El asesinato del arzobispo de Bukavu, Christophe Munzihirwa, por Paul Kagame, un cinismo exacerbado: El móvil de ese asesinato

“Nos gobiernan por la fuerza, mejor dicho, por la ignorancia”.

En la época en la que la guerra de los banyamulenges en el Este del Congo acababa de comenzar, hubo muchas declaraciones en todos los sentidos.

El 28 de octubre de 1996, el ex Jefe de Estado ruandés, Pasteur Bizimungu, un hutu miembro del movimiento político-militar extremista tutsi (FPR) que acababa de tomar el poder en Kigali, sorprendió a los periodistas con la falta de delicadeza de sus palabras durante una rueda de prensa, declarando que hacía falta otra conferencia de Berlín para modificar la frontera entre Ruanda y el Congo-Zaire. Esta declaración produjo un clamor de protesta en el Congo.

¿De dónde provenía semejante idea y cómo un político de primera línea pudo expresarla?

A decir verdad, ese hombre que pedía un nuevo trazado de la frontera entre Ruanda y Zaire era un vocero de los extremistas tutsi. Esos tutsis, tal como sabemos, tienen la costumbre de utilizar a hutus sin envergadura para que expresen sus puntos de vista sin que puedan ser identificados como los verdaderos instigadores de un proyecto de desestabilización en la región. Siempre se ponen a cubierto detrás de un hutu extremista para hacerle decir públicamente lo que ellos mismos proyectan hacer. Esas intempestivas declaraciones sobre la puesta en entredicho de la integridad territorial del Congo-Zaire, no fueron muy reconfortantes para los congoleños.

En el mes de agosto de 1994, los parlamentarios congoleños se desplazaron a las regiones de Kivu Norte y Kivu Sur. El Alto Consejo de la República (parlamento de transición) decidió crear una comisión parlamentaria para estudiar la situación en la región fronteriza con Ruanda. Los miembros de esta comisión constataron los problemas de inseguridad en esa región y la persistencia de los enfrentamientos entre los refugiados hutus y los antiguos emigrantes tutsis del Congo.

Esos enfrentamientos en territorio congoleño no eran un buen presagio. Del mismo modo, los parlamentarios también constataron que ciertos ruandeses intentaban conseguir la nacionalidad congoleña con el uso de las armas. También se dieron cuenta de que ciertos tutsis, sobre todo los que ya eran considerados como ciudadanos congoleños, estaban regresando a Ruanda para instalarse y ocupar el lugar de los hutus que estaban en el exilio. También supieron que el APR, formado en esencia por tutsis, prometía eliminar las poblaciones civiles hutu si decidían regresar a Ruanda. En esa época algunos refugiados hutu preferían morir en el Congo en vez de regresar a sus casas en Ruanda.

Esos parlamentarios se dieron cuenta con horror de que la mayor preocupación de los refugiados tutsi de 1959-1960 siempre fue, no el convertirse en congoleños, sino más bien preparar su regreso a Ruanda tras el derrocamiento del poder hutu del presidente Juvenal Habyalimana. Ese regreso, dijeron los parlamentarios congoleños, no excluye su atadura, no al Congo, sino más bien a las riquezas que algunos de ellos amasaron durante años y que les permitían ser congoleños cuando vivían en el Congo y ruandeses cuando regresaran a Ruanda.

A propósito de éstos, los parlamentarios estaban indignados por su falta de lealtad y esa ingratitud hacia el Zaire que les había dispensado una acogida digna y calurosa. A su regreso a Kinshasa, los parlamentarios adoptaron varias resoluciones urgentes que esperaron fuesen suficientes en vista de la gravedad de la situación. Pidieron al presidente de la República lo siguiente:

  1. Anular los actos de nombramiento de los emigrantes y refugiados tutsis ruandeses en todos los estratos de la administración del Congo-Zaire y en sus delegaciones diplomáticas.
  2. Anular los actos de nombramiento de los emigrantes y refugiados tutsis en las zonas de Rutchuru, Masisi y Walikale.

También pidieron que se apartaran a los emigrantes que ocupasen puestos importantes en esas estructuras del Estado, así como la anulación de un partido político y de una mutua creada por extranjeros, sobre todo tutsis.

Si los parlamentarios congoleños acababan de darse cuenta de la gravedad del problema y del juego de los refugiados tutsis ruandeses en su país, el arzobispo de Bukuvu, que fue un hombre muy respetado y apreciado por los congoleños, ya lo había visto muy claro.

Ligado a los derechos humanos, a la verdad y a la justicia, había testificado ante la comisión parlamentaria del Congo-Zaire sobre las verdaderas intenciones de esos extremistas tutsis.

