La derrota militar de Kenia en El Adde: ha llegado el momento de acabar con la guerra contra el terrorismo en Somalia

Hace un año, el ejército keniano sufrió el peor ataque de la historia en Somalia debido a que los objetivos y las estrategias operacionales no estaban claros. El gobierno ha decidido mantener los detalles en secreto, a pesar de que cada año gasta mil millones de dólares y no termina con Al-Shabaab. Entretanto, los académicos, médicos y demás personal sanitario, así como otros trabajadores, están indignados pidiendo unas condiciones mejores. La invasión militar de Somalia, que ya ha alcanzó su sexto año, ha fracasado y debería llegar a su fin. El país necesita un plan de reconstrucción alternativo.

Introducción

Uhuru Kenyatta, presidente de Kenia. © Puntland Observer.

Corría el mes de octubre de 2011 cuando las fuerzas armadas kenianas invadieron Somalia en una campaña antiterrorista bien publicitada llamada Operación Linda Nchi («Defender el país»). Un año más tarde, las Fuerzas de Defensa de Kenia (KDF, por sus siglas en inglés) se apoderaron del puerto de Kismayo en el sur de Somalia mediante la Operación Sledge Hammer. Este puerto estratégico había sido el centro de comercio lucrativo de carbón, azúcar, productos derivados del petróleo y otros bienes por un valor de más de 400 millones de dólares anuales. Está «victoria» sobre Al Shabaab en Kismayo hizo que los círculos militares kenianos celebrasen la retirada del grupo terrorista. Esta cantinela de 2012 llegó a los niveles más altos de la Misión de la Unión Africana en Somalia (AMISOM, por sus siglas en inglés), a la sede de Naciones Unidas en Nueva York y a los pasillos del Consejo de Seguridad Nacional de EEUU. El general Carter Han (en sus últimos días como jefe del Comando África de Estados Unidos, también conocido como AFRICOM) utilizó lo ocurrido en Kismayo como punto de referencia para justificar el papel del AFRICOM en el continente. No obstante, estás narrativas de victoria se derrumbaron con los abrumadores ataques de Al Shabaab después de 2012, que culminaron el 15 de enero de 2016, cuando un pequeño grupo de insurgentes somalíes invadieron el campo militar donde estaban los batallones 9 y 15 del ejército keniano de infantería en la ciudad El Adde y mataron a más de 150 soldados kenianos. El número exacto de fallecidos se desconoce porque el gobierno keniano se ha negado a revelar esta información sobre su derrota militar.

Al negarse a aportar datos auténticos sobre la derrota militar en El Adde, el gobierno keniano ha demostrado el fracaso moral de su ejército, con lo que ha reforzado la falta de moral de aquellos sectores de la sociedad keniata que han convertido la guerra contra el terrorismo en un negocio. El acto amoral del gobierno keniano de negarse a reconocer el número de muertes en Somalia complementa el empobrecimiento intelectual y político de Somalia. La suma total de estas experiencias del papel keniano en la guerra contra el terrorismo en Somalia, en una época en la que los recursos antiterroristas se podrían gastar en servicios sociales, debería ser una lección sobre la necesidad de poner fin a la guerra contra el terror en el continente africano. Un paso urgente para separar a los nacionalistas somalíes de los fanáticos religiosos y sociales. Los casi mil millones de dólares que se gasta anualmente el gobierno keniano en «operaciones militares» y en «modernización militar» se podrían invertir en cubrir otras necesidades sanitarias, educativas, de vivienda o alimenticias de los pueblos de Kenia y Somalia. Este artículo aportará argumentos a favor de que se ponga fin a la guerra contra el terrorismo en Somalia, que se retiren todas las fuerzas de la AMISOM y que se envíen miles de profesores, agrónomos, ingenieros, personal médico y especialistas medioambientales para que colaboren en la reconstrucción del país. Estos especialistas deberían contar con el apoyo de expertos policiales que aíslen los elementos criminales de Somalia y Arabia Saudí que financian a los jóvenes descarriados para que mantengan el clima de terror y miedo en el Somalia y el este de África.

¿Por qué las fuerzas armadas Keniatas invadieron Somalia en octubre de 2011?

Desde sus orígenes, que se remontan a 1963, el ejército keniano no ha tenido un mandato claro, ya fuese apoyar los intereses extranjeros y reprimir a los pueblos africanos o desfilar en actos ceremoniales por orden de Estados Unidos y Gran Bretaña. En su creación, el ejército y las fuerzas de seguridad kenianas fueron manipulados por los británicos para que se involucrasen en la denominada guerra de Shifta, en lugar de examinar la perspectiva panafricana de unificar los pueblos del este de África.

Chester Crocker, antiguo Secretario de Estado Asistente para Asuntos Africanos en la Administración de Reagan centró su doctorado en The Transfer of Power in Africa: A Comparative Study of the British and French system of Order  («La Transferencia de poder en África: un estudio comparativo del sistema del orden británico y francés»), y subrayó el papel delegado en el ejército keniano para que mantuviese el orden del imperio en el este de África. Aun así, incluso con este objetivo político, las fuerzas de defensa kenianas han sido tan deficientes que durante los 53 años posteriores a la independencia del gobierno de Kenia han mantenido su acuerdo de defensa con el ejército británico para que ayudase al gobierno en caso de amenaza. El ejército de Kenia fue testigo de cómo otras ramas de las fuerzas de seguridad e inteligencia se hacían ricas con el exjefe de la División Especial, James Kanyo, que pasó a la historia por participar en uno de los mayores escándalos del país: el escándalo Goldenberg. Los casos de corrupción vinieron seguidos de una tragicomedia de nuevos escándalos anuales de cientos de millones de dólares. Desde la llegada de la administración de Uhuru Kenyatta en 2013 los escándalos han continuado, con ejemplos como el episodio del Servicio Nacional de la Juventud en el que el gobierno entregó más de cien millones de dólares a empresas ficticias asociadas con individuos poderosos de la administración.

