Ruanda – ¿Y si bastase con vencer al miedo?

«Cuanto más miedo tiene la gente, más poderoso se hace» decía con voz grave el «Sabio de la Montaña» al pequeño Kirikú, protagonista de la famosa película de animación de Michel Ocelot. «La gente» eran los habitantes del pueblo que vivían aterrorizados por la poderosísima bruja Karaba.  El miedo. Un sentimiento bastante complejo. Aparece a cualquier edad, en lo más profundo de cada individuo y sin importar cuales sean las circunstancias, tanto a nivel personal como colectivo. Puede cambiar el curso de la vida de una persona o el curso de la historia. El miedo. Podríamos definirlo como una emoción que generalmente se siente ante un peligro, una amenaza, presente o futura, real o imaginaria [1].  Es el resultado de su análisis y permite al sujeto huir o combatirlo. La dinámica del miedo desempeña un papel central en prácticamente todas las situaciones que implican la confrontación entre varios protagonistas, ya sea en el deporte, la política, los conflictos militares o incluso los mercados financieros. La dinámica del miedo ha cambiado el resultado de las batallas más famosas y ha precipitado la derrota de los ejércitos más poderosos a lo largo de la historia de la humanidad. La mayoría de los cracs financieros que han marcado la historia, con efectos que en ocasiones han sido de lo más devastadores, son resultado de esta misma dinámica del miedo. Además, es una herramienta constante, así como extremadamente poderosa, utilizada por todas las dictaduras y todos los sistemas represivos: buscan crear y mantener un sentimiento de miedo entre la población.

Una única persona no puede mantener a todo un pueblo bajo la opresión si no es con la ayuda del miedo.

Me gustaría reflexionar sobre este tema en relación con algunos sucesos que han tenido lugar recientemente en Ruanda. Hemos sido testigos estos últimos años de la caída, a menudo inesperada, de los regímenes conocidos como los más represivos del continente africano. De este modo, hemos presenciado la huida de los presidentes tunecino, egipcio y burkinés. El punto en común entre todos estos cambios se resume en la transformación de la «dinámica del miedo». Todos ellos eran regímenes temidos, establecidos desde hace décadas y basados, como cualquier sistema opresor, en un fuerte sentimiento de miedo entre la población. Pero en cuanto este sentimiento desapareció, el miedo cambió literalmente de bando en tan solo unos días. A partir de ese momento pudimos ver ejércitos que tenían miedo de disparar sobre la población y jefes de Estado que tenían miedo y huían de una población que ya no les tenía miedo. ¡Parece demasiado sencillo!

¿Y si, al final, bastara con vencer al miedo?

Como buen observador de lo que sucede en Ruanda, veo la misma dinámica. Es un país con un sistema político y militar muy opresor y que, como cualquier otro régimen de este tipo, se basa en un gran sentimiento de miedo entre la población. Pero, al igual que ocurre en todos estos sistemas, el menor cambio en la dinámica del miedo puede hacer que se derrumbe todo el edificio. Desde hace ahora más de 20 años, el espacio político de este pequeño país del África Central se niega a escuchar cualquier voz discordante, es decir, que discrepe lo más mínimo con el proyecto y los deseos de su presidente. En el pasado, periodistas, activistas y políticos pagaron, con su vida casi siempre, el haber expresado una opinión diferente a la del Estado. Las cárceles siguen llenas de personas que han cometido un único crimen: pensar de manera diferente. Y todo el mundo tiene miedo. Mejor dicho, todo el mundo tenía miedo hasta que algunos decidieron dejar de tenerlo.

Victoire Ingabire. La victoria sobre el miedo. Presa, pero muy luchadora y con un espíritu muy libre.

Es el caso de Victoria Ingabire, una mujer increíble que, hace siete años, venció a este miedo que amenazaba a todo un pueblo para poner las cosas en su sitio. Cuando llegó al aeropuerto de Kigali, estas fueron sus primeras palabras: “La gente tiene que dejar de tener miedo”. El impacto fue espectacular.  Para un sistema basado en el miedo de la población, esta declaración supone un ataque mucho peor que todo un ejército combatiendo. Si la gente deja de tener miedo, se acaba, el edificio se derrumba. Esta activista cuestionó así varios temas que nadie se había atrevido a plantear, en particular relacionados con la justicia. Para evitar la repercusión, que significaría el fin, había que hacerla callar, así que fue encarcelada y condenada a 15 años de prisión. Pero, a pesar de todas las maniobras, nadie consiguió hacerla callar. Ella sigue infundiendo miedo.  Por ello, atemorizado por su recurso a la Corte Africana de Justicia [Corte Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos, órgano judicial de la Unión Africana, con sede en Arusha], el gobierno ruandés se salió de esta jurisdicción panafricana con el fin de evitar el enfrentamiento en un juicio público y, sobre todo, para evitar verse enfrentado a sus propias contradicciones y temores. Más tarde, el gobierno cambió su decisión de retirarse de este tribunal. Por lo tanto, deberíamos asistir en los próximos meses a una revisión del juicio que tuvo lugar en Kigali, a priori en un ambiente propicio para el debate. Mientras tanto, siempre sin miedo y desde su celda, ha publicado un libro [2] en el que desnuda al sistema judicial ruandés que la juzgó y condenó en un proceso de tipo estalinista.

No hay arma más poderosa que la victoria sobre el miedo. El antiguo presidente estadounidense Franklin Roosevelt decía que «de lo único de lo que debemos tener miedo es del propio miedo».