El 30 de enero de 1996, Monseñor Munzihirwa también alertó al que él creía que podría comprender lo que se estaba tramando en el Congo y sería capaz de ayudarle a frenar el peligro, el antiguo presidente americano Jimmy Carter. He aquí el contenido de la carta:

Señor Presidente,

Asunto: regreso de los refugiados ruandeses y masacres masivas en Ruanda.

Usted ha emprendido la cuán difícil tarea de trabajar por la paz en la región de los Grandes Lagos, lo cual le agradecemos profundamente. Como las noticias que nos siguen llegando de Ruanda son inquietantes, quisiera hablarle de la actual evolución en los campamentos de refugiados en el interior de Ruanda (…). Tenemos conocimiento por fuentes seguras que varios oficiales del ejército patriótico ruandés (APR) con base en el parque de Akagera y amparados por el poder, están encargados de hacer desaparecer personas por toda la extensión del territorio. Esta planificación de desapariciones y masacres apuntan prioritariamente a los intelectuales hutus. En Ruanda las condiciones de arresto de las personas detenidas, la mayoría de forma arbitraria, de las cuales miles son mujeres y niños, condiciones que el mundo conoce, son abominables e incalificables. Retenidas sin juicio, a veces amontonadas y de pie, a los prisioneros se les pudren los pies. 

Entre la ayuda concedida por ciertos países occidentales está la de Bélgica, con un montante de 50 millones de francos destinados a volver a poner en funcionamiento el sistema judicial, que no llegó a su destino, sino que fue desviada para otros fines, probablemente la compra de armas. 

Tal como ya hicieran otros, pedimos la apertura de una investigación internacional sobre las masacres que actualmente se producen en Ruanda: sobre las masacres iniciadas en octubre de 1990, sobre las condiciones de detención que tienen como objetivo la purificación étnica, sobre la planificación de los arrestos y de las masacres…

¿No hay una intención manifiesta de destruir en parte al grupo de los hutus, y ciertamente a todos los intelectuales? De hecho, es lo que hizo Burundi en 1972 y sigue haciendo en la actualidad.

Además, Estados Unidos aporta una importante ayuda militar y financiera a Kigali. Sabemos que 50 instructores americanos contribuyen a la formación de los soldados del ejército patriótico ruandés. Y, seguramente ya lo sabe, fue con logística y material americano que los soldados del APR atacaron durante la noche del 6 al 7 de noviembre de 1995 a unos pobres campesinos hutu que vivían en la isla de Iwawa, situada en territorio ruandés cerca de Goma.

Este ataque se cobró de forma gratuita numerosas víctimas entre sus habitantes falsamente acusados de ser refugiados en Zaire que habían venido atacar Ruanda. ¿Cómo calificar esta ayuda de los Estados Unidos empleada para masacrar a la población civil inocente? ¿Cómo justificar esta ayuda americana a un régimen político que ejerce una administración totalitaria del poder, en flagrante violación de los acuerdos de Arusha, imponiendo el terror y planificando las masacres? ¿No debería condicionarse esta ayuda a la apertura de una negociación política en Ruanda y al derecho al regreso de los refugiados con dignidad y seguridad? Le agradezco calurosamente que esté trabajando por la paz en la región de los Grandes Lagos. Esta paz supondrá, sobre todo: 

  • La apertura de una investigación internacional sobre las masacres (calificadas por un observador de “genocidio rastrero” o de actos de genocidio en curso en Ruanda)
  • Sin duda, la revisión de la ayuda financiera y militar, condicionada al respeto del derecho a la vida. 
  • Implica también que el HCR y el PAM consideren las condiciones de vida de los refugiados y su angustia por un regreso forzado, situación que podría desencadenar enfrentamientos en la frontera, y desavenencias con los habitantes de Kivu.
  • Finalmente, la paz en Ruanda y en la región de los Grandes Lagos conllevan la apertura de una negociación política entre el poder en Kigali y representantes de los refugiados que desean la reconciliación. 

Señor Presidente, con la esperanza de que su tan alentadora iniciativa contribuya a la paz en nuestra región, le ruego que confíe en mis más devotos sentimientos”.

En esa época, todos comprendemos que el arzobispo Munzihirwa habló demasiado pronto. Se atrevió a denunciar la impostura de un grupo de criminales en un momento en el que el mundo entero tomaba a Kagame y su ejército por los héroes que habían detenido el “famoso genocidio” en Ruanda. En realidad, el arzobispo quiso sacarnos a todos de la ignorancia y del coma profundo en el cual la propaganda de los medios había sumido al mundo entero. Intentó advertir a la comunidad internacional de la codicia de los extremistas tutsis y sus patrocinadores por el Congo.