Antes de este gran escándalo de corrupción, uno de los más sonados tras el de Goldenberg fue el fraude Anglo Leasing. Este expuso el papel central de los servicios de seguridad en acuerdos financieros ilícitos y en otros tratos de dudosa naturaleza (de bienes y servicios relacionados con la seguridad) [1].

Derivados de la cultura de la acumulación primitiva

Los principales burócratas y oficiales de seguridad se dieron cuenta en los 24 años de presidencia de Daniel Arap Moi que la forma de enriquecerse era colaborando con extranjeros, especialmente con aquellos en contra del proyecto de autodeteminacion del continente africano. Los hombres de negocios somalíes y kenianos habían colaborado con la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en 2006 cuando los servicios de inteligencia estadounidenses financiaron la Alianza para la Restauración de la Paz y Contra el Terrorismo (ARPTC, por sus siglas en inglés) para garantizar la desestabilización de Somalia. [2] La guerra como un negocio lucrativo se ha desarrollado de manera estable en el país tras la incursión etíope en 2006, cuando las fuerzas nacionalistas habían formado la Unión de Tribunales Islámicos (UIC). [3]

Estas fuerzas nacionalistas que se habían opuesto a la invasión etíope de su sociedad se podrían dividir en cuatro facciones diferentes: a) nacionalistas patrióticos, b) fanáticos religiosos, c) emprendedores militares y d) elementos antisociales. El Profesor Abdi Samatar, en su análisis de la Unión de Tribunales Islámicos, subrayó los sentimientos del pueblo somalí hacia la invasión etíope y por qué este cuerpo recibió un apoyo popular masivo. Samatar apuntó correctamente las limitaciones del UIC por su falta de capacidad para entrar en un sistema de responsabilidad democrática basado en comunidades. La importancia del análisis de su trabajo reside en su capacidad de penetrar en la forma religiosa de la UIC para captar su contenido nacionalista.

De estas cuatro facciones de nacionalismos somalíes, los empresarios del ejército (a veces denominados señores de la guerra) tenían una relación de negocios cerrada con los barones de Kenia mientras manipulaban las facciones religiosas para aprovechar las contribuciones financieras de los wahabistas en Arabia Saudí. Al tratar todo tipo de patriotismo somalí como terrorismo, la estupidez intelectual y militar liderada por Estados Unidos de hacer la guerra al terrorismo garantizó que los islamistas de entre los nacionalistas pudieran hacerse con el liderazgo político de Somalia, tanto dentro como fuera del país.

En los 15 años anteriores, varias formaciones armadas y relacionadas con facciones de empresarios militares en Somalia habían movilizado las tradiciones comerciales de Somalia para convertir la guerra en un negocio lucrativo. Cuando las Fuerzas de Defensa de Kenia (KDF) entraron en Somalia el 14 de octubre de 2011 para lanzar una ofensiva militar contra al-Shabaab, llamada Operación Linda Nchi, el gobierno se excusó diciendo que la incursión era necesaria para garantizar la seguridad de las fronteras frente a los frecuentes secuestros y asesinatos de turistas llevados a cabo por Al-Shabaab en las provincias de la costa y el noreste. El libro que se publicó a continuación (Operation Linda Nchi: Kenya’s military Experience in Somalia, que se traduciría por «Operación Linda Nchi: La Experiencia del Ejército Keniano en Somalia»)  afirmaba explícitamente que Al-Shabaab se había convertido en una amenaza para el comercio y el turismo, sectores esenciales de la economía keniana. Como relato fidedigno de la planificación y ejecución de esta incursión, el documento oficial del ejército de Kenia no deja claros los otros factores que precipitaron la incursión. Al estudiar el papel de Kenia en Somalia desde 1963, este autor ha descubierto tres motivos convincentes que explican lo ocurrido:

  1. Para que los empresarios del ejército keniano tuviesen más posibilidades de acopio al controlar el sur de Somalia y el puerto de Kismayo.
  2. Para que los mandatarios de Kenia tuviesen un lugar estratégico en el sur de Somalia mientas que hay exploraciones en busca de pozos petrolíferos en alta mar en esa zona y
  3. Para desviar la atención del pueblo keniano de los cargos que recaían sobre los principales líderes del país en el Tribunal Penal Internacional.

Estos motivos para la incursión dictaminan que los objetivos operacionales del ejército keniano en Somalia serían confusos. Debido al hecho de que el objetivo político de aumentar la acumulación de capital entraba en conflicto con el objetivo de «luchar contra el terrorismo en Somalia», no había ninguna cohesión entre la planificación de las fuerzas kenianas y de la AMISOM en Somalia. De ahí que las fuerzas kenianas pudieran haberse visto atrapadas el 15 de enero de 2016 porque actuaban como un ejército de ocupación. Esta confusión entre el objetivo político y los objetivos operacionales llegó a los distintos rangos, de modo que los objetivos operacionales que se le comunicaban al ejército eran contrarios a los que los soldados veían con sus propios ojos.

