África, la tierra prometida

En una época en la que miles de personas cruzan el mar y muchas pierden sus vidas en un desesperado intento por abandonar África, el documental Shashamane cuenta la historia casi desconocida sobre la lucha a la que se enfrenta una parte de la diáspora africana para regresar al continente.

Bob Marley

Bob Marley

La cineasta italiana Giulia Amati, impulsada por el único libro que documenta este episodio, Exodus!: Heirs and Pioneers, Rastafari Return to Ethiopia de Giulia Bonacci, se embarcó en un viaje de tres años para documentar la existencia de la comunidad casi olvidada de Shashamane, que se encuentra a 250 kilómetros al sur de Adís Abeba.

El emperador de Etiopía, Haile Selassie I. ©ANP

El emperador de Etiopía, Haile Selassie I. ©ANP

En 1948, en agradecimiento a aquellas personas de la diáspora africana que rápidamente salieron en defensa de Etiopía cuando fue invadida por Italia durante el régimen fascista de Mussolini, el emperador Haile Selassie concedió 200 hectáreas de tierra y el derecho de retorno a los africanos de todo el mundo. Los primeros en aceptar la oferta fueron los rastafaris de Jamaica. Después los siguieron gente de diversas partes, que respondían a la llamada espiritual que se refleja en la canción Exodus de Bob Marley (1977): “Abre los ojos y mira dentro de ti. ¿Estás satisfecho (con la vida que llevas)? ¡Oh!  Sabemos a dónde vamos, ¡oh!, sabemos de dónde venimos. Abandonamos Babilonia. Vamos a la tierra de nuestro Padre”.

Shashamane es ahora el hogar de tres generaciones de personas que vinieron desde Francia, Jamaica, Estados Unidos, Reino Unido y algunas islas del Caribe. Muchas de las personas que en un principio iban a llegar, acabaron marchándose, mientras que otros regresaron después de que el régimen genocida de Derg derrocase a la monarquía en 1974. El régimen de Derg revocó la concesión de tierras poco después. Tan sólo se “devolvieron” 11 hectáreas más tarde.

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Mural Rasta, Sheshemane Foto © Rod Waddington/Flickr

Aquellos que se quedaron y sobrevivieron en Shashamane han dado la espalda al llamado mundo desarrollado, donde sus antepasados fueron sometidos a la esclavitud y donde ese legado sigue siendo opresivo y tangible a través del racismo sistémico que reprime el progreso de los ciudadanos negros. Como dice uno de los entrevistados, uno puede trabajar durante 40, 50 o 60 años y no llegar a ninguna parte en Occidente.

La cuestión de las indemnizaciones, al contrario que la caridad y la cooperación con condiciones, es un tema recurrente en el documental. El retorno a África es una búsqueda profundamente personal, mítica y espiritual, un aspecto crucial que Amati capta con gran sensibilidad al permitir que la historia sea contada desde el punto de vista del pueblo de Shashamane. Hablan libremente y, a menudo, de forma poética sobre sus vidas.

2005-02-04 09:39:00 Rastafarian children play, 04 February 2005, in a school built by the Jamaican Rastafarian community in the Ethiopian town of Shashamana. Twenty-five years after reggae superstar Bob Marley visited fellow Rastafarians here, residents of this Ethiopian town are hoping the late music legend will put them back on the map. A concert will take place in Addis Ababa on the 6th of February to remember the birthday of Bob Marley. AFP PHOTO/GIANLUIGI GUERCIA

Niños rastafaris de Shashamana. Foto © AFP/GIANLUIGI GUERCIA

Es evidente que la fe sostiene a la comunidad. Sin embargo, también hay un realismo admirable a la vez que duro sobre sus dificultades y sus contradicciones internas, el reconocimiento honesto de que: “Ahora volvemos aquí como extranjeros. La gente no recuerda quiénes somos y olvida que nos vendieron como esclavos o cómo nos fuimos de aquí. Es una difícil tarea de reintegración con la gente a todos los niveles”. El resultado es que el pueblo de Shashamane permanece en el limbo.

Amati tiene un agudo ojo cinematográfico y, sin esfuerzo, evoca la rica fertilidad y la belleza paradisíaca de la tierra. Un sentimiento de estoicismo pacífico impregna la comunidad. Aun así, la gente es pobre. Las condiciones de vida son muy básicas; mucho mejor de lo que son para millones de personas en África, cierto, pero también están muy lejos de ser como los cómodos hogares de la clase media en los que Amati entrevista a uno de los jamaicanos que se rindió y regresó al Caribe cuando el régimen de Derg tomó el poder. Un punto fuerte de la película es que muestra estas contradicciones y paradojas sin hacer ningún comentario.

Aunque no se oprime a los rastafaris, tampoco se les acepta por completo. Uno tiene la sensación de que la comunidad progresaría si no estuviera atada por la burocracia y marginada por las autoridades. La comunidad no tiene títulos de propiedad sobre la tierra o sus negocios y, por lo tanto, no puede acceder a préstamos. No tienen ni siquiera la libertad de salir de Etiopía, puesto que sus ciudadanos necesitan tener documentos en regla para obtener permisos de salida y para enfrentar multas punitivas y prohibitivas.

Pero, al menos aquí, la lucha es por la subsistencia y por la familia, no una lucha diaria contra la mirada racista y esclavista. Los rastafaris de Shashamane se han definido con valor ante grandes desafíos y, en ese contexto, se han liberado.

Por Brent Meersman

Shashamane fue proyectado como parte del Festival de Cine Italiano en Labia Cinema en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. http://associazionecontroluce.org/focus

Fuente: This is Africa, “Africa – The Promised Land”. Publicado el 24 de noviembre de 2016.

Traducido del inglés por Blanca Feijóo Cruz (Universidad de Salamanca).

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