militares congoleños? Los Kamuina Nsapu reaccionan a su despliegue como grupos de autodefensa del tipo Maï-Maï lo hicieron al principio de la primera guerra del Congo. Para los milicianos, estos militares, y en particular los que lo han sido de todas las rebeliones sostenidas por Ruanda, son unos invasores como el ejército ruandés.

En 1996 y 1997, son decenas, incluso centenares de millares de refugiados hutus ruandeses y civiles congoleños los que han sido masacrados en el camino que llevaba la Alianza de las Fuerzas Democráticas para la Liberación del Congo (AFDL) de Laurent Désiré Kabila, al poder y a Kinshasa. Para muchos, el tema sigue siendo tabú y ningún crimen ha sido juzgado. Es la base de la cultura de la impunidad en el Congo. Pero ante este aflujo de millones de refugiados, entre los cuales se contaban los que habían cometido el genocidio de los Tutsis en 1994 en Ruanda, el este del Congo no era tan diferente del Gran Kasai. A pesar de algunos dramas, la situación allí era globalmente apacible y no había violencia recurrente y generalizada. E incluso si en los vecinos Ruanda y Burundi los machetes ya habían hablado, el este resistía mal que bien. Sin matanzas en masa ni campañas de violaciones, sin tortura ni fosas comunes. La violencia todavía no ha alcanzado tal escala en RDC.

Los oficiales desplegados en el Gran Kasaï comenzaron sus carreras en esta época. Oficiales o “Kadogo”, son, para la inmensa mayoría, soldados del este del país, que han sido atraídos a venir a las tierras “sagradas” del jefe Kamuina Nsapu, por conveniencia de las reestructuraciones en el seno del ejército congoleño.

En vísperas de su muerte, el jefe tradicional Kamuina Nsapu no imagina que su territorio está a punto de caer en tal violencia. Un diputado lo advierte: “si esta gente viniera para invadir su reino para matar a mujeres y niños…”. Pero Jean- Prince Mpandi no quiere oír nada. No quiere ceder frente al poder y a sus fuerzas de seguridad.

Es el choque de dos mundos: de un lado Kinshasa, el poder, el dinero y los guerreros, y del otro, los campos del Gran Kasai, marginados, donde todavía se recuerda el tiempo en el que los jefes tradicionales eran reyes.

Kamuina Nsapu esperaba tallarse un reino en la RDC de Joseph Kabila, volver a las tradiciones y expulsar al Estado. Sus milicianos intentan hoy realizar su “sueño” con una violencia muy política y ciertamente no ciega. Frente a ellos, encuentran a los guerreros del Este.

El general Eric Ruhorimbere, un antiguo rebelde a la cabeza de la represión

El 29 de mayo de 2017, la Unión Europea adopta sanciones contra nueve personalidades congoleñas, políticas la mayoría. En el expediente Kasai, hay sólo un nombre de oficial: el General Eric Ruhorimbere. Jefe de operaciones, se le reprocha haber recurrido a la fuerza con exceso y de ser responsable de ejecuciones sumarias cometidas por sus militares en el Gran Kasai.

Si bien hoy tiene su base en Mbuji-Mayi en Kasai-Oriental, Eric Ruhorimbere ha estado en todas las rebeliones en el este del país, entre ellas las más denunciadas por la ONU por crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra. Gafas de sol clavadas sobre la nariz, postura rígida, Eric Ruhorimbere no es hombre que vacile.

En primer lugar, durante la primera guerra del Congo, escoge el AFDL, la rebelión, sostenida por Ruanda y Uganda, que lleva una campaña militar de una violencia poco común y derriba en algunos meses el régimen vacilante del viejo presidente Mobutu. Su etnia, los Banyamulenge, son el blanco de ataques por parte de milicianos ex-FAR / Interahamwe y por milicianos de otras comunidades congoleñas. Se encuentra en una alianza objetiva con Ruanda. El nuevo régimen en Kigali quiere perseguir a los Hutus, ex-FAR como refugiados, lejos de sus fronteras. Los Banyamulenge quieren empujarlos fuera de lo que consideran sus tierras.

Eric Ruhorimbere es aún un combatiente rebelde cuando reúne el RCD contra el joven régimen de Laurent Désiré Kabila que viene para volverse contra sus antiguos aliados, Kigali y Kampala. Es el principio de la segunda guerra del Congo. Eric Ruhorimbere es, particularmente, sospechoso de formar parte de los comandantes banyamulenge que han participado en el asesinato de 36 oficiales congoleños en el aeropuerto de Kavumu en Kivu Sur, el 4 de agosto de 1998, y en las matanzas de Makobola y Kasika en Kivu Sur entre 1998 y 1999.

El “Mapping Report” 20 años de impunidad en el Congo.

Al terminar la guerra, Eric Ruhorimbere no tiene ninguna intención de dejar su “reino” del Este. Como su compañero de armas Laurent Nkunda, se niega en 2003 a “ser removido”, es decir mezclado con otros antiguos beligerantes y enviado a otra provincia de la RDC. Es el caso de buen número de oficiales ruandofonos. Para ellos, está fuera de cuestión dejar a sus enemigos asegurar la seguridad de sus familias y de sus bienes en los Kivus Norte y Sur. Y sin embargo el objetivo, es crear un nuevo ejército nacional y republicano. Es lo que deberían volverse las FARDC, Fuerzas armadas de la República Democrática del Congo.

En 2004, durante la toma de Bukavu, encontramos, sin sorpresa, a Eric Ruhorimbere al lado del coronel sublevado Jules Mutebutsi. Como él, será obligado a huir un tiempo a Ruanda. Tres años más tarde, se adhiere, aunque tardíamente, al CNDP, la rebelión de Laurent Nkunda. Después de 10 años de impunidad, estos oficiales, temidos, no vacilan en masacrar, incluso bajo la mirada de los cascos azules, como en Kiwanja en 2008.

Los lugareños descubren una de las víctimas de la masacre de Kiwania, el 6 de noviembre de 2008. © Roberto Schmidt / AFP

Leer en versión original el informe sobre Kiwanja de Septiembre de 2009

Única distorsión a este proceso, el M23. A diferencia de otros movimientos rebeldes del Este, Eric Ruhorimbere no se suma a éste aunque incluso sirvió mucho tiempo bajo las órdenes de Bosco Ntaganda, llamado “Terminator”, que está en el origen de esta rebelión de 2012. Mientras que el M23 huye a Uganda y a Ruanda, Eric Ruhorimbere es recompensado por su aparente fidelidad a las FARDC. Aunque forme parte de los generales considerados por la Monusco como “rojos”[No elegibles para ningún puesto de la ONU por ser considerados responsables de violación de derechos humanos], es promovido a general en 2014. A dos años del fin de su segundo y último mandato, Joseph Kabila lo nombra, en compañía de otros generales “rojos”, en el centro y el oeste del país. ¿Es casualidad? Es allí donde la población es más susceptible de manifestarse contra su mantenimiento el poder.

La otra razón por la que el poder desplaza a los generales de este a oeste, es que quiere impedir a estos exrebeldes volverse contra el presidente Joseph Kabila, particularmente separándolos de sus bases, Ruanda y Uganda. Esta reorganización se hace con gran riesgo de los de Kasai que consideran a estos militares extranjeros, “ruandeses”, presentados como criminales y opresores. Uno de los primeros en abrir la vía este-oeste es el general Obed Rwibasira, hasta ahora comandante de la región militar de Kivu Norte. Estaba acusado de dejar al ejército ruandés hacer incursiones en territorio congoleño. Es trasladado en diciembre de 2004 a Mbuji-Mayi, en Kasai Oriental, luego a Kananga, a Kasai Central. Cuando la crisis del M23 estalla, el estado mayor teme que algunos de sus oficiales se unan a los rebeldes. Entre estas unidades, está el regimiento 811, comandado por el coronel Innocent Zimurinda, que igualmente es trasladado a Kananga en abril de 2012. En su mayoría, estos oficiales ruandofonos llevan cerca de diez años de presencia en el Gran Kasai.