La toma de Kismayo y los sectores de Somalia divididos por AMISOM

Kismayo es la sede provincial de la región de Bajo Juba de Somalia y tiene uno de los puertos marítimos más importantes del país. Como se trata del punto de entrada de bienes destinados a Kenia, ha habido un comercio ajetreado incluso con la denominada guerra contra el terrorismo. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas había señalado que Al Shabaab había usado la política de tasación en este puerto para financiar sus operaciones en Somalia. En una carta del 18 de julio de 2011 del Presidente del Comité del Consejo de Seguridad sobre las Resoluciones 751 (1992) y 1907 (2009) acerca de Somalia y Eritrea dirigida al Presidente del Consejo de Seguridad, el Consejo de Seguridad señalalba que:

«Al-Shabaab genera millones de dólares de ingresos cada mes a través del ciclo de comercio coordinado sobre las exportaciones de carbón, que a cambio financia las importaciones de azúcar, una gran cantidad del cual llega a otros países vecinos, sobre todo Kenia, como materia de contrabando. Las empresas de envíos mandan azúcar a Kismayo y cogen carbón para el viaje de vuelta. Las cuentas bancarias de los estados del Golfo en las que se depositaron los beneficios de este comercio pueden ser usadas para blanquear contribuciones voluntarias a Al-Shabaab a través de envíos fraudulentos, o mediante la sobreestimación de los bienes importados y la subestimación de los exportados.

Este ciclo de comercio está dominado por redes de importantes hombres de negocios somalíes que operan principalmente entre Somalia y los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), especialmente Dubai en los Emiratos Árabes Unidos. Al-Shabaab no solo atrae su negocio imponiendo impuestos más bajos en Kismayo que en otros puertos controlados por el Gobierno Federal de Transición, sino que también fomenta activamente las importaciones de azúcar a gran escala y las exportaciones de carbón, ofreciendo un acceso preferente y esención de tasas a los negocios afiliados a Al-Shabaab».

Un año después de este claro informe sobre el comercio de carbón de Kismayo, el KDF se apoderó del puerto en una célebre campaña llamada Operación Sledge Hammer. Desde entonces, los oficiales principales han controlado el comercio lucrativo que recibe publicidad en los medios locales e internacionales. Un informe del «think-tank» ISS incluso sugirió en un artículo titulado THINK AGAIN: Who profits from Kenya’s war in Somalia? [PIÉNSALO DE NUEVO: ¿Quién se beneficia de la guerra de Kenia en Somalia?] que las Fuerzas de Defensa Kenianas estaban involucradas en una empresa criminal.

La Misión de Naciones Unidas en Somalia (AMISOM) está compuesta por tropas de Burundi, Etiopía, Kenia y Uganda, y, durante un corto periodo de tiempo, tropas de Sierra Leona. Somalia había sido dividida en tres sectores para mantener la división del trabajo entre estas fuerzas militares. Las tropas ugandesas están a cargo del Sector 1, que está compuesto por las regiones de Banadir y Baja Shabelle, mientras que las fuerzas kenianas son las responsables del Sector 2, formado por Juba Baja y Media. El sector 3, formado por Bay, Bakool y Gedo está bajo el mando etíope. Las fuerzas yibutíes están al mando del sector 4, que abarca Hiiraan y Galgaduud, mientras que las fuerzas burundesas están a cargo del Sector 5, que comprende la región de Media Shabelle.

El libro del KDF, Operación Linda Nnchi, defiende una narrativa a lo largo de más de 305 páginas sobre cómo el ejército keniano venció al terrorismo en Somalia. De las regiones administrativas de Somalia, toda la parte sur del país había sido integrada en la economía del noreste de Kenia durante décadas. De hecho, hay una disputa constante entre los líderes de Kenia y Somalia sobre la demarcación exacta de la frontera, y los keniannos de descendencia somalí tienen familia cercana y vínculos comerciales con el área denominada Jubaland o tierra de Juba. Las tres regiones administrativas de Jubaland son: Gredo, Baja Juba y Media Juba.

Cuando las fuerzas de defensa kenianas tomaron la posición dominante en Kismayo, Baja Juba, la región de Gedo más cercana a la frontera con Etiopía habían sido ocupadas por las fuerzas armadas etíopes. Inmediatamente después de las sublevaciones de Etiopía desde 2015, los etíopes habían desplazado sus fuerzas cruzando la frontera de vuelta a Etiopía, y los batallones 9 y 15 del KDF se desplegaron hasta la región de Gedo, donde se encuentra la base de El Adde. Esta base estaba tanto bajo el contingente del KDF como del Ejército Nacional de Somalia (SNA). De hecho, la base del SNA estaba a 600 metros del campo keniano. Lo más impactante del ataque a la base de El Adde fue que las fuerzas somalíes no fueron atacadas, pero las kenianas sí.