Este mundo injusto no quiso escucharlo, aturdido por la ruidosa campaña sobre el “genocidio tutsi” en Ruanda. Aquellos que alababan a las “víctimas del genocidio” ya estaban exterminando a los refugiados hutus y congoleños y esas grandes potencias occidentales no quisieron verlo. Antes que sus asesinos creasen un verdugo, dejó escrito el 22 de octubre de 1996 en su último testamento estas palabras: “Nuestra diócesis de Bukavu sigue viviendo un drama humano y cristiano sin precedentes. Una vez más, una masa de aproximadamente 200.000 refugiados se apodera de un Bukavu ya sobrepoblado. Esta masa está formada por refugiados ruandeses y burundeses así como zaireños, ahora mismo desplazados en la llanura de Uvila”.

De hecho, esta guerra que las masas mediáticas llaman guerra de Banyamulenge, es una invasión que proviene de Uganda y Ruanda. El ejército de los invasores está formado por soldados ugandeses, ruandeses, burundeses y otros mercenarios. Están super equipados en comparación con el ejército zaireño. Igual que durante la invasión de Ruanda, la población así como el clero local se dan cuenta de que esta invasión ha sido larga y cuidadosamente preparada para ocupar una parte del Zaire. Los hombres de guerra que allí se encuentran hablan inglés mientras que los zaireños, banyamulenges incluidos, hablan francés.

Se les ve cómo se instalan en emplazamientos estratégicos y desentierran armas que llevaban mucho tiempo allí escondidas bajo el suelo de las aldeas donde residen los sencillos e iletrados banyamulenges. Entonces, a éstos se les acusa de haber estado en connivencia con los invasores. Los sacerdotes, cuya caridad está abierta a todos, también son abusivamente acusados de colaborar con el enemigo. Los padres javerianos de la parroquia de Luvungi tuvieron que acompañar a los fugitivos hacia Bukavu. Esta guerra sorpresa tiene como verdadera intención, proclamada de vez en cuando en kinyarwanda, impedir el regreso de los refugiados ruandeses a sus casas y hacer sufrir a ese Zaire que ha albergado durante más de treinta años a los tutsi que ahora están a la cabeza de Ruanda. Se ruega alertar a Naciones Unidas, al gobierno americano, al gobierno y a la Unión Europea para que vengan en nuestra ayuda.

Los tutsis ruandeses se fueron al Zaire, en los dos Kivu, hace más de treinta años. En su plan de colonización de Kivu, se infiltraron en todos los estamentos del Estado e incluso de la Iglesia. No podía faltar un acólito del FPR en el arzobispado de Bukavu para dar aviso a Paul Kagame de las llamadas desesperadas de Munzihirwa para detener esta guerra insensata.

Además, Munzihirwa se dirigió al presidente americano Jimmy Carter mientras que el gobierno americano estaba asociado con Paul Kagame y Yoweri Museveni en su plan de exterminación de los pueblos Bantú en la región de los Grandes Lagos. Está claro que estos dos fueron informados de esa carta antes de la puesta en marcha de su apisonadora. Una semana después de la redacción de su última carta testamento, el 28 de octubre de 1996, los extremistas tutsis asesinan al arzobispo de Bukavu. Christophe Munzihirwa fue atrozmente eliminado en Nyawera, le cortaron la cabeza, sus extremidades fueron despedazadas y mutiladas y le arrancaron los genitales. No fue el único miembro católico de los dos Kivu en ser asesinado durante este periodo. Muchos sacerdotes y hermanas religiosas fueron asesinados por los extremistas tutsis en su avance hacia Kinshasa. En Shabounda muchos sacerdotes perdieron la vida. En Goma, el arzobispo de Ruhengeri, monseñor Phocas Nikwigize, fue asesinado tras haber sido entregado por monseñor Ngabo, un tutsi, arzobispo de Goma en aquella época.

En la muerte no esclarecida de monseñor Kataliko, arzobispo de Butembo, se evocó la tesis del envenenamiento por los extremistas tutsis. En un plazo de dos años, la iglesia católica de Ruanda y del Zaire perdió a seis obispos de los cuales cuatro fueron asesinados en Kagbayi por el APR en 1994. Todas esas atrocidades hacia los dirigentes de la iglesia católica se cometieron a la vista y a sabiendas del mundo entero. A pesar de todo, hasta el momento presente ningún comunicado oficial procedente de Roma o del Vaticano, que condene a Paul Kagame y sus lugartenientes, ha sido filtrado a los medios de la iglesia católica o de cualquier otra parte. ¿Por qué ese silencio de las autoridades eclesiásticas?

¡Paul Kagame en “El proceso”!