Más recientemente, otro caso muy interesante, y quizá más revelador aún, que tuvo lugar en el aeropuerto Jomo Kenyatta de Nairobi a finales de noviembre del 2016, tuvo un desenlace muy diferente, del que los medios internacionales no dieron mucha difusión. Cuatro ciudadanos ruandeses, el padre Thomas Nahimana y sus acompañantes, entre los que se encontraba un bebé de diez meses, querían volver a Ruanda. Llegaban como hombres y mujeres que gozaban de libertad de expresión y venían dispuestos a hablar. Pero, asustado, el Gobierno ruandés vio en esta actitud una nueva «agresión» aún más temible. Gente que no tenía miedo y… ¡un bebé de 10 meses! La reacción fue inmediata pero, sobre todo, reveladora de este estado de pánico. Básicamente se decidió que el bebé, su madre y sus compañeros de viaje no podían entrar en Ruanda. A pesar de un nuevo intento de la delegación encabezada por el padre Nahimana para poder entrar en Ruanda en enero de 2017, la reacción de Kigali fue la misma. Un régimen basado en el miedo no dispone de ningún arma frente a la gente que ya no tiene miedo.

 

Detengámonos por un momento en este suceso y en esta reacción. Resulta sorprendente que este régimen, que proclama en voz alta y clara que la nacionalidad ruandesa constituye por sí sola un derecho y un salvoconducto para entrar en Ruanda sin necesidad de pasaporte ni de visado, haya impedido el acceso a ciudadanos ruandeses que se encontraban al otro lado de sus fronteras. Durante más de dos décadas, este gobierno ha proclamado en voz alta y clara que las fronteras estaban abiertas y que se permitía el acceso a todos aquellos que vivían en el extranjero, incluso a los que un día huyeron del país. Pero esto ocurría antes. Cuando la gente tenía miedo. Cuando nadie hacía preguntas. Después de Victoire Ingabire, a la que nunca han conseguido silenciar, Thomas Nahimana ha debido sembrar el pánico al querer volver a Ruanda a pesar de todas las intimidaciones sobre su posible detención y encarcelamiento si volvía al país. Parece que ha sembrado el pánico porque, normalmente, el gobierno enseguida reacciona públicamente ante el mínimo suceso, pero esta vez ha preferido guardar un silencio ensordecedor. Un silencio más bien revelador. La ministra de Asuntos Exteriores, muy activa en este aspecto, y el dinámico embajador de Ruanda en Bruselas, usuarios adeptos a las redes sociales que enseguida reaccionan ante cualquier asunto que afecte directa o indirectamente a Ruanda, desaparecieron del panorama mediático en ese preciso momento.  Hasta hoy, ninguno de los dos ha comentado todavía este embarazoso episodio, a pesar de que se les ha pedido que reaccionen en numerosas ocasiones. No fue hasta unas semanas más tarde cuando, finalmente, el presidente Paul Kagame mencionó el suceso y dijo que no entendía por qué no habían dejado entrar a esas personas en Ruanda. Eso es todo. Ante una gran violación de la política de apertura y de acogida proclamada en voz alta y clara desde hace más de veinte años, él se conforma con «no entender». Mientras tanto, la única manera que ha encontrado el poder de Kigali para deshacerse de las personas no gratas en Ruanda, es decir las que no tienen miedo, ha sido presionar discretamente al gobierno keniano para que las expulse.

Thomas Nahimana y sus compañeros de viaje. Miradas valientes de personas dispuestas a afrontar cualquier obstáculo.

¿Y si este suceso fuera el reflejo de una dinámica del miedo que está cambiando? ¿Qué tenían este bebé, su madre y sus compañeros de viaje para asustar tanto a un régimen tan «poderoso» como el de Kigali?  Una única arma: haber vencido al miedo. Como dije anteriormente, esta victoria sobre el miedo es el arma más eficaz en todos los combates y batallas contra un régimen como este.  Cuando el pueblo deja de tener miedo, el sistema se derrumba por sí solo. Y esto es lo que pasará. Como en Túnez, en Burkina Faso y en Egipto. Pero un pueblo está formado por muchos individuos y, generalmente, todo empieza por uno, después le siguen otros dos, después tres más, y entonces se convierte en una tropa, que es lo que tanto temen los sistemas opresivos como el de Kigali. Los regímenes represivos no tienen manera de enfrentarse, ni solución alguna contra la gente que ha vencido el miedo, como Victoire Ingabire, los «cuatro de Nairobi» o los cientos de activistas que se encuentran en Ruanda, estén en libertad o no. Ni las esposas, ni las amenazas de muerte o de encarcelamiento conseguirán parar esta dinámica. Porque la victoria sobre el miedo es un fenómeno irreversible, más aún cuando se trata de una lucha por la justicia, la paz y la libertad;  de un combate contra la opresión.

Entonces, ¿bastaría con vencer al miedo?

Como diría en este caso el abuelo del pequeño Kirikú, el Viejo Sabio de la Montaña, que había comprendiendo perfectamente que la bruja en realidad no tenía ningún poder si no fuera por el miedo de la gente, «cuanto más miedo tiene la dictadura, más poderoso es el pueblo». Hay que señalar que en este cuento la bruja, que era consciente de la existencia del Viejo Sabio, hacía todo lo necesario para impedir que la gente del poblado se comunicara con él.  No podía dejar que el pueblo lo supiera porque habría sido sinónimo de liberación, de fin. En mi opinión, es la misma dinámica que se está desarrollando en Ruanda, y es muy difícil de parar.

Por Jean-Valery Turatsinze

Fuente: Jambo News, Et s’il suffisait de vaincre la peur ?, publicado el 24 de enero de 2017.

Traducido para Umoya por Edurne Gil Garayoa, Lorena Gómez Pérez y Sofía Lacasta Millera (Universidad de Salamanca)

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