El ataque a la base de El Adde

A pesar de la información dada por el KDF en los libros y las fuentes de propaganda, la incidencia de los ataques a Kenia dentro y fuera de Somalia aumentó tras 2012. Mientras los incidentes más significativos como el de Westgate, Mpeketoni y Garissa han recibido una publicidad masiva, no se ha aprendido la lección que se puede sacar de ellos: que la estrategia antiterrorista de Kenia tenía muchos fallos. Los expertos extranjeros que manipulan el papel de las imágenes y la guerra de información entendieron que por cada ataque que tuviese lugar en Kenia, estas [las imágenes] podrían ser reproducidas por todo el mundo para demostrar que el este de África es un hervidero de terrorismo. Atrapadas por los discrepantes propósitos de la implicación militar en Somalia, las fuerzas kenianas en bases como El Adde no se sentían motivadas para crear relaciones con el pueblo de Somalia y estaban furiosas porque la posición más lucrativa de Kismayo garantizaba grandes riquezas a los altos mandos. La Unión Africana, por su parte, no investigó de manera contundente los detallados informes sobre el hecho de que las tropas de paz de Uganda estaban vendiendo armas a Al Shabaab. Uganda, Burundi y Kenia estaban involucradas en operaciones militares en las que las consideraciones financieras eran más importantes que la paz y la seguridad de los pueblos de Somalia y Kenia.

Un informe de Journalists for Justice (JfJ) documentaba la realidad que, lejos «de luchar contra los Shabaab, las KDF están, en modo guarnición, sentadas en sus bases mientras que los altos comandantes forman parte de prácticas de negocios corruptas» [4]. Además de estar en modo guarnición, la explotación sexual de las mujeres somalíes hace que estas mujeres sean activos de inteligencia importantes para los insurgentes somalíes.

Los detalles del ataque de madrugada al campamento de El Adde demostraron que el Al-Shabaab somalí había estado operando con información de fuentes provenientes del interior del campamento. Esta información procedía de mujeres de solaz que trabajaban en la base, tal y como señala la narrativa del ataque sobre cómo los primeros atacantes con explosivos improvisados en los que se usaron vehículos atravesaron las puertas exteriores del campamento.

Para que quede constancia, es pertinene citar ampliamente uno de los relatos más pormenorizados de los acontecimientos que ocurrieron el 15 de enero de 2016. Bajo el titular «How KDF fought 10-hour battle to save ill-fated camp» [Cómo el KDF luchó 10 horas para salvar un desafortunado campamento], el periódico The Standard of Nairobi informó de que:

«La misión de 10 horas llevada a cabo por los terroristas de Al-Shabaab (que comenzó de madrugada y terminó pasadas las 2 de la tarde) contaba con tres filas de terroristas suicidas al frente, con vehículos cargados de explosivos, seguidos de otros soldados más duros de Al Shabaab a pié, que hicieron muy difícil para las tropas de paz kenianas repeler la emboscada. El ataque se llevó a cabo en tres oleadas (término militar utilizado para describir una formación de las tropas) que utilizaron intensos tiroteos con lo que traspasaron un lateral del campamento keniano y dejaron docenas de soldados muertos y otros muchos heridos. Tras el sangriento ataque en el campamento del KDF de El Adde, la milicia saqueó la munición, entre la que había activos como vehículos militares».

«PRIMERA OLEADA DE ATAQUES – El primer ataque se desató el viernes a las 4 de la mañana en el interior del campamento del Ejército Nacional Somalí, que se encuentra justo al lado del campamento keniano. A este le siguió un ataque de vehículos blindados de transporte de tropas con unos 10-15 terroristas suicidas, que se bajaron de ellos corriendo hacia las trincheras del KDF y se hicieron estallar por los aires, según dice el informe. Se cree que los vehículos utilizados se habían robado en ataques anteriores a las fuerzas de Uganda y Burundi en Somalia. La inteligencia militar de Kenia describió la fuerza brutal usada contra las tropas kenianas como parecida a la vivida en las masacres de París, Libia y Westgate. Cuando las tropas reaccionaron y se reorganizaron para repeler a los enemigos tras el ataque, un segundo vehículo cargado de explosivos entró en el campo de las KDF a toda velocidad. Pasó entre la resistencia y el fuego de ametralladoras de las tropas del KDF. Después detonó dentro del campamento, con devastadoras consecuencias».

El informe continua detallando la segunda oleada.

«El segundo vehículo cargado de explosivos vino seguido de dos todoterrenos con ametralladoras, conocidos en lenguaje militar como “técnicos”, ambos con terroristas suicidas que, según se dice, llevaban rifles. Estos empezaron a disparar a medida que se acercaron a las tropas y luego se detonaron. Había soldados del KDF que todavía seguían luchando para mantener su posición».

Se estima que la tercera oleada de ataques estaba compuesta por entre 70 y 100 terroristas que lograron entrar en el campamento en un camión. «Mientras unos disparaban, los otros recogían a sus compañeros heridos y caídos y los cargaban en el camión», afirmaba el informe. Tras una hora de intenso combate, otro grupo de 100 militantes llegó a pie por la parte oriental del campamento y, al parecer, su misión era la de saquear. Según el informe, dos pelotones de las KDF resistieron valerosamente durante 10 horas a que llegase el refuerzo de los soldados de élite para asegurar el asediado campamento keniano. Mientras tanto, el cuartel general militar confirmó ayer que el campamento de las KDF estaba en alerta máxima y en espera del inminente ataque (gracias a los informes de inteligencia), pero la fuerza con la que se encontraron los soldados kenianos se describió como «imparable». No obstante, el informe no esclarece el número de bajas kenianas ni de activos perdidos, lo que nos deja con la duda del resultado real de la contienda. [5]

Por lo tanto, de esta historia surgen dos cuestiones: la primera se centra en cómo pudieron los insurgentes atravesar la primera puerta para coger a las KDF con la guardia baja y la segunda en el número de muertos de las KDF.