En Tshumbulu, el coronel François Muhire y 19 fosas comunes

En Tshimbulu, en Kasai Central, los habitantes llaman “las catástrofes” a la sucesión de ataques místicos y de represiones sangrientas. Estos últimos meses, marcan su ritmo diario. La primera “catástrofe” tiene lugar estando vivo el jefe Kamuina Nsapu. El 8 de agosto de 2016, sus adeptos toman por asalto la comisaría y otros edificios públicos. Estos enfrentamientos producen una decena de muertos. Pero es a partir de enero de 2017 cuando se vierten “ríos de sangre”. En cinco meses, los milicianos atacan en diez ocasiones y son masacrados en Tshimbulu y en las localidades cercanas. De las cuarenta y dos fosas que la ONU ha documentado hasta ahora, diecinueve han sido descubiertas en Tshimbulu.

Desde enero de 2017 y la aparición de estas fosas comunes, el oficial al cargo de las operaciones en Tshimbulu se llama François Muhire Sebasonza. La justicia militar congoleña lo acusa de ser uno de los principales autores de una matanza cometida cuatro años antes en Kivu Norte.

Estamos en Kitchanga en Kivu Norte en febrero de 2013. El regimiento de François Muhire, en la época, se llama el 812. Los enfrentamientos se convierten en matanza de civiles: por lo menos 200 muertos y centenares de casas quemadas o saqueadas.

Estos civiles eran sospechosos para François Muhire y sus hombres de sostener un grupo armado rival, que debía ser integrado en el seno del ejército congoleño. La justicia militar congoleña identifica a catorce oficiales, entre ellos François Muhire, como los principales responsables de estas violencias.

Peor, el grupo de expertos de las Naciones Unidas acusa a François Muhire de haber distribuido armas a civiles de su comunidad, mientras que su superior -él- llamaba a matar a la población de Kitchanga. Después de haber sido atacado por un grupo armado, la unidad de François Muhire se habría vengado, según los expertos de la ONU, masacrando a la población de Kitchanga, acusada de ser cómplice del grupo rival. En julio de 2013, esta información es transmitida por el grupo de expertos de las Naciones Unidas sobre el Congo al Consejo de Seguridad de la ONU.

Tras la matanza de Kitchanga, François Muhire y sus hombres desaparecen del teatro de operaciones. Los hombres del regimiento 812 son redesplegados en Kananga, en Kasai Central. Es por otra parte allí, el mismo año, cuando los militares son interrogados por primera vez. Tres años más tarde, a principios de 2016, la justicia militar congoleña tiene una lista de catorce sospechosos, entre los que está François Muhire. Aunque se haya interrogado a más de 400 testigos, los principales autores de esta matanza jamás han sido arrestados. Empujado por la ONU, el auditor militar congoleño a cargo de este espinoso expediente, el coronel Jean Baseleba Bin Mateto, pide a su jerarquía que vuelva a llamar a los catorce oficiales de Goma. El magistrado ha identificado los nombres de sus nuevas unidades y su lugar de afectación. Pero no emite órdenes de detención. Según fuentes próximas del expediente, vacila, porque teme represalias.

En mayo de 2016, algunas semanas después de su demanda, el coronel Bin Mateto es trasladado a la provincia de Kongo Central, muy lejos de Goma y de este asunto. Oficialmente, según las informaciones recibidas por el magistrado militar, el regimiento 812 se supone que se encuentra en Katanga, lejos del Gran Kasai. Pero cuando la crisis Kamuina Nsapu estalla, por lo menos cuatro de los oficiales sospechosos de la matanza de Kitchanga están en Kananga, luego en Tshimbulu. En sus teatros de operaciones, las fosas comunes se multiplican.

Entre el 8 de agosto de 2016 y el 4 de enero de 2017, Tshimbulu no conoce ningún enfrentamiento. El coronel Muhire y sus hombres llegan y, justo después de la fiesta de año nuevo de diciembre de 2016, los milicianos lanzan su primer ataque.

Para los milicianos Kamuina Nsapu, los oficiales FARDC ruandofonos son “ruandeses”, extranjeros que hay que expulsar de su “tierra sagrada”. Su llegada es sinónimo de invasión. Los milicianos atacan casi cada mes la ciudad de Tshimbulu, donde están estacionados estos militares. Bajo las órdenes del coronel François Muhire, las FARDC responden a eso con lanza-cohetes. En el vídeo del 4 de enero, un militar mismo lo dice.

Después del ataque del 9 de febrero de 2017 y la represión que sigue, el gabinete conjunto de las Naciones Unidas para los derechos humanos se alarma públicamente, por primera vez, al tener en cuenta informaciones de la utilización de estos lanza cohetes por el ejército. En el vídeo rodado por un soldado el 9 de febrero de 2017, entre las armas incautadas a los milicianos, no parece haber más que un arma de fuego verdadera. Y sin embargo, parece más bien antigua, del tipo escopeta de caza de fabricación tradicional.

Es del calibre 12. La calidad de la imagen está muy degradada. Pero el militar revisa las “armas”. Hay tres, quizá cuatro. Todas las demás son juguetes de madera.

Teléfono móvil en mano, el militar pasa revista también a los cuerpos de las víctimas. Una adolescente con las piernas abiertas, con el pagne (falda) levantado.Una segunda de más de edad, en la misma posición, con la falda levantada. Primer plano. La primera parece haber recibido una bala en la cabeza, la segunda tiene la parte superior del cuerpo ensangrentada.El autor del vídeo los filma de cerca y bajo todos los ángulos. Un niño, la cara destrozada. Gira alrededor. Dos jóvenes con vendas rojas. El segundo tiene los pantalones bajados. Primer plano. Cinco víctimas, entre ellos mujeres y niños, por lo general con juguetes de madera, “armas místicas” o armas tradicionales, pero no armas de guerra. En segundo plano, un policía y militares discuten a una cierta distancia del que rueda. El se desplaza en medio de ellos para rodar estos cuerpos.

Las fosas comunes de Tshimbulu son fáciles de detectar. Todos los habitantes hablan de eso. Están siempre cerca de la carretera. Al lado, sobre la pista, hay restos de sangre y “de la materia de cerebro”. A veces, brazos, piernas, cuerpos enteros, que están mal enterrados o se quedan al aire libre.La tierra está recientemente removida. Estas fosas se encuentran, en su inmensa mayoría, en un radio de menos de cinco kilómetros alrededor de Tshimbulu.

Los primeros meses, el ejército congoleño parecía carecer de medios logísticos. Por eso, requisaba camiones civiles para transportar a los soldados o los cuerpos de las víctimas de los enfrentamientos. Así, el 12 de agosto de 2016, uno de estos camiones civiles es visible en un segundo plano en uno de los vídeos del asalto sangriento contra Kamuina Nsapu. Pero todo cambia a partir de diciembre de 2016. El 21 de diciembre, tiene lugar la masacre llamada “Mwanza Lomba”.

Uno de los militares presentes rueda un video. En este vídeo, que revela las fechorías del ejército, uno de los soldados habla del “despacho 4”. Es el nombre de la oficina logística en el seno del ejército congoleño. Es él quien está a cargo de los camiones y del abastecimiento. Hoy, una fuente en el seno del estado mayor congoleño confirma que se ha decidido, a finales de diciembre de 2016 – principios de enero de 2017, desplegar camiones militares en la zona para sostener las operaciones del ejército. Uno de estos camiones sigue a los soldados que, el 21 de diciembre de 2016, ejecutan presuntos milicianos cerca de Mwanza Lomba. Desde enero de 2017, los habitantes del Kasai Central dicen ver estos camiones militares. Cuando circulan por la noche, los aldeanos descubren al día siguiente fosas comunes.

El “teniente Julle”, el otro carnicero

En Tshimbulu, hay otro nombre que se murmura, es el de un teniente. Julle Bukamumbe llamado de Kasai. Sería hasta originario del territorio de Kazumba, en Kasai Central. Es un “verdadero” oriundo de Kasaï que habla tshiluba, pero también las otras dos lenguas habladas en el seno del ejército, el lingala y el suajili. El “teniente Julle” ha desembarcado un día con un oficial en uno de estos camiones militares.

Era fin de diciembre de 2016. El oficial se fue, circula con su camión por el territorio de Dibaya, pero el teniente Julle Bukamumbe se queda. Está allí cuando el coronel François Muhire ha sido visto por primera vez en Tshimbulu.

El teniente Julle Bukamumbe no se esconde, es incluso hasta hablador con la población local. Se queja de las malas relaciones con los “ruandeses”, favorecidos por la jerarquía. Como los Kamuina Nsapu, acusa a sus compañeros de armas ruandofonos de ser “extranjeros”.

Pero el teniente Julle tiene preocupaciones más concretas.A principios de marzo de 2017, según una fuente militar, se quejó directamente a Kinshasa de la falta de alimento, para disgusto del general Eric Ruhorimbere que lo habría vuelto a llamar a Kananga. Otras fuentes dicen que el teniente Julle ha saqueado un pueblo. También habría trabajado por cuenta de una autoridad local. Julle Bukamumbe no parece muy popular.

El teniente Julle “ha matado mucho”, dicen los aldeanos, y no solo en Tshimbulu. Habitantes del territorio de Dibaya, allí dónde arrancó la insurrección, dicen haber reconocido su voz en los vídeos del asalto mortal contra el jefe Kamuina Nsapu, el 12 de agosto de 2016. Tres fuentes dicen identificarlo formalmente. Entre ellas, hay una del autor de uno de ambos vídeos, la más formal.

Según las informaciones recogidas por RFI, el teniente Julle Bukamumbe es íntimo de She Kasikila, el ex jefe  de la 5ª brigada. Diez años antes, hasta habría combatido bajo las órdenes de She Kasikila en el seno de esta unidad.

She Kasikila contra los ruandofonos

Las brigadas se convirtieron en regimientos en 2010 – 2011. Y los hombres de la 5ª brigada se encontraron particularmente en el regimiento 811 de las FARDC. En 2012, han sido trasladados a Kananga para evitar su adhesión a la rebelión del M23. ¿El teniente Julle Bukamumbe era el premio? Una cosa es segura, en agosto de 2016, está presente sin lugar a dudas en Kananga.Y para los militares y los policías presentes, la situación es grave, es un momento crítico porque todos están acusados por su credulidad y su falta de eficacia. Según un responsable local de los servicios de seguridad, en aquella época, a policías y militares les resulta difícil oponerse a los “niños” de Kamuina Nsapu, que sólo están armados con simples palos. Algunos de estos policías y militares, originarios del Gran Kasai, se adhieren a los milicianos, y estas adhesiones inquietan a las autoridades. Otros, agentes locales u originarios de provincias que tienen las mismas creencias que los Kamuina Nsapu, tienen miedo de sus “poderes místicos”, de sus armas de madera y de su “bautismo” que se supone que les hace invencibles.

Cuando el 12 de agosto de 2016, militares y policías son enviados al asalto del domicilio de Kamuina Nsapu, deben demostrar que saben llevar las operaciones esperadas.

En dos vídeos rodados el 12 de agosto de 2016, el día de la muerte de Kamuina Nsapu, se cita el nombre del presidente Joseph Kabila. Hay un vídeo atribuido al teniente Julle Bukamumbe. Y el de otro militar, el que está en el patio de Kamuina Nsapu. Frente a su cadáver, teléfono móvil en mano, el militar que rueda acusa a Jean-Prince Mpandi, es decir Kamuina Nsapu, de haber faltado al respeto al jefe de Estado. En los otros cinco vídeos de abusos cometidos por las fuerzas de seguridad, de las que RFI ha recibido copia, ya no hay ninguna referencia al presidente Kabila. Éste estaba en Kananga tres semanas antes de la muerte del jefe Kamuina Nsapu para inaugurar una central solar, pero también para informarse de la crisis.

¿Por qué se filman los militares congoleños?

Las autoridades contraatacan

El 18 de febrero de 2017, verdadero primer golpe de advertencia para el gobierno congoleño. Aquel día se publica en las redes sociales el vídeo llamado “de Mwamza Lomba”.

Enseguida, los gobiernos americano y francés saltan a la palestra y reclaman una investigación. El ministro congoleño de Comunicación, Lambert Mendé, denuncia un “montaje ridículo” y habla de “rumores malévolos”.Con el apoyo de su tesis, elabora, incluso, en francés y en inglés, la opinión de un experto no identificado más que como “M. K.”. Extrañamente, su valoración se titula Manipulación de imágenes de Tshimbulu.

A pesar de los desmentidos oficiales, la justicia militar congoleña abre una investigación. El gabinete conjunto de las Naciones Unidas para los derechos humanos se dice dispuesto para prestarle asistencia. La demanda es aceptada el 25 de febrero de 2017, pero, cuando se trata de ir al terreno, el equipo de la ONU se mantiene a resguardo. Se dijo que la carta de designación había sido “mal cumplimentada”. Los magistrados militares congoleños continúan pues solos su trabajo.

El 20 de febrero de 2017, cuando el alto comisario de las Naciones Unidas para los derechos humanos, el jordano Zeid Ra’ad Al Hussein, pide el cese de las matanzas en el Gran Kasai, hace referencia al vídeo de Mwanza Lomba. Los investigadores de la oficina conjunta de las Naciones Unidas para los derechos humanos (BCNUDH) multiplican entonces las misiones in situ para intentar verificar las alegaciones de fosas comunes. En lo sucesivo, ya no están solos. Los cascos azules y otras secciones de la Misión de la ONU también están implicados en las investigaciones sobre los abusos. Pero las restricciones son múltiples y algunos cascos azules dicen hasta haber sido amenazados con armas por los militares congoleños mientras que intentaban progresar hacia presuntos sitios de fosas comunes.

Diez días después de la llamada del alto comisario, el 18 de marzo de 2017, la justicia militar congoleña dice haber detenido a siete sospechosos, todos militares, y descubierto dos fosas comunes. Ya no es cuestión de un montaje grosero. El auditor general congoleño, el general Joseph Ponde, enumera una larga lista de cargos de acusación: crímenes de guerra por homicidio, mutilación, tratamiento cruel, inhumano y degradante, negativa de denuncia de una infracción cometida por justiciables o jurisdicciones militares. Pero insiste en el contexto, esta guerra asimétrica “impuesta” a las fuerzas de seguridad, y sobre el hecho de que los milicianos atacan a los símbolos del Estado, están armados y matan.

Así en dos provincias, el magistrado militar da el número de armas incautadas a los milicianos: cinco armas de fuego, entre ellas AK47, tres bombas y una “cantidad importante” de armas blancas en Kasai Central y doce fusiles calibre 12, un fusil AK47 y una “cantidad importante” de armas blancas en Kasai Oriental.

Pero en este mes de marzo de 2017, las Naciones Unidas tienen otro tema de preocupación. Desde el 12 de marzo, la ONU está sin noticias de dos de sus expertos, Michael J Sharp y Zaida Catalán, y lleva una gran campaña de búsqueda. Una vez más, el gobierno congoleño limita el acceso a Kasai Central. Juzga que es demasiado peligroso dejar a extranjeros circular sin que ser previamente informado, e incluso sin que estos extranjeros gocen de una escolta militar de las autoridades. Abre una investigación el mismo día sobre la desaparición de Michael J Sharp y Zaida Catalán. Kinshasa comunicará incluso antes de Nueva York sobre este “secuestro”.

Los Kamuina Nsapu ¿Terroristas?

Hasta ahora, las autoridades congoleñas comunicaban sólo muy raramente sobre las pérdidas infligidas por los Kamuina Nsapu a las fuerzas de seguridad. Pero, a finales del mes de marzo de 2017, la policía afirma que, el fin de semana del 23 y 24 de marzo, por lo menos 39 policías han sido ejecutados por milicianos. Habrían caído en una emboscada en Kamuesha, en la provincia de Kasai, en el eje Tshikapa-Kananga. Antes de ser asesinados, habrían sido hechos prisioneros con sus dos camiones llenos de material de mantenimiento del orden.

El sonido es difícilmente audible. Pero en este vídeo, presuntos milicianos Kamuina Nsapu interrogan a policías sentados, algunos descalzos. Uno de ellos se presenta como un periodista y hasta da su nombre.

La policía anuncia poseer otro vídeo, el de la ejecución de estos prisioneros. Y la comunidad internacional condena sin tener más informaciones.

El que se presenta como Grégoire Muamba wa Tshitala interroga a los policías. Las conversaciones suceden en tshiluba, la lengua local. Se trata de un simple interrogatorio sobre el objeto de sus misiones. Los policías parecen venir de diferentes provincias. Uno de los aldeanos insiste, por otra parte, para que los policías hablen en tshiluba. Son acusados de ser traidores. El portavoz de la policía congoleña había asegurado tener un vídeo de su ejecución.

Un mes más tarde, el 24 de abril de 2017, el vídeo de los policías capturados se presenta a los medios de comunicación por el portavoz de la policía y el ministro de Comunicación. Es difundido con otros dos registros de abusos atribuidos a los Kamuina Nsapu: un vídeo corto de decapitación y el vídeo de la ejecución de dos expertos de la ONU, desaparecidos desde el 12 de marzo.

Para las autoridades congoleñas, estos vídeos ponen término al debate. Los Kamuina Nsapu se presentan como “terroristas” y como los principales responsables de las violencias en el Gran Kasai. El 15 de mayo de 2017, el portavoz del ejército entrega un balance de las operaciones desde principios del mes de marzo: 390 milicianos, 39 militares y 85 policías asesinados.

Kinshasa se opone a toda investigación internacional

Desde que, el 8 de marzo de 2017, el alto comisario de las Naciones Unidas apeló a una investigación internacional, los oficiales “más visibles” del ejército congoleño han desaparecido poco a poco de los teatros de operaciones. Ni el coronel François Muhire, ni el teniente Julle Bukamumbe están actualmente presentes en Tshimbulu. En Kananga, el mando operacional ha sido en lo esencial reemplazado. Todos parecen haber sido redesplegados hacia nuevos teatros de operaciones.

El gobierno, por su parte, multiplica las misiones en el extranjero. Hecho raro, el presidente Kabila mismo hace dos desplazamientos, uno a Egipto y otro a Gabón, dónde se celebra una cumbre de la CEEAC. El Ministro de Asuntos Exteriores Léonard She Okitundu va a todas partes, a Egipto y a Gabón, pero también a Angola y a Sudáfrica (los pesos pesados de la SADC), así como a Burundi y a Ruanda (los vecinos), y a Sudán del Sur y a RCA. El ministro congoleño se ha entrevistado con el chadiano Idriss Deby,el ecuatoguineano Teodoro Obiang Nguema, el guineano Alpha Condé, el congoleño Denis Sassou Nguesso, el argelino Smaïl Chergui, comisario de Paz y Seguridad de la Unión Africana, e incluso el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguei Lavrov. Y esta diplomacia “activa” parece dar sus frutos. Así, el 29 de mayo de 2017, cuando la Unión Europea adopta sanciones contra nueve personalidades congoleñas como consecuencia de la represión en el Gran Kasai, 42 fosas comunes y vídeos de abusos, algunas voces en el continente se sublevan, como la de Angola.

Según los diplomáticos occidentales, Rusia y China bloquearon toda investigación internacional sobre estas matanzas. En cuanto al gobierno congoleño, se dirá únicamente presto para aceptar una investigación conjunta, como ya lo hizo sobre otros expedientes.Kinshasa mantendrá el control y la ONU no será autorizada más que a dar un apoyo como ya hizo en el pasado, particularmente en 2013 para la matanza de Kitchanga.

Queda el Consejo de los derechos humanos de la ONU. Su alto comisariado esperaba todavía en el transcurso de la sesión de junio de 2017 obtener una comisión de investigación internacional [También resultó rechazada por los países miembros, incluidos los africanos]. Durante la sesión precedente, en marzo, países africanos, entre ellos Sudáfrica, bloquearon esta iniciativa. Cualquiera que sea la decisión tomada, en nombre de la soberanía, está fuera de cuestión para el gobierno congoleño aceptar una investigación internacional ni sobre las matanzas del Gran Kasai, ni incluso sobre la ejecución de los dos expertos de la ONU, el americano Michael J Sharp y la sueca Zaida Catalán.

Autora: Sonia Rolley, RFI

Periodista multimedia: Latifa Mouaoued, RFI
Redacción en jefe África: Laurent Correau, Christophe Boisbouvier RFI
Adjunto a la directora de RFI servicio África, Yves Rocle
Adjunto a la directora de RFI, Nuevos Medias: Christophe Champin
Periodista, responsable servicio vídeo RFI: Ariane Poissonnier
Concepción, grafismo y desarrollo: estudio Gráfico – Francia Medios de comunicación Mundo
Fotos: DR.

Fuente: RFI. RDC: Violences au Kasaï. Capitre 2: La réaction de l’armée. Des preuves en images, publicado el 14 de junio de 2017.

Traducido para Umoya por Mª Isabel Celada Quintana.

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