Acusado de un crimen del que lo ignora todo, Kagame es entregado atado de pies y manos al laberinto del patíbulo de un procedimiento inextricable que no le deja otra elección que la de permanecer sin fin en una especie de purgatorio, entre inocencia y culpabilidad, entre libertad y encarcelamiento.

El destino de Kagame depende del humor de unos juececillos y del circuito papal ya que el Tribunal Supremo le es inaccesible. La angustia sensible es el único destino posible, una especie de condena sin juicios, inherente a la condición de su vida inhumana. El apoyo de ciertas potencias occidentales a sus barbaries, el hecho de no ser juzgado a pesar de todos los informes de la ONU y las conclusiones de grandes y renombrados jueces, le han dado la impresión de haber recibido una absolución ilimitada. Franz Kafka, en su novela “El proceso” nos da el significado de una absolución aparente (1), de una absolución ilimitada (2) y de una moratoria ilimitada (3).

(1)  Una absolución, según los hombres de la ley, es un certificado de inocencia para un plazo de ser libre. Una absolución aparente es un certificado de inocencia que los juececillos pueden firmar y el interesado sale del tribunal tras haber resuelto ciertas formalidades, el interesado se despide del tribunal, es libre pero sólo en apariencia, es decir, los jueces subalternos no tienen provisionalmente el derecho de pronunciar una absolución definitiva. Ese derecho sólo pertenece al Tribunal Supremo, al que esos jueces no pueden tocar. Esos juececillos no tienen la gran potestad de lavar al inculpado de una acusación, sólo tienen la de librarlo de ella, es decir, ese modo de absolución sustrae provisionalmente al interesado de la acusación, pero sin que ello impida que siga encausado con todas las consecuencias que pueda acarrear si interviene una orden superior.

El acto que establece una absolución aparente no introduce en el juicio nada más que una modificación que enriquece el dossier con un certificado de inocencia. En cuanto al documento de absolución y sus considerantes a cualquier otro efecto, el procedimiento sigue adelante. Se sigue con su redacción hacia instancias superiores y llevarla a las secretarías de segundo nivel, tal como lo exige la continuidad de la circulación de los documentos en los despachos. De ese modo, no para de pasar por altos y bajos de todo tipo con unas oscilaciones más o menos amplias y unas paradas más o menos duraderas. No se puede saber qué camino va a recorrer, visto desde fuera a veces podrá parecer que todo ha sido olvidado desde hace tiempo, que los documentos se han extraviado y que la absolución es completa, pero los menos iniciados saben bien que no es así. Es el caso de Paul Kagame. Los occidentales le han concedido una absolución provisional pero la maquinaria sigue en marcha.

(2) Para una absolución real o definitiva, toda la documentación del juicio debe ser destruida, desaparecer completamente, se destruye todo, no sólo la acusación sino además todos los documentos y hasta el texto de la absolución, nada subsiste.

(3) Para la “moratoria ilimitada” el juicio se mantiene indefinidamente en su primera fase.

La ironía del destino

Los veintitrés años de reinado de Paul Kagame en Ruanda se han caracterizado por la cristalización del odio hacia la iglesia católica, con el pretexto de que fue la Iglesia quien despertó a la masa hutu en los años 50 para que se liberase del yugo de la monarquía, lo que condujo a la revolución social de 1959 cuyo fruto fue la Independencia y la República. Aquella minoría tutsi que no quería compartir el poder con la mayoría hutu tomó el camino del exilio.

El regreso de aquellos exiliados tutsis en 1994 estaba marcado por un enorme espíritu de revancha con la iglesia católica. Del 19 al 20 de marzo de 2017 el viaje de Paul Kagame al Vaticano sorprendió al mundo. Podríamos hacernos la pregunta de si después de tantos crímenes y masacres de las ovejas de Dios, que nunca tal se vio desde la Creación, Paul Kagame ha hecho examen de conciencia y ha comprendido que hay que pedir perdón a Dios. Y confesarse.

Ciertamente, hoy nos resultará difícil acceder completamente al contenido de su conversación con el pontífice Francisco. Pero en mi opinión, no creo que las palabras “Mea culpa” puedan salir de la boca de ese hombre cínico, sanguinario e intransigente de manera incomparable. La Historia es tozuda, para que Dios destruyese Sodoma y Gomorra tuvo que pasar bastante tiempo. Nosotros también damos tiempo al tiempo, el que viva, verá.

En Goma, Dr. Jules Muhozi

Fuente: Intabaza, Ruanda, L’ASSASSINAT DE L’ARCHEVEQUE DE BUKAVU, CHRISTOPHE MUNZIHIRWA PAR PAUL KAGAME, UN CYNISME EXACERBÉ: LE MOBILE DE CET ASSASSINAT.

Traducido para UMOYA por Juan Carlos Figueira Iglesias.

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