Las mujeres de solaz y la inteligencia en la zona ocupada

El informe de Journalists for Justice no solo identificaba la lucrativa economía del carbón y del azúcar de las KDF, sino también las distintas formas en las que los soldados de la AMISOM, vistos como una fuerza de ocupación, violaban los derechos de las mujeres somalíes. Las entrevistas que realicé en julio de 2016 unen las piezas para concluir que había sido alguien que trabajaba en el campamento (que se había ido a cuidar a un familiar enfermo) quien había proporcionado la información a Al Shabaab.

Los diplomáticos y los expertos en seguridad que pretenden mantener la guerra ficticia contra el terrorismo se han hecho las preguntas equivocadas acerca del ataque de El Adde. Por ejemplo, se ha registrado que un diplomático preguntó: «¿Cómo han podido aparecer doscientos soldados de Al-Shabaab a plena luz del día sin que los kenianos los viesen? ¿Dónde estaban las ametralladoras del KDF?». Y añadió: «Esto va en contra de todo lo que se les ha enseñado y de lo que deberían estar haciendo en un entorno hostil». [6] Esta pregunta ignora la realidad de que la población de la región de Gedo ve al KDF como una fuerza de ocupación involucrada en un negocio. Por eso, aunque el Ejército Nacional Somalí estuviese a 600 metros del campamento keniano, el campamento somalí no sufrió ningún ataque. Los insurgentes querían mandar un mensaje que estaban en contra de las fuerzas de ocupación extranjeras.

Los soldados kenianos que sobrevivieron también comprenden que se les estaba viendo como ocupantes dado que la zona que está a 90 kilómetros de la frontera etíope nunca ha sido «pacificada» desde la invasión etíope de Somalia en 2006.

El periódico The Standard también apuntaba que «muchos soldados están volviendo a El Wak, heridos por metralla o por balas. Han venido caminando a través de los arbustos y abriéndose camino hacia la frontera keniana desde el viernes». Al preguntarle por qué estos supervivientes deciden ir hacia el El Wak y no hacia las bases kenianas en Gedo (que están más cerca de El Adde), el oficial afirmó que «las zonas cercanas a El Adde y entre los campos kenianos nunca han sido completamente pacificadas y se consideran territorio enemigo».

¿Cuántos soldados de las KDF murieron?

La derrota militar de El Adde supuso una de las mayores pérdidas de vidas en el ejército keniano, aunque el gobierno se ha negado a proporcionar la información correcta sobre cuántos soldados del KDF murieron. Tras el ataque, el presidente Somalia, Hassan Sheihk Mohamud, ofreció sus condolencias a los kenianos y fijó la cifra de muertos de las KDF en alrededor de 200 soldados. [7] Puesto que el gobierno keniano no ofreció más detalles sobre el número de soldados fallecidos, Al-Shabaab llevó la guerra a las redes sociales y publicó fotos de los soldados capturados, así como escenas de la batalla. De hecho, todos los medios de comunicación internacionales sitúan el número en unos 150 muertos. A saber, los medios dan estos números: 141 para CNN, 200 para Al Jazeera, 180 para la BBC, 180 para Newsweek y 200 para VOA. A pesar de las evidentes pruebas sobre la cifra de muertos, un año después el gobierno keniano sigue negándose a reconocer el número de bajas del ejército. De hecho, el gobierno decidió frenar los informes de la siguiente manera:

«Para evitar que se filtrasen detalles sobre lo sucedido en El Adde, el gobierno keniano utilizó una ley que no se suele poner en práctica para prohibir la distribución de imágenes o información que pueda causar miedo y alarma o que pueda socavar las operaciones de seguridad».

¿Qué lecciones aprendió Kenia tras el ataque a El Adde? ¿El empobrecimiento intelectual?

El simple hecho de que el gobierno keniano crea que puede controlar el flujo de información sobre lo sucedido en Somalia y el confuso estado de las operaciones surgen precisamente de la posición política e intelectual de los actuales líderes militares y políticos de Kenia. En todo el mundo, el establishment académico y militar de EEUU han promulgado que Somalia es un estado fallido. Este ejercicio intelectual ha sido el pretexto para las operaciones militares de EEUU en África Oriental desde 1992. Lo lógico es, pues, que si el punto de partida intelectual es incorrecto, también lo sea el resultado. Una de las citas más famosas de Von Clausewitz afirma lo siguiente: «Nadie empieza una guerra sin tener claros cuáles son sus objetivos y qué pretende conseguir con ella. Lo primero es el propósito político y lo segundo es el objetivo operacional».

En el contexto de la guerra en Somalia, los barones militares y políticos de Kenia confundieron los objetivos económicos/políticos con los objetivos operacionales y con lo que era posible dentro de las limitaciones de la organización de la sociedad keniana. Kenia es una sociedad multiétnica, multirreligiosa y multilingüística.Hacer una guerra basada en motivos religiosos, ‘Que Kenia quiere oponerse a que Al Shabaab establezca su califato en Somalia’, simplemente juega en favor de los fanáticos religiosos que se presentan a sí mismos como patriotas en Somalia. En el libro de las KDF, Operation Linda Nchi, uno puede observar claramente las limitaciones intelectuales del discurso antiterrorista que emana de los círculos del ejército de EEUU. Los capitalistas kenianos han asumido esta comprensión de los retos políticos en Somalia para promover sus propios intereses económicos. Al mismo tiempo, la inteligencia keniana y la comunidad llamada humanitaria están tan atrapados en el discurso antiterrorista que no son capaces de distinguir en la población somalí a los extremistas que se involucran en la guerra para lucrarse, de aquellos somalíes que quieren acabar con la agresión militar externa en su sociedad.

Este empobrecimiento de la llamada literatura de la guerra contra el terror no solo se ha creado en casa, sino que además tiene una escuela en la Unión Europea y en los EEUU que está deseosa de y preparada para utilizar el apelativo de «terrorista» para identificar al nacionalismo somalí. Eso sí, existe mucha literatura sobre Somalia, escrita tanto por académicos africanos como por expertos antiterroristas. En el caso concreto de los Estados Unidos de Norteamérica, las experiencias de EEUU van desde los combates de Mogadiscio en 1993 hasta el despliegue de las Fuerzas Especiales en el Cuerno de África.

En el período de la guerra contra el terror, se han hecho muchos estudios sobre Somalia. Sobre todo por parte de las iniciativas de investigación del Comando África de Estados Unidos (AFRICOM), que iniciaron talleres y conferencias en el Cuerno de África desde 2008. Sin embargo, la limitación de este esfuerzo intelectual se ha quedado en comprender las complejidades de clase, religión y relación regional en términos simples de los extremistas islámicos o en términos de lealtad a los clanes. De esta manera, el capitalista de Al-Shabaab, que es aliado de los barones del azúcar y del petróleo en Dubai, se presenta con el mismo interés por el futuro de Somalia como el campesino normal y el mercader itinerante. Aun así, dentro de esta inmensa literatura, este esquema se reproduce ad infinitum entre estudiantes de grado e investigadores por la paz, tanto en África como más allá. Por ejemplo, los «think-tanks» especializados que están vinculados con la infraestructura del imperio, como el International Crisis Group (ICG), la International Peace Academy, el Institute for Security Studies (ISS) o ACCORD pretenden competir con los «think-tank» estadounidenses para reproducir acriticamente los informes de que existe una guerra contra el terror en África.

Es hora de acabar con la guerra contra el terror en África Oriental

Estoy de acuerdo con Ngugi Wa Thiongo en que el futuro de la paz en Somalia se basa en la integración total de Somalia y Kenia en una África Oriental confederada. «En casi todos los estados africanos hay pueblos con el mismo idioma, cultura e historia a los dos lados de la frontera, lo que se ha dado en llamar comunidades fronterizas. Por ejemplo, si Kenia, Etiopía, Yibuti y Somalia viesen al pueblo somalí como una comunidad compartida, entonces unir Etiopía, Kenia y Somalia no sería una unión de extranjeros culturales. Así, se podría utilizar la noción de comunidad compartida como un vínculo en una cadena que podría unir desde El Cabo hasta El Cairo y desde Kenia hasta Liberia». [8]

Parte de la dialéctica de iniciar un nuevo marco para una África próspera y pacífica se centraría en desarrollar las habilidades de los kenianos formados para forjar una unificación económica de las divisas. De esta manera, las actividades económicas que ahora se llevan a cabo en el mercado negro se podrían hacer públicas, para que las economías de la región del África Oriental se pudiesen integrar en una divisa común.

De hecho, me gustaría ir más allá y decir que la paz vendrá cuando nos demos cuenta de que nuestra meta debe consistir en aislar a aquellos que se oponen a la unidad panafricana. Esto implica que, a corto plazo, tiene que estar claro qué fuerzas de Kenia y Uganda están en la guerra para beneficiarse del negocio de la misma. Las ONG progresistas tienen que elaborar una lista clara con las ventas de armas del ejército ugandés a los extremistas en Somalia.

Al resumir el informe de investigación sobre las actividades criminales en Somalia, los autores subrayaron lo siguiente:

«Cuando el valor del azúcar de contrabando está en alrededor de un millón de dólares por día, los incentivos de mantener el noreste inseguro y sin gobierno son muy evidentes. Además, el hecho de que se puedan conseguir todavía más beneficios del comercio en tiempos de guerra (como hace el KDF) nos permite entender el poco interés que tienen en marcharse de Kismayo y en construir la paz. Por otra parte, también pueden obtener beneficios al presionar para militarizar las políticas públicas que aumenten su control y al aprovechar las oportunidades que les brindan otras esferas, como la contratación y la financiación en favor del antiterrorismo. Esta clase de políticas que se han acostumbrado a un sistema de clientelismo y corrupción para ganar poder no ven ningún tipo de beneficios en actuar de manera correcta. Así, lo que consiguen es corroer el estado central al promover un sistema que los beneficie a ellos».

Un año después de la debacle militar, una serie de valerosos periodistas en Kenia han preguntado al gobierno keniano si tenía pensado honrar la memoria de aquellos que murieron. Básicamente, los periodistas piden que se dé la información correcta de lo que sucedió el 15 de enero de 2016. La campaña para exponer esta derrota no puede verse confinada en Kenia, sino que debe ser parte de un debate mucho más amplio acerca de cómo terminar con la guerra contra el terror en África.

Al enfrentarse a los fracasos militares de las fuerzas de la AMISOM en Somalia, la administración de EEUU anunció que incrementaría las operaciones de Fuerzas Especiales desplegadas en Somalia. Según un informe en The New York Times de octubre, «la administración Obama ha intensificado la guerra clandestina en Somalia durante el año pasado, con el uso de tropas de Fuerzas Especiales, ataques aéreos, contratistas privados y aliados africanos en una creciente campaña contra los militantes islamistas en la nación anárquica del Cuerno de África». [9]

Entre 200 y 300 soldados de las Fuerzas Especiales de EEUU bajo el control del AFRICOM operan ahora mismo en Somalia y su objetivo es formar y reforzar a los soldados de la AMISOM. Aunque el AFRICOM pretende mantener encubiertas a estas fuerzas, el despliegue de las mismas permite que el aparato de propaganda de los militantes siga aumentando hasta afirmar que están luchando contra tropas imperiales que vienen a deshumanizar a los somalíes. De hecho, esta había sido la retórica del general Aideed en 1993 y sus ideas resuenan en una parte de la población. Los encargados de la planificación a largo plazo de la gestión militar del sistema internacional entienden que el despliegue de personal militar estadounidense intensificará la guerra y esto, a su vez, justificará los gastos militares hacia la guerra contra el terror a nivel internacional.

Es necesario sacar a la luz aquella desencaminada idea que combina la identificación religiosa asertiva con el islam como terrorismo. El fundamentalismo islámico es igual de erróneo que el fundamentalismo cristiano, y la promesa de la administración Trump de echar a todos los musulmanes de EEUU tendría que provocar que todos aquellos que sean progresistas muestren su solidaridad con los oprimidos ciudadanos que sigan la fe islámica.

En segundo lugar, los académicos que se precien deben dejar de usar la formulación de «estado fallido» para referirse a Somalia. Los estados no pueden fallar. Los estados son un reflejo de las relaciones sociales y de clase de una sociedad. Un gobierno puede colapsar y la respuesta ante el colapso debe ser la movilización de las fuerzas democráticas y populares para que el gobierno rinda cuentas. La guerra contra el terror y el concepto de estado fallido están en el corazón mismo de la bancarrota intelectual del liberalismo occidental.

No puede haber una guerra contra el terror, porque el terror es una táctica. Las tácticas de los insurgentes en Somalia son coaccionar a la población para que piense que luchan contra unas fuerzas de ocupación. Las actividades del ejército etíope en Somalia le dan crédito a esta propaganda de los extremistas. Los gobernantes kenianos se han aliado con sus homólogos en Uganda, Burundi y Etiopía, que no tienen ningún tipo de autoridad moral para desplegar sus tropas y luchar contra el terrorismo en Somalia. Esta falta de moral de sus fuerzas es lo que los extremistas utilizan como dogma religioso para movilizar a los mal informados jóvenes somalíes.

Hasta ahora, los políticos de la oposición en Kenia (que compiten por el poder político) no han planteado una forma de traer la paz y la reconstrucción a Somalia y Kenia. Los políticos que se han acostumbrado a un sistema de clientelismo y corrupción en ambos lados de la división política, no tienen la autoridad moral para proponer alternativas reales que desafíen a aquellos que negocian con la guerra a nivel local y que están relacionados con el aparato antiterrorista estadounidense.

La reconstrucción en Somalia y Kenia

El gobierno keniano gasta más de mil millones de dólares al año en sus operaciones contra el terror en Somalia y Kenia. En este mismo contexto, los profesores, los catedráticos universitarios, el personal sanitario y todas las profesiones piden un estándar de vida mejor. Lo cierto es que invertir en la reconstrucción de Kenia y Somalia será mucho más rentable para África a largo plazo que esta infinita guerra contra el terror.

Hace cinco años, había defensores en EEUU que exigían el final de la guerra contra el terror. Estos defensores decían que si se trataba como criminales a aquellos que ponían bombas en las comunidades, entonces el verdadero desafío estaba en aumentar las operaciones policiales para expulsar a estos criminales de las comunidades. Si se aplicase este enfoque con los extremistas militantes en Somalia, estos se verían tan expuestos que no podrían ocultarse tan fácilmente tras su fanatismo religioso. Es más, este tipo de operación policial podría aunar la cooperación internacional para exponer y arrestar a los multimillonarios en Arabia Saudí que hacen de banqueros para los extremistas.

La ONU ha publicado, en varias ocasiones, información sobre el comercio de carbón de Al Shabaab y varios investigadores han confirmado la infraestructura de los negocios que financian a los extremistas en África. La propia ONU tiene que empezar una nueva era y dejar de servir a los intereses militares de los neoconservadores de Washington. Tal y como Abdi Samatar subrayó hace años, el Grupo de Supervisión en Somalia y Eritrea (MG, según sus siglas en inglés) y el Representante Especial de la ONU (SR, según sus siglas en inglés) son el núcleo del desastre en el país. «Estas dos agencias tienen mandatos separados, pero, juntas, han llevado a cabo unas actividades que perjudican los esfuerzos somalíes para reconstruir el país». [10]

Conclusión

Nuestro enfoque en la derrota militar del ejército keniano en Somalia se ha guiado por el concepto de que el militarismo ha impedido la paz y la reconstrucción en África Oriental. Los pueblos somalíes han sufrido de manera desproporcionada con los esfuerzos de EEUU de utilizar a Somalia como pelota de fútbol política para reivindicar los intereses geopolíticos estadounidenses en el océano Índico.

Desde la operación Restore Hope en 1992 hasta el presente, durante un período de 25 largos años, los EEUU han seguido una política de desestabilización en Somalia. Esto quedó demostrado con creces cuando el embajador estadounidense en Kenia, Smith Hempstone, que trabajaba con los activistas de derechos humanos progresistas en Kenia en 1992, fue relegado de su cargo por aquellos que pensaban en Kenia a largo plazo: una visión en la que el país desempeñaba un papel clave en las operaciones militares de EEUU en el océano Índico. En los años siguientes, esa política no hizo sino incrementarse desde el 11 de septiembre de 2001.

El gobierno estadounidense ha trabajado con el régimen etíope y, por lo tanto, ha pretendido presentar los cambios en la región como la lucha del estado cristiano de Etiopía contra el terror islámico del África Oriental. Esta lógica inspiró a la CIA a financiar a los señores de la guerra en Somalia a luchar contra la Unión de Tribunales Islámicos en 2006. Esta financiación de la Alianza para la Restauración de la Paz y contra el Terrorismo (ARPCT) tuvo el efecto de combinar el nacionalismo somalí con el terrorismo.

Los militaristas ugandeses, que jamás han dejado de lado un conflicto si podían ganar dinero en él, se desplazaron a Somalia cuando los etíopes se vieron desbordados y se unieron a la campaña antiterrorista. La intensificación de la guerrilla también hizo que Uganda se acercase a la escena del comercio ilícito de azúcar y carbón en Kismayo. Los barones kenianos intervinieron entonces para asegurar que el comercio se mantuviese en manos de los kenianos, y junto con los ugandeses y burundeses, destrozaron el concepto de paz en África Oriental. Desde entonces, los políticos kenianos, que no tienen ningún respecto por las vidas africanas, han buscado ocultar la derrota de las fuerzas kenianas en El Adde.

Aun así, este episodio demuestra ser una oportunidad real para las fuerzas progresistas de la Unión Africana para pedir una reevaluación de la guerra en Somalia, de manera que se pueda buscar otra salida. Esta salida involucraría la desmilitarización de Somalia y la introducción de miles de trabajadores de reconstrucción en Somalia y en el África Oriental para reconstruir la sociedad. Varios actores dentro de la UNESCO y del movimiento de paz han dejado claro que esta guerra infinita debe llegar de una vez por todas a su fin.

La guerra tiene un impacto profundo en cualquier sociedad y las consecuencias de la batalla de El Adde todavía se están desarrollando en el África Oriental. Los estragos de la guerra en Afganistán, Irak, Yemen y Siria demuestran el fallo de la supuesta guerra contra el terror. Así, la Unión Africana se encuentra en posición de asegurar que la devastación que se ha creado en Siria no recaiga también sobre los pueblos del África Oriental.

Por Horace G. Campbell

*El profesor Horace G. Campbell ostenta el cargo de Presidente Kwame Nkrumah del Instituto de Estudios Africanos de la Universidad de Ghana en Legon.

Notas finales:
[1] Los informes de John Githono ofrecen una perspectiva del alcance de la apropiación bajo la presidencia de Daniel Arap Moi: https://wikileaks.org/wiki/Githongo_report.pdf

[2] Mark Mazetti, «Efforts by C.I.A. Fail in Somalia, Officials Charge». New York Times, (8 de junio de 2006). http://www.nytimes.com/2006/06/08/world/africa/08intel.html

[3] Para ver un análisis del contenido nacionalista de la Unión de Tribunales Islámicos, ver Abdi Samatar, «Ethiopian Invasion of Somalia, US Warlordism & AU Shame». Review of African Political Economy, Vol. 34, No. 111, 2007.

[4] For Justice, «Black and White: Kenya’s Criminal Racket in Somalia». Nairobi, noviembre de 2015.

[5] «How KDF fought 10-hour battle to save ill-fated camp». https://www.standardmedia.co.ke/article/2000188803/how-kdf-fought-10-hou…


[6] «Kenya covers up military massacre». CNN, (11 de mayo de 2016). http://edition.cnn.com/2016/05/31/africa/kenya-soldiers-el-adde-massacre/


[7] «Somali leader: ‘200 Kenyan troops’ dead in January raid». Al Jazeera, (26 de febrero de 2016). http://www.aljazeera.com/news/2016/02/killed-al-shabab-mortar-attack-som…

[8] Ngugi Wa Thiongo. «African Identities: Pan Africanism in the era of Globalization and capitalist fundamentalism». Macalester International, Vol. 14, 2004, p. 36.

[9] «In Somalia, U.S. Escalates a Shadow War». New York Times, 16 de octubre de 2016. https://www.nytimes.com/2016/10/16/world/africa/obama-somalia-secret-war…


[10] Abdi Ismail Samatar, «An Odious Affair: The UN in Somalia» publicado en Al Jazeera.

Fuente: Pambazuka News, Kenya’s military defeat at El Adde: Time to end war on terror in Somalia, publicado el 19 de enero de 2017.

Traducido para Umoya por Miguel Borrajo González y Raquel de Pazos Castro